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¡Ay Mamá!

Por Angélica Rodríguez @angiemzt @seryconsciencia

 

“La felicidad empieza con la madre y se sigue manteniendo en la relación con ella. El camino de la felicidad se interrumpe cuando perdemos el contacto con la madre.” Bert Hellinger

 

Dicen que uno empieza a ser hijo hasta que se es padre, o madre. Yo tardé 34 años en comenzar a darme cuenta. Si cuando era niña o adolescente, me hubiera preguntado (porque la realidad es que nunca me lo cuestioné conscientemente) cómo era la relación con mi madre, yo me habría respondido que excelente. Nos dábamos los buenos días, un beso en la mejilla, no nos gritábamos, ni ofendíamos, siempre había comida en casa, ropa limpia, planchada, y una habitación aseada; yo iba bien en la escuela, cumplía tareas y hasta algunas clases adicionales por la tardes; tenía permisos, pocos límites y ni un golpe, una que otra vez volaba la chancla, pero nada que no tuviera solución.

 

Doña Gelo es la mejor mamá que cualquiera desearía tener. Pero no siempre lo creí así. De tan perfecta, tan entregada, tan siempre dispuesta, tan complaciente, tan jovial, tan risueña, tan cariñosa, tan comprensiva, tan flexible, tan servicial, tan amorosa, tan buena, tan… no la ves.

 

Y es que la madre es algo tan sagrado, que yo no podría ni pensar en albergar en mi corazón un sentimiento que no fuera amor puro, incondicional. ¿Qué clase de hija sería yo? ¡Una mal agradecida! Pero en el fondo, sabía que algo dentro de mí no cuadraba: había juicio, crítica, resentimiento, soberbia, miedo, frustración, heridas… pero mirar eso, dolía.

 

Mi madre me alimentó, cuidó, protegió, amó y dio todo lo que estaba en sus posibilidades durante años (y lo sigue haciendo) para formarme, y es increíble cómo mi mente no tenía no sólo un registro especial sino al menos el recuerdo de eso (y lo percibía más bien como una obligación o algo que así debía ser, no había efectivamente nada especial en ello), pero sí tenía grabado momentos duros, difíciles, que, cuando niña, se vivieron al interior del matrimonio, y que “por metiche” porque ni siquiera eran asuntos míos, conservé a manera de recuerdos, vivencias dolorosas, que hicieron sentirme vulnerable, poco comprendida, incluso abandonada.

 

Entonces, poco a poco vas construyendo una brecha, te separas, no físicamente pero sí emocionalmente. Yo amaba a mi madre, sí. Pero también cargaba con el dolor de cada hecho negativo que según yo había vivido por ella, pero que hoy sé, ni siquiera se dio cuenta porque ninguna, ninguna, mamá es mala, simplemente actúan con lo mejor que tienen, pero también con sus carencias.

 

Tuve que pasar por un matrimonio, cinco embarazos, tres pérdidas, dos partos, un divorcio, una crisis de depresión muy fuerte, y un largo proceso de terapia para darme cuenta que Ella siempre estuvo ahí, que muy a pesar de ella, estaba disponible con todo su amor, su paciencia, su comprensión para mí. Y que lo único que yo podía hacer para borrar esa distancia latente, era amarla completa, con lo bueno y lo no tan bueno que me dio, y comprender que mi madre también cargaba con sus propias heridas. Heridas que ella tomó de mi abuela. Y es justo ahí, cuando te liberas. Y no es que la brecha haya desaparecido, sino que ya sin cadenas, tú te acercas, la honras y la tomas como tu madre perfecta para ti.

 

Hoy, esta hija, reconoce que aunque no me hubiera dado nada más que la vida, estoy inmensamente agradecida y felizmente en deuda con mi Madre, para el resto de mis días. ¡Ay mamá, cuánto te amo!

 

La madre es algo tan sagrado, que yo no podría ni pensar en albergar en mi corazón un sentimiento que no fuera amor puro, incondicional

La madre es algo tan sagrado, que yo no podría ni pensar en albergar en mi corazón un sentimiento que no fuera amor puro, incondicional