Estocolmo

ESTOCOLMOPor Alondra Maldonado Rodriguera

alondrachef@gmail.com

 

En ocasiones pienso en cambiar el título de mi columna por mi título original Ítaca, claro, jamás se publicó nada bajo ese nombre. Pero lo pensé concibiendo la vida como un viaje constante en donde el destino final es el día que dejamos de inhalar ese elemento vital. Lo que sucede entre el nacimiento y la muerte, es lo que hace el arte de vivir. Confieso que nunca pensé que viajaría tan seguido físicamente como lo he hecho en los últimos meses, y a decir verdad, me encanta hacerlo.

Hoy la vida me sorprende con poder pisar suelo Sueco y en especial, su capital Estocolmo.

¿Quieren viajar conmigo?

Apenas aterrizo y me recibe una amiga reciente con quien comparto el gusto por la gastronomía, tomamos el taxi hacia su casa, que me sorprende por no ser un precio estratosféricamente caro comparado con otros países, un precio realmente razonable. Después de 20 minutos llegamos a su departamento. Se encuentra en un edificio verde musgo… presiona una clave y la puerta se abre automáticamente, ingresamos al edificio y nos conducimos a la puerta trasera que da a un patio interior y al fondo hay otro edificio. Ingresamos al segundo edificio y en el primer piso se encuentra su departamento. Agradecí internamente que estuviera en un primer piso, pues mi maleta no pesa el kilaje reglamentario para poder volar. Estaré fuera de México varias semanitas, en distintas actividades y una de ellas incluye dar clases de cocina mexicana, así que los pesados zapatos de cocina y filipinas componen parte de mi equipaje… y bueno, con esto del frío, botas, abrigo, suéter, mallas, nada puede ser ligero en este viaje.

Desde la calle y a media noche percibo un gusto por la decoración, pero al ingresar al departamento, lo confirmo. El gusto es por lo acogedor, las plantas, cobijas, telas, el juego por lo rustico y la modernidad.

Al día siguiente, después de un gran sueño reparador, entre el jetlag, cansancio, desvelo, me despierto casi a las once de la mañana hora local. Me arreglo lo más rápido y salimos a comer después de un café. Apenas damos vuelta en una esquina y frente a mí un parque de seis cuadras de longitud, repleto de árboles, bancas de madera, espacios para juegos infantiles, pasto, y mucha vida en él. Las banquetas son amplísimas, con paraderos de bicicletas, del lado opuesto a la calle, los aparadores exhiben elementos decorativos de un gusto refinadísimo, donde el contraste de color puede existir, así como los tonos arena, blanco, azul cielo; uno tras otro, en una misma cuadra 4 tiendas de decoración. Entre cafés, barecitos y casi todos los lugares gastronómicos tienen un tamaño reducido al frente. El primer día la opción es un restaurante de cocina vietnamita, chico y acogedor, de tonalidades verdes. Me llama la atención lo pesado de los cubiertos, la fineza de los palillos. Nada es desechable, todo está hecho para existir por mucho tiempo.

Luego de comer, caminamos entre lo frío del viento, resguardadas por bufanda, guantes, abrigo. ¡Cuántos lugarcitos para comer! todos de lo más bonitos, chicos, acogedores, de donde emanan, sinceramente aromas que te invitan a entrar y volver a comer, tan sólo por el placer de hacerlo. La banqueta está llena de gente joven, adultos, gente de edad media, de padres nuevos empujando carriolas, y sobre nosotros, los peatones, se mecen las ramas de los árboles que mutan de color.

Al llegar a las esquinas, presionas un botón para hacer saber que la tienes la intención de cruzar, así el semáforo se programa y prontamente cambia al rojo para los autos y te da el verde.

Suecia, es un país con una riqueza inimaginable, donde el analfabetismo es inexistente, donde las medidas ecológicas son prioridad de estado, donde la población lectora es de las más altas a nivel mundial y hay quienes todavía se quejan de que el nivel de educación no es acorde con la riqueza nacional y se podría seguir invirtiendo en educación. Estocolmo es la cuna del premio Nobel, y es un lugar donde al bajarte del avión lees la bienvenida a los estudiantes de todo el mundo.

Qué bello es caminar y caminar, caminar durante más de 10 horas, en una ciudad donde lo raro es no caminar, donde todo te incita a caminar y sentarte a tomar un café cada tanto o un vaso de vino. En cada silla que está puesta en la banqueta, hay una cobijita para cubrirte del frío.

Estocolmo, aún no me voy y ya quiero volver.