Mujer ave

Por la chef Alondra Maldonado Rodriguera

alondrachef@gmail.com

 

El domingo 24 de abril se llevó una marcha titulada: Vivas nos queremos, en contra de la violencia hacia las mujeres. Tal vez el primer paso hacia una vida sin violencia inicia desde el amor propio. Hoy me permitiré desnudar mis pensamientos en una forma narrativa que no me gusta mostrar, ¿el género? Ustedes califíquenlo, al fin, mi columna Disertaciones me permite eso, disertar.

Era una mañana común, como cualquier otra. El sol había salido, los pájaros cantaban, el viento soplaba, sucedía lo que se espera con cada amanecer a pesar de los malos augurios del cambio climático, a pesar que a veces a uno se le antoja que el mundo se acabe de una buena vez llevándose a todos por igual: ricos, pobres, imbéciles, políticos, activistas, veganos, cristianos, musulmanes, a todos de una sola bocanada del universo y que el mundo se aquiete de una vez por todas. Seguramente que a Dios, esta vez no se le ocurriría volver a crear humanos, sólo vegetación, es más ni animales que tiñan de rojo los campos.

La mañana, a pesar del día soleado, trajo una sensación de desolación, un desorden emocional que no supo si atribuírselo al complejo de la química sanguínea al que le llaman hormonas o simplemente, era uno de esos días en que uno se levanta del lado equivocado de la cama. Todavía no se levantada, apenas si abría el ojo, cuando ya la sombra del sentimiento contrastaba con el día tan iluminado de primavera.

Usó toda la voluntad disponible para arrastrarse de la cama hacia la regadera, se sacó el camisón de algodón ligero, se desprendió de la ropa interior, abrió la regadera, dejó correr el agua fría en espera del agua caliente. Giró hacia la derecha, parecía habérsele olvidado que ahí estaba el espejo y se sorprendió al ver su imagen desnuda reflejada, lánguida, constreñida, ahí, como autómata esperando el agua para iniciar con la rutina del día. Se observó en cada línea dibujada en la silueta de ese cuerpo que poseía su alma. ¿Por qué poseía ese cuerpo y no otro? Nada de él se parecía a los que veía en las revistas, ¡ni el cabello! Vaya, sí que era uno de esos días. Atrás de ella se reflejaban las copas de los árboles y los cerros a través del gran ventanal en forma de ele del baño y el bullicio mental dio paso al canto de las aves por la mañana. Sí, como todas las mañanas.

El vapor cubriendo el espejo la hizo reaccionar, el agua ya estaba caliente, debía entrar bajo ese chorro de agua, quien sabe cuánto tiempo había transcurrido en el espacio de sus cavilaciones. El agua estaba que ardía, sonrió al recordar el dicho de la abuela, -Entibia esa agua, está pa´pelar pollos-. Ahora todo era más fácil, con tan sólo hacer girar una llave y la otra, se regulaba la temperatura del agua. A pesar del tic tac del reloj no se apresuró a bañarse. Aún tenía la imagen de su cuerpo en el espejo, en qué momento había transcurrido el tiempo de esa forma tan implacable. Se puso el champú sobre la mano izquierda, decidió tallarse como lo hacía su estilista, masajeando el cuero cabelludo con las yemas de los dedos, sin pausa, con calma, haciendo espuma, tomó el extremo de su larga cabellera, se frotó los hombros, la cara, el cuello con su cabello, sintiendo la espuma. Sintiéndose ella, suave, lentamente recorría la cabellera espumosa sobre sí, una y otra vez sobre los hombros, el cuello, el rostro. Lo hubiera querido tener tan largo como Rapunzel, se habría tallado todo el cuerpo con él. En su lugar tomó la esponja, colocó jabón en ella, comenzó a frotarse, a sentirse, a saberse la poseedora de ese cuerpo capaz de sentir hasta el agua correr. La pesadez de esa mañana parecía desaparecer en cada consciencia de sí, ahora el cabello sin champú caía por la espalda en una caricia desconocida.

Una mirada penetrante y un picoteo de cristal la hacen salir de este mundo que acababa de descubrir, se supo observada, había un intruso en el mundo construido. Tras el cristal había un ave de pecho amarillo que revoloteaba contra el ventanal, un luis bienteveo. No concebía que esa mirada penetrante proviniera de un ave, se sintió desconcertada por un instante.

Dejó de tallarse los pies, erigió su postura, sólo caía el agua sobre el cuerpo, el ave de pecho amarillo revoloteaba tras el cristal, la observaba, deseando entrar daba de picotazos a la pared invisible desesperadamente. Ello lo observaba, el danzaba. Podía percibir el agua correr sobre cada pliegue de cuerpo. En un segundo inesperado, como cuando cae un rayo que ilumina la oscuridad de la noche, sintió un pálpito de entrañas, se supo ave, ¡qué importaba que el cuerpo no fuera como el de las revistas! Recordó la frase de la Frida: “Pies pa´ qué los quiero, si tengo alas para volar”. El ave seguía revoloteando, sus miradas se encontraron, el luis bienteveo se posó sobre la cornisa del ventanal. Se supo mujer pájaro, mujer ave, supo lo que Frida sintió, era ella y no otra, ella con toda la singularidad de la palabra. Abrió la garganta y le dijo: Tú vuela hacia el cielo, que ahora yo vuelo de otra forma. El Luis bienteveo, esa ave de pecho amarillo, cerró sus diminutos ojos, la miró penetrante, revoloteó una vez más y emprendió el vuelo hacia el cielo, dejando tras de sí, una mujer ave.