Vallarta hoy:

La muerte en México, ¿miedo, descaro o disimulo?

Mucho se ha presumido al mundo que los mexicanos le hablamos de tú a la muerte, la convertimos en pan, ofrenda y verso, simplemente porque “nos pela los dientes”, no le tenemos miedo, la vestimos de catrina y hasta la convertimos en santa. La verdad podría ser otra: le tenemos tanto miedo que alejamos su presencia con verbenas. ¿Qué se podía esperar en un país donde, como dijo José Alfredo, “la vida no vale nada”?

 

En la actualidad, el culto tiene su mejor ejemplo en los altares de muertos, aunque, así como la imposición del Halloween, bajo el pretexto de rescatar nuestras tradiciones, los altares, institucionalizados, se celebran en estados de México, donde apenas hace unos veinte años, jamás habían visto uno.

 

Los habitantes del otrora Anahuac, han convivido con la parca desde antes del arribo español, aunque en las culturas mesoamericanas, el trato era más de solemnidad que de ironía. La muerte y la vida se complementaban, coexistían.

 

Para los mexicas, herederos de los toltecas, el que moría tenía tres opciones: el Omeyocan, donde “vivían” los caídos en la guerra y las mujeres muertas en el parto, preparándose para regresar a la tierra convertidos en ave; el Tlalocan, lugar para los muertos por agua, victimas de Tlaloc; y el Mictlan, para el resto de la población; no sin antes cruzar el Chiconahuapan, un río aduana que dividía la dicha del limbo, siempre con la ayuda de un perro lazarillo, Xoloitzcuintle.

 

En los estertores del Porfiriato, apareció un grabador, que de haber existido las oficias del derecho de autor se hubiera enriquecido, hablamos de José Guadalupe Posada, diseñador de la muerte más guapa, con vestido entalladito y elegante, la “Catrina”.

 

La muerte se le honra con diversos empaques: San Pascualito Rey o la Santa Muerte; la finalidad es la misma, disimular el miedo, enmascarar el egoísmo y ante la partida de un familiar, lloramos más por el vacío que nos deja, que por su propia ausencia. Como le dijo el poeta Jaime Sabines, a su padre muerto, en “Algo sobre la muerte del mayor Sabines”: “no vayas a llorar como nosotros, porque tu muerte no es sino un pretexto para llorar por todos, por los que están viviendo”.

 

Así que como les dijeron a los Corintios en una carta: ¿dónde está la muerte y dónde su victoria?, por si las dudas, se disfruta la vida como lo único posible en nuestra atribulada existencia. Miedo, descaro o disimulo, los que se fueron están mejor que nosotros, yo me quedo… con las palabras del mismo poeta: “morir es retirarse, hacerse a un lado, ocultarse un momento, estarse quieto, pasar el aire de una orilla a nado y estar en todas partes en secreto”.

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