Setenta veces siete: peripecias de un descubrimiento notable 1/5

El gentil expatriado

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En conmemoración de la fundación de X aniversario de la fundación del Jardín Botánico de Puerto Vallarta

Conocí la sierra de Manantlán por primera vez en diciembre de 1977. Siguiendo la sugerencia de un amigo que ahí vivía, me embarqué en un recorrido de campo con muy pocos recursos y sin experiencia previa en esa parte de Jalisco. El 17 inicié el ascenso hacia el Cerro de la Ventana, cerca de San Miguel, perteneciente a la comunidad indígena de Cuzalapa, en el municipio de Cuautitlán, Jalisco, a partir de la ranchería de El Durazno. Mi intención era encontrar una nueva localidad para el teosinte zea perennis, y así desmentir la opinión de tres eminentes científicos norteamericanos. Hugh H. Iltis, Paul C. Mangeldorf y Garrison Wilkes, quienes aseguraban que tal especie ya se había extinguido en estado silvestre.

 

El ascenso fue lento, fatigoso, por terrenos fuertemente escarpados, pedregosos, húmedos, sobre una vereda que al principio podía saber que ahí estaba porque iba caminando precisamente sobre ella. Desde la base del cerro observé una comunidad densa que producía penumbra, compuesta por diversas especies de magnolia, juglans, quercus, ostrya, pinus, carpinus, cedrela, podocarpus y sauraria. A ratos nos deteníamos a descansar las mulas. En esos intervalos sólo escuchaba algo parecido a un zumbido que taladraba mi cerebro, interrumpido en lapsos regulares por el canto de alguna ave. Mi guía me dijo que ese sonido que yo escuchaba él también lo oía, que era parte de los sonidos del silencio, y que distintas especies de aves tenían una distribución bien definida por franjas altitudinales en la estructura del cerro. También supe que esa impresionante quietud era el preludio de una tormenta, la que era obvia ese día y muy frecuente en todos los días de muchos años.

 

La abundancia de arroyos caudalosos de aguas cristalinas, combinados con la exuberancia en la vegetación, confirmaba esa creencia. La humedad parecía ser más consistente a medida que ascendíamos. En el filo de la parte más alta de la montaña estaban sentadas un cúmulo inmutable de nubes. Estas últimas circunstancias, sumadas al agotamiento acumulado de los ocho días anteriores de camino, me hicieron dudar muchas veces en la existencia de un zea en el techo de la sierra. En más de una ocasión el frío motivado por la brusca caricia de la lluvia quebrantaron mi espíritu, doblegaron mi voluntad, y me llevaron al borde de desandar lo andado. Lo que me mantuvo firme fue mi orgullo, porque horas atrás, el guía que me acompañaba había dejado de hacer lo suyo para preguntarme; “vale, ¿de veras crees que la haces?”. Pensando que por el sólo hecho de haberme preguntado le había ganado la partida, contesté sin titubeos, ¿qué tienes tu que yo no tenga? Lo cierto es que ya no tenía condición física ni fortaleza para ignorar la cuota en resistencia ambiental que aquella cordillera imponía.

 

 

Continúa mañana