La idea que rebasa

He asistido como público a no menos de 200 conferencias, y si me preguntan mi conclusión de todas ellas, es que no sirven de nada para el que va con ánimo de aprender, no obstante, para el que llega con la disposición de escucharlas, resultan un aprendizaje que no tiene comparación. Pero que no se me malinterprete, no quiero decir que los conocimientos no sirvan de nada, sino que una conferencia no es el lugar más apropiado para inquirirlos.

 

Las buenas conferencias están compuestas en un 10% de tecnicismos y un 90% de anécdotas. Para un biólogo en ciernes nada tendrá de extraordinario oír de un conferencista que los girasoles son dicotiledóneas, pues es un dato que aprenderá desde el primer semestre. Sin embargo, valorará más escuchar al doctor Juan Luis Cifuentes hablar sobre cómo surgió el Día del Biólogo y la colección, propiedad de Don José Álvarez del Villar, de espuelas y timbres de plantas y animales ordenados filogenéticamente.

 

Quizá me explique mejor con las palabras del escritor francés Marcel Schowb que aseguraba “Las ideas de los grandes hombres son el patrimonio común de la humanidad; lo único realmente privativo de ellos son sus singularidades y sus manías”. Por eso cuando uno tiene la oportunidad de escuchar a un experto en un tema, lo mejor es desviarlo hasta el punto en donde no tenga que usar el lenguaje de aula. Ese punto donde nos hable sobre por qué vale la pena estudiar lo que él estudió o hacer lo que él hace a diario.

 

Así pues, una conferencia es buena cuando nos transmite la idea que rebasa o nos despierta la curiosidad de qué somos, cómo somos, qué hacemos, por qué hacemos, de dónde venimos y dónde nos encontramos. Por el contrario, las malas conferencias promueven la somnolencia con lenguaje ceremonial. Y se reconocen porque hay alguien intentando grabarlas de principio a fin con una tablet.

 

Al final de cuentas qué vale el aprenderse una información como dogma, si como dijera el doctor Luis Javier Plata “El analfabetismo es penado en nuestra sociedad. Si un presidente confunde el apellido de Borges todos hacemos mofa. Pero si alguien no se sabe las tres leyes de Newton no pasa nada. A lo mucho diremos: yo tampoco”.

 

Cuando entendí esto, me di cuenta que estudié una licenciatura en cuatro años y no aprendí nada, es decir, solo aprendí una profesión. En cambio, en esos mismos cuatro años que vagué del salón al auditorio, supe lo que me ayuda a ganarme la vida todos los días. Y no es que desestime lo aprendido en la carrera -tuve buenos y malos maestros-, pero de las conferencias, coloquios y la conversación se aprende algo que no se aprende en los salones.

 

En ocho semestres, con el cuerpo achatado a un pupitre, estudié todas las materias del plan de estudios de la licenciatura en contaduría. Pero lo mejor fue que, al mismo tiempo, en las butacas de los auditorios de mi universidad, me llené de anécdotas de gente. Por ejemplo, en una conferencia que dictaba un arqueólogo, me sorprendió más saber que no acostumbraba a comer la comida típica que le ofrecían los lugareños donde hacía sus exploraciones. Él prefería cargar con sus sánguches de crema de maní por temor a una infección estomacal. Esa divertida confesión me atrajo más de la arqueología que saber la antigüedad exacta de las vasijas y tepetates que exhumaba.

 

Me imagino que al final de esa conferencia más de uno de los asistentes, al igual que yo, se fue a casa pensando en lo importante que es cuidar lo que está en lo profundo, como en la arqueología.

 

Juan José Mérida Cruz

Director General de Marejada.mx

juan.meridac@gmail.com