Los modernos robinsones (parte I)

Robinson Kreutznaer puede resultarnos desconocido en un principio; en cambio, si escuchamos Robinson Crusoe, de inmediato nuestra mente atenderá a la sinécdoque y comprenderemos que se trata de la obra más famosa del escritor inglés Daniel Defoe. El Robinson ha sido transformado, por justas razones, en un apócope de su largo título original: “La vida y extrañas y sorprendentes aventuras de Robinson Crusoe, de York, marinero, que vivió veintiocho años completamente solo en una isla deshabitada de las costas americanas, cerca de la desembocadura del gran río Orinoco, por haber sido arrojado a la costa en un naufragio en que todos los demás hombres perecieron, salvándose sólo él; con la explicación de cómo, al fin, fue extraordinariamente liberado por unos piratas; escrita por él mismo”.

Sin duda, sólo después de la Biblia y El ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, “Las aventuras de Robinson Crusoe” es uno de los libros más vendidos del planeta. A diferencia de la Biblia (texto religioso) y del Quijote (considerada como la primera novela moderna), la novela escrita por Daniel Defoe es una historia sencilla: un hijo de comerciantes decide, bajo protestas de sus padres, hacerse a la mar y naufraga más de 20 años en una isla desierta. De entrada, el aventurero y rebelde que todos alguna vez quisimos, y por siempre, queremos ser.

 

Publicada hace 296 años, la historia del náufrago inglés ha tenido hasta nuestros días una infinidad de parodias y repeticiones; se podría pensar que la intención de Daniel Defoe era escribir una novela que no guarda novedad alguna; como vimos, desde su título original, no guarda secretos. El final descifrado. Incluso, si somos estrictos, la misma novela es una repetición, muy bien lograda, de la constante de su época donde todos los marineros que se embarcaban al Nuevo Mundo publicaban aventuras sacadas de sus bitácoras de viaje, sin necesidad de recurrir a la fantasía. Entonces, ¿cómo se puede explicar que siga siendo uno de los libros más leídos? ¿Cómo entender que sea una de las obras más citadas por personajes tan diversos como políticos, científicos, poetas y profesores?

 

Posiblemente encontremos la respuesta si retomamos la cita de Alfonso Reyes (rescatada por Salvador Reyes Nevares en el prólogo que hizo a una edición del Robinson) “Es uno de los más profundos poemas porque toda vida humana es, en cierto modo, un remedo del Robinsón: todos hemos padecido un naufragio y nos aferramos con amor a cada uno de los objetos que vamos salvando de la catástrofe: cuándo un hacha o una escopeta, un libro, un amigo o una mujer” (Las mesas de plomo).

 

Para el lector del Robinson, ya sea un biólogo, un senador, un carpintero o un taxista, recordarlo le traerá muchos recuerdos, sobre todo de la infancia, y difícilmente evitará suspirar. Este libro es más un rescate de la nostalgia, la inocencia de la literatura, vaya, que una dialéctica de supervivencia humana.

Defoe tenía cerca de sesenta años cuando empezó a escribir su Robinson, así que podemos expiar en sus letras la inocencia de las primeras obras y darle todo el mérito como gran narrador.

 

No sin muchos sobresaltos, se sobreviene el naufragio y, Robinson, batalla para “establecerse” en la isla. Por algunos capítulos lo acompañamos en su adaptación: es el hombre frente a la naturaleza y todos los peligros que esto implica. No hay mucha poesía. Robinson no es un turista, tampoco se entrega a la fatalidad, su ímpetu lo lleva a civilizar la isla. El trazado de caminos, la domesticación de animales. Sin embargo, el principio del desenlace vendrá cuando la vida comienza a ser una rutina.

 

Una tarde descubre unas huellas humanas sobre la arena; después de esto nada volvería a ser lo mismo para nuestro querido héroe. No volvería a tener la misma confianza: la isla habría perdido su inocencia. Asimismo, para los lectores de Robinson Crusoe, los libros posteriores, serían nuestras huellas en la arena, aunque siempre añoremos la isla intacta. Quizá esto explique las pocas relecturas de esta gran obra. A veces es mejor mantener la nostalgia.

¿Viernes o Domingo?

 

En la película “Robinson Crusoe” (México, 1954), dirigida por el director español Luis Buñuel, se nombra Viernes al aborigen que el protagonista rescata; este detalle pasaría desapercibido si nos atenemos a la versión original de la obra, en la edición inglesa se puede corroborar que el nombre correcto es “Friday”. Por eso, resulta curioso que revisando algunas obras traducidas al español cambien el nombre del compañero de Robinson por Domingo. Tanto en la edición echa por Porrúa (1998) así como en algunas ediciones de Hispanoamérica, traducen el Friday original por un “Domingo”, día en que según es rescatado el buen salvaje.

 

Algunas teorías aducen que la posible respuesta está en la adaptación del calendario gregoriano; no obstante, esto puede ser desmentido porque Las aventuras de Robinson Crusoe fueron publicadas en 1719 y, según se puede comprobar, el calendario gregoriano se extendió en el mundo a partir de 1582. En el aire queda la duda, ¿es una simple errata de las ediciones o hay algo detrás?

 

La vuelta a la isla

Mucho tiempo después de haber sido “rescatado” –ciertamente, nadie fue en busca de él y, al final de cuentas, ya parecía no necesitar ser rescatado- de la isla, Robinson se reencontraría con su antiguo cautiverio ahora convertido en un comerciante, oficio que le recomendara su padre. Se encontró con una isla en proceso de población, constató que los caminos trazados servían a los nuevos colonos. Pero, como era de suponerse, ya no era lo mismo. Es la suerte del pirata que por fin encuentra un puerto.

 

Juan José Mérida

Director general de marejada.mx