Salvados de la muerte

El Dr. Enrique Chaij cuenta  que Hace muchos años, un gigantesco avión comercial estaba a punto de caer sobre las aguas de la bahía de San Francisco. Uno de sus motores se había incendiado y, juntamente con una parte del ala, había caído en el mar.

 

En circunstancias normales, ese solo hecho habría producido un desequilibrio tal que nadie hubiera podido controlar. Sin embargo, providencialmente el avión se mantenía en vuelo, aunque al parecer sería imposible aterrizar en algún lugar. La muerte era segura para la tripulación y todos los pasajeros.

 

Pero en ese momento, cuando todo parecía perdido, uno de los pasajeros se adelantó resueltamente hacia la cabina de comando, y le dijo al piloto: “Usted no podrá aterrizar con el avión en estas condiciones. El tren de aterrizaje no funciona. Pero yo soy uno de los ingenieros que ha trabajado en la construcción de estos aviones Boeing. ¿Me permite que yo dirija el aterrizaje?” Y como de todas maneras no había esperanza alguna de salvación, el piloto consintió  en que ese desconocido dirigiera el descenso, el cual, después de varias maniobras sumamente delicadas, se produjo con total seguridad. Todos se salvaron así de una muerte que parecía inevitable.

 

Como viajeros de la vida, solemos tropezar con obstáculos que parecen insalvables, con reveses y contratiempos que detienen nuestra marcha de progreso, y a pesar de nuestros esfuerzos, cuántas veces llegamos a la conclusión de que todo está perdido. Tal vez es el matrimonio que está a punto de naufragar, el trabajo que estamos a punto de perder, o el hijo rebelde que no quiere seguir por el buen camino. En fin, muchos pueden ser los motivos que nos detengan en el camino.

 

Pero cuando las soluciones humanas se agotan sin resultado, llega la hora de Dios.

 

Al igual que el ingeniero aeronáutico que salvó el avión y su pasaje de una muerte segura, porque conocía a la perfección el aparato por haberlo construirlo, Dios-nuestro gran Artífice- puede librarnos de nuestros males si tan sólo dejamos que él actúe para nuestro bien. Si el piloto se hubiese resistido, y no le hubiera dejado el comando del avión al ingeniero, todos habrían perecido. Pero el piloto confió en ese hombre desconocido.

 

¿Confiamos nosotros  de esta manera en Dios?

Quizá nuestra mente no alcance a comprender cómo Dios puede tendernos su mano de ayuda. Pero eso no interesa. Lo que sí importa es que él puede hacerlo si se lo pedimos, si confiamos en él y si lo dejamos actuar.

 

Cuando agotamos todas las soluciones para nuestros males, Dios todavía tiene mil para ofrecernos.

 

Livier Nazareth. Psic./Tanatóloga, Especialista en Crisis Familiar y de Pareja, Terapia por la pérdida de un ser querido. Citas 22 5 82 63. Cel: 322 151 04 96

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