Setenta veces siete: Peripecias de un descubrimiento notable 2/5

Después de seis horas de camino, sin embargo, vi aquel espinazo del cerro que me parecía inalcanzable. Mi alímetro marcaba cerca de los 2,400 metros sobre el nivel del mar. Las mulas habían acelerado el paso sin necesidad de fustigarlas. Por donde caminamos había una fuerte concentración de niebla, a veces revuelta por corrientes de aire tibio ascendentes del extremo opuesto al que había subido. La lluvia se había disipado temporalmente. En la línea del horizonte se recortaba el sol en un disco color naranja que teñía con diversos tonos de oro y plata una cinta de algodones de nubes blancas.

 

Caminamos un poco más, y pude observar las primeras plantas de Zea entre unos matorrales de Rubus. Nada dije a mi guía. Él, por su parte, me señaló una gran mancha de color verde distante a unos 300 metros asegurando que eran matas de Milpilla. Enseguida pude reconocer un campo cubierto con el hoy internacional Zea diploperennis. Detuvimos nuestro andar. Mis piernas oscilaban al compás continuo del jadeo de mi cabalgadura. Mi guía inclinó la cabeza para estilar el agua del sombrero y sin voltear a verme dijo, […] vale, ahí está tu milpilla. Mírala y hazle cuanto tengas que hacerle para regresar; no disponemos de mucho tiempo; tenemos que emprender el regreso antes de que empiece a altear la grulla […]. Me embargó gran euforia y una sensación hoy indescriptible al haber encontrado grandes colonias de Zea con un extenso sistema radicular perenne, con frecuencia fibriloso y por completo sumergido en delgados espejos de agua.

 

La luz del día se desvanecía con el progreso unilineal del tiempo. A grandes zancadas recorrí lo más que pude, observado las gruesas cañas de tupidos macollos, láminas anchas y densas inflorescencias. Las plantas eran, sin lugar a dudas, de Zea; y sin lugar a la más remota equivocación, eran también perennes. Había encontrado según mi juicio preliminar, una nueva localidad para Zea perennis. Corté tallos de diversos macollos, rizomas, semillas e inflorescencias masculinas. Me empapé con la humedad del follaje de las matas. Palpé con mi cuerpo y mis sentidos aquella pequeña altiplanicie cargada para mí de infinita belleza; sentí algo semejante a una embriaguez al almacenar para el resto de mi vida en mi subconsciencia, aquella tarde plena de millones de imágenes y sensaciones fugaces.

 

Texto en conmemoración de la fundación de X aniversario de la fundación del Jardín Botánico de Puerto Vallarta

 

Continúa mañana