Los servicios, ¿al servicio de quién?

Por Alfredo César Dachary

alfredocesar7@yahoo.com.mx

 

A finales del siglo XIX, con el capitalismo en auge y expansión a través del colonialismo “moderno”, se dan los primeros pasos para la concentración de empresas, capitales y bancos dando lugar al nacimiento del capitalismo monopolista, el cual llega a su pleno auge y expansión en la mitad del siglo XX.

En el siglo XXI, la concentración de las grandes empresas de servicios, que día a día se van “tragando” a las pequeñas y emergentes y las transforman en la mayoría de los casos en empresas muy exitosas, son una muestra de un nuevo modelo de concentración, en el cual la especulación, el dominio de la información y los saltos tecnológicos juegan un papel fundamental.

En este periodo se ven dos perspectivas aparentemente opuestas, pero que en el fondo se unen y complementan, por un lado la de Wall Street, conservadora, en teoría, y que plantea la escasez de recursos y capitales, algo muy dudoso y por el otro lado la del “Vaticano de la revolución tecnológica”, el Valle del Silicio, que piensa que está recién comenzando su era y su crecimiento ilimitado porque se basa en una materia prima muy particular: la innovación, muy importante en la moderna acumulación.

Pero no debemos engañarnos, esta doble visión corresponde a un nuevo escenario, una sociedad en transformación “regresiva”, donde los derechos adquiridos por el Estado de bienes comienzan a desaparecer, ampliando el mercado de oferta de capital humano el cual a su vez se recicla o reinventa para poder integrarse a este nuevo mercado que paga la innovación como antes lo fue los inventos de la era industrial, siempre un mercado muy restringido.

El Estado neoliberal se aleja de la responsabilidad de financiar estos nuevos saltos de la tecnología, que buscan el amparo en las ONG, retrocediendo el modelo del derecho al mecenazgo, que es otra forma de lograr hacer inversiones rentables en la sociedad del mercado total.

Una vez más nos preguntamos que es primero “el huevo o la gallina”, pero esta vez la respuesta es más clara ya que la gran mayoría de la sociedad del ocio y la producción está digitalizada e interconectada y por ello la supervivencia solo puede darse entre innovar o perecer, ya que la magia de la tecnología ocuparía naturalmente cada rincón de nuestra vida.

Hace más de dos siglos la ilustración puso a occidente ante la disyuntiva de sumarse a las transformaciones o quedar aislado del mundo conocido y en la retaguardia de éste, en la trastienda y hoy una vez más se repite una situación similar, pero con tiempos más cortos ya que los cambios se viven en tiempo real y se socializan comercialmente en el momento; esta nueva revolución se vende en cápsulas de fácil acceso, a un mundo que espera siempre por más.

La revolución tecnológica, como postmoderna no hace ruidos, pero avanza a una velocidad imposible de frenar, porque se desliza en el territorio por los miles de canales abiertos y ello da lugar a un nuevo mundo de empresas y de adecuaciones de las existentes a esta nueva realidad.

El TIPSA, el nuevo tratado que abre la puerta a todos los servicios a nivel global, se asienta en la demolición de las fronteras, el fin de las instituciones históricas que eran la base de la vieja sociedad.

Un ejemplo de ello es el servicio educativo en Estados Unidos, la transformación de las escuelas públicas en escuelas chárter, fueron la primera parte del proceso de desmantelamiento de la sociedad a partir de los 90´s, el Estado ausente y las religiones y grupos sociales remplazan al mismo, luego viene la educación universitaria, que comenzó por las universidades con cursos virtuales hasta llegar a la universidad virtual en cualquier parte del mundo que nos dará un documento cuyo valor es diferente al de la vieja sociedad, no es un título es un certificado de habilidades que nos permite competir mejor en un mercado cada vez más complicado.

Y esto era de esperarse ya que los “viejos” hackers convertidos en empresarios han llevado la “disrupción” a las universidades, de la misma manera que crearon disrupciones en la música o el periodismo, destrozando no solo las variables clásicas del tiempo y el espacio, sino la propia cultura cosificada, hoy la nueva enciclopedia se escribe diariamente, sin recato en el acceso, con verdades propias de cada aplicador; es un nuevo relato, reconstruido por los medios que dominan las mentes y han invadido el imaginario del ciudadano.

Esto se da en todos los campos, aunque los más visibles son los de la cultura, también son muy eficientes en el turismo, una actividad que nos ha invadido toda la sociedad transformándose en una necesidad como los alimentos o la ropa.

Las redes de la sociedad global nos muestran un mundo mágico que nos llama, y que son complementadas por la otra parte de estas redes, las que venden, que nos dan la “oportunidad” de compartir más felicidad, más aventura, más sueños en un evasión hacia los paraísos utópicos que construyó el hombre, sobre los ya existentes.

La medicina es otra gran cantera de negocios y un mundo redescubierto cuando se entiende que el hombre es un caníbal, un consumidor de sí mismo, de sus egolatrías o sus deseos frustrados siempre guiados por los modelos idílicos y utópicos de cómo debemos ser.

Máquinas de ejercicios, ropa para cambiar la figura, medicinas para evitar nuevas enfermedades y hasta las aplicaciones para el auto chequeo médico se han vinculado al desafío que supone para los debilitados sistemas sanitarios una población, no solo envejecida, sino también aquejada de obesidad y otros problemas de salud.

Todos los lugares comunes de la sociedad del mundo industrial construidos en el siglo XIX y XX comienzan a resquebrajarse, a hacerse líquidos como genialmente lo dice Bauman, y como tales no son posibles de retener, sino cambiar permanentemente.

Un ejemplo lo da un club de comedia de Barcelona, que se enfrentaba cada vez a menos público desde que subieron los impuestos de las entradas del 8% al 21%, pero éstos encontraron una solución ingeniosa y en asociación con la agencia de publicidad Cyranos McCann, instalaron en la parte de atrás del respaldo de cada butaca sofisticadas tabletas capaces de analizar expresiones faciales. Con el nuevo modelo, los visitantes entran gratis en el club, pero tienen que pagar 30 céntimos por cada risa que la tableta sea capaz de identificar con un tope de 24 euros lo que equivalen a 80 risas por espectáculo. Una aplicación de móvil facilita el pago; el precio total de la entrada por lo visto ha subido seis euros, y además el extra de poder compartir tu selfie sonriendo con tus amigos.

Hoy el mundo, gran parte de él, vive la proliferación de sensores inteligentes y la ubicua conexión a Internet lo cual crea nuevos modelos de negocio y nuevos flujos de ingresos, incluido numerosos intermediarios que fabrican programas y aparatos informáticos.

Hoy en día, las cajas de los supermercados son ventanillas de banco, donde podemos pagar una serie de servicios, comprar boletos de avión, sacar dinero y otras acciones bancarias más, pero tantas opciones para pagar por bienes y servicios sin esfuerzo son posible también gracias a nuestros Smart phones, que se han transformado en una especie de síntesis de la nueva sociedad, son aparatos de comunicación, negocios, ocio y búsqueda de amigos, todo en uno.

Pero estos avances no tienen límites, como es el caso de Suecia donde se pretende eliminar el dinero y usar solo dinero electrónico o algo mucho más fuerte, que es el poder por medio de nuestros documentos nacionales de identidad sacar dinero, un ejemplo es el de MasterCard que se ha asociado recientemente con el Gobierno de Nigeria para lanzar un documento nacional de identidad que funciona también como tarjeta de débito.

¿A qué nos lleva todo esto?, la respuesta es larga, y va más allá del proceso de amansamiento del hombre para transformarlo en un actor más en este teatro de vanidades, y que incluso motive, a los empresarios y a los inversores de capital riesgo, a seguir por este camino.

Porque debemos amar la innovación, al extremo de transformarla hoy en una verdadera religión, que nos controla y nos responde a nuestras dudas, círculo vicioso e ideológico y como para no darnos cuenta de que el precio real de un hallazgo tecnológico es que la vida en general se vuelva más cara, y nosotros debemos intensificar nuestro trabajo, para mantener el nivel de consumo.

Se oculta la disrupción financiera, y así en este marco tecno-céntrico se nos ofrece una versión un tanto superficial de qué nos está pasando y por qué, ya que por un lado celebramos el hecho de que ahora podemos pagar más fácilmente por cualquier cosa, pero no reflexionamos que gracias a esta misma infraestructura, consiguen fácilmente cobrarnos más que antes, y por más cosas, ya que solo cuando se paga en efectivo, las transacciones de mercado no están conectadas unas a otras, el sujeto toma la dimensión real de los gastos.

El dinero en efectivo no deja rastro, la mayoría de las transacciones de mercado son singulares, en el sentido de que no están conectadas unas a otras, pero cuando pagas a través del móvil, o tu selfie es almacenado para la posteridad o compartido en una red social, de repente existe un registro que puede ser explotado por anunciantes y por otras empresas.

El registro de cualquier transacción es una oportunidad perfecta para reunir información que podría ser útil a la hora de personalizar nuestra experiencia publicitaria, y esto significa que ninguna de las transacciones electrónicas que hacemos está completa del todo nunca: su historia, aunque solo sea por medio de la sombra de sus datos, nos sigue a todas partes, creando una serie de conexiones forzadas entre nuestras actividades; pero quizás nos interese más que esas actividades permanezcan separadas.

Por ello es que tu risa en un club de comedia se analiza junto a los libros que has comprado, las páginas web que has frecuentado, los viajes que has hecho, las calorías que has quemado: ahora que existe una mediación tecnológica, todo lo que haces se integra en un perfil singular que puede ser rentabilizado y optimizado.

Esto no es solo tecnológico, es consecuencia de las crisis políticas y económicas que ha generado la “revolución neoliberal” y cuyas consecuencias transforman nuestra forma de vivir y de relacionarnos unos con otros, así desaparece la solidaridad, ya que el individualismo no es solo nuestra nueva ideología sino también nuestra sombra tecnológica grabada en las experiencias únicas e individuales del mundo digital.