Vallarta hoy:

El otro

Por Alondra Maldonado Rodriguera

alondrachef@gmail.com

 

La primera guerra de la que fui consciente fue el ataque contra Irak que dio inicio el 28 de febrero de 1991, la atestigüé por el televisor en casa de una amiga. Además de los intereses petroleros que siempre han aquejado el área, empecé a percibir en mi visión adolescente una concepción del mundo antagónica a la que se gestaba en mi realidad: El mundo islámico, usos y costumbres. Las mujeres ataviadas con burka y en una sumisión absoluta, después supe de la ablación, la no posibilidad de estudio, el mundo patriarcal a ultranza. Estructuras sociales que ante la mirada de una adolescente le parecían ya de un salvajismo inaceptable. No obstante, jamás reparé en profundizar en el estudio de éste.

Inquieta yo, en una ocasión me lancé a un viaje sola a mi ciudad soñada, Nueva York, a finales de agosto del año 2000. Bebía aquella multiplicidad de culturas conviviendo en un espacio, estadounidenses, latinoamericanos, chinos, italianos, etcétera, todos en una aparente convivencia entendida de sus propios roles. Caminé por el Central Park, conocí sus museos, por supuesto las torres gemelas y la estatua de la libertad. Regresé a México a principios de septiembre, semana y media después, veía el derrumbe de las icónicas torres por un atentado islamista. Me fue muy impactante la cercanía, pues había estado en ese lugar unas semanas antes. Al correr de los años, voy a Frankfurt y Praga por trabajo a finales de octubre del año pasado y al mes de mi regreso, se dan los ataques de musulmanes en Francia, con su respectiva amenaza de réplica de ataques en otros países europeos donde yo había estado. Lo cierto, es que ya no es un fenómeno que se limita a la geografía del Medio Oriente, pues a través de las migraciones de musulmanes, sus paradigmas viajan con ellos. Por lo cual sorprende que la mayoría de los chicos que ejecutaron los atentados eran ciudadanos belgas y franceses.

Esta cercanía me ha despertado la curiosidad por adentrarme en el pensamiento islámico; considero que debería ser de interés para el mundo occidental, pues es un paradigma que se cruza al nuestro a pasos agigantados. Donde en algunos países, jóvenes europeas y estadounidenses utilizan burkas como símbolo de protesta; creo, ignorantes de lo que el islam profesa, especialmente de las mujeres. En su momento, investigué sobre el islam y escribí algo relativo en la columna del lunes que siguió a los atentados. Hace unas semanas cayó en mis manos el libro titulado, Mirando de frente al Islam, desde el harem terreno hasta el paraíso celestial de Virginia Moratiel, doctora en filosofía por la Universidad Complutense en Madrid.

Por lo que las siguientes 3 publicaciones, contando esta, las dedicaré a hacer un breve análisis desde esta lectura, donde me permitiré citar continuamente a Moratiel. Virginia comienza desmenuzando la palabra que inicia el título del libro: Mirada, la cual me parece interesantísima, que deberemos tener en cuenta para los distintos ámbitos de nuestra vida social.

Moratiel nos dice: “La metáfora de la mirada alude al fenómeno del reconocimiento recíproco entre humanos, a la idea de que eres un ser inteligente no solo porque tú miras el mundo y le das un significado, sino porque estás rodeado de otros semejantes que, al verte actuar, reformulan tus significaciones en una red especular de comunicación que te permite desarrollar la empatía, la imitación y por lo tanto el aprendizaje de las conductas ajenas”.

Es decir, el mirar al otro como un ser semejante a mí, con las mismas capacidades, aptitudes, inquietudes, con la misma humanidad de la que soy poseedor y, por lo tanto, con la capacidad de sentir como propias las sensaciones y emociones de los demás, por lo que tenemos la capacidad de aprender las costumbres ajenas. Estas aseveraciones se han visto confirmadas de manera de manera fisiológica, con el descubrimiento de las llamadas neuronas espejo, por el científico italiano Giacomo Rizzolatti en 1996. Es desde esta metáfora que la autora decide explorar el islam, desde esta mirada hacia el otro.

No obstante, la autora nos habla del despliegue de la mirada en dos polos opuestos que traen claridad: La mirada amorosa y la mirada cosificadora. La mirada amorosa es aquella que asume las diferencias ajenas porque respeta el campo de la libertad de los otros y los humaniza, es decir, “No hay yo sin tú” en palabras de Fichte. Esta mirada, respeta su entorno. Mientras que la mirada cosificadora esclaviza a sus congéneres, porque quien ve es presa del poder, y como tal, anhela dominar y consumir el mundo. Por lo que, la segunda mirada transforma el mundo social en un campo de batalla por obtener el reconocimiento material apropiándose de su entorno. Lo otro, lo que se mira, es el extranjero, la mujer y la naturaleza; en sentido amplio, todo ser vivo puede ser sojuzgado por la mayoría social asentada en el poder.

Es que para reflexionar sobre estas miradas no necesitamos irnos al Medio Oriente, la mirada cosificadora es terrible, como lo que sucedió en el manglar Tajamar en Cancún, la naturaleza como cosa y no como un organismo vivo, del cual somos parte y que además nos aporta innumerables beneficios. (Continuará…).

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