+Libro albedrío

“Un libro no es una manzana
ni se gesta en árboles
pero bien que induciría
al pecado
a cualquier hija de Eva
que tuviera a su Adán
medio dormido.”

-Alejandro Aura

 

Un indicador de cuánto le importa la cultura a nuestros gobernantes que fueron elegidos por elección popular, es el número de veces que se paran en la presentación de un programa de fomento a la lectura, contrastado por el total de ocasiones que se dejan ver entregando despensas o “rifas” en un evento de zumba.

 

Programas de fomento a la lectura.

Como lector consuetudinario siempre me agrada saber que se emprenden programas de fomento a la lectura, sobre todo cuando se pretende regalar 3 mil libros entre la población. Sin embargo, a riesgo de sonar pesimista, me atreveré a decir que no se esperen grandes resultados de este programa. No por falta de capacidad de las personas que lo manejan, sino porque estas acciones (préstamo y regalo de libros, clubs de lectura) ya han demostrado que no producen lectores nuevos, más bien sirven para mantener contentos a los pocos lectores que ya existimos. Aunque claro, algo es mejor que nada.

 

Me explico: los que estudiamos en escuelas públicas -y a pesar de ello nos convertimos en lectores- hemos visto los errores comunes de los intentos por promover la lectura. Libros regalados a la fuerza, títulos o colecciones pésimamente seleccionadas, clubs de lectura que son clubs de Toby. Los talleres literarios ni deberían de existir. Sucede, pues, que muchas veces quienes impulsan estos programas lo hacen porque deben ejercer un presupuesto o quieren imitar al buen José Vasconcelos, como si se tratara de enseñar a leer cuando ahora el problema es el analfabetismo funcional.

 

El gusto por la lectura.

El principal error de estos programas gubernamentales es suponer que el gusto por la literatura llega con los libros. Nada más falso. Todo lector que haga un poco de memoria me dará la razón en que antes de que nos gustara leer nos gustaron las narraciones de nuestros abuelos, las anécdotas de un tío aventurero. Viajar. Observar. Sin imaginación no puede haber lectores. Muy difícil que nos llegue un primer libro.

 

El segundo error está en darles a los niños libros para niños. Por favor, no conozco aún un libro digno de ser censurado. Y los padres que aprueban este intento de “ir por etapas” demuestran que conocen poco de literatura. Lo mejor que podamos darle a leer a un niño de siete años son los cuentos de Poe o de Lovecraft. Ni que decir de los textos de Julio Verne. Y si me apuran, en unos años Cien años de soledad será una buena lectura para niños en lugar de las historias de animalitos del bosque que pretenden dejar un “mensaje”.

 

Leer es algo íntimo. Algo que se disfruta en solitario y que solo se comparte como recomendación. Esto a veces se olvida por el entusiasmo de buscar lectores. Los libros necesitan un escenario propicio para que su lector lo encuentre. Este encuentro nunca se dará en clases de literatura.

 

No es el costo.

Un error más está en creer que la gente no lee por el costo de los libros, cuando por 30 pesos, máximo, podemos encontrar colecciones con títulos clásicos de la literatura universal. En su artículo “Tirar millones” (Letras libres, julio 2012) Gabriel Zaid registra “desperdicios históricos” en el tiraje de libros para regalar so pretexto de promover la lectura.

 

“Los libros escogidos personalmente interesan más (y, por lo mismo, tienen mayores probabilidades de ser leídos) que una colección escogida por otros, absurdamente idéntica para todos los alumnos (y sus hermanos, y sus amigos, y sus vecinos: sin posibilidad de préstamos mutuos). No es lo mismo regalar a fuerza que regalar sobre pedido. Habría sido mejor repartir vales canjeables en las librerías por libros de Nuestros Clásicos de la UNAM, Colección Popular del Fondo de Cultura Económica, Sepan Cuantos de Porrúa, etcétera” tiene a bien señalar Gabriel Zaid.

 

La verdad es que no faltan libros, por el contrario, sobran, pero están mal distribuidos. Apuesto mi quincena completa a quien niegue que el 90% de las universidades públicas tienen bodegones atiborrados de libros que no tendrán lector jamás. Desde manuales, ensayos, novelas y compilaciones académicas que se imprimieron por millares para llenar un currículum y que ahora están enmoheciéndose para terminar como papel de reciclaje.

 

Respeto a los apologistas de la lectura, pero no debemos caer en la negación. La lectura se estimula por la recomendación de un amigo, un maestro, los padres o el entorno. El encuentro de feliz de un lector con su libro necesita de muchos factores personales como mencionaba antes. Uno muy importante es el poder escuchar el placer que transpiran los escritores tal como ha sucedido con los eventos de Letras en la Mar promovidos por Humberto Famanía. En esas tertulias gente que no conocía la poesía al menos por un segundo la consideró. Todo lo demás es una buena intención que servirá para que quienes ya leemos.