El cajón de sastreGente PV

Chiquitibum

Sólo quince años le bastó a México para convertirse en el primer país que organizaba por segunda vez una Copa del Mundo de Futbol, y de eso han transcurrido treinta años. Para los que vivimos aquella gesta deportiva con el alma de un niño, siempre será un recuerdo inolvidable; sin embargo, para los que experimentaron el mundial del 70 México 86 fue un remedo improvisado carente de magia. Aun así, ambas competiciones cuentan con reyes y dioses, Pelé y Maradona.

 

La Copa del Mundo de 1986 se celebraría originalmente en Colombia, pero el país sudamericano desistió debido a las exigencias de la FIFA. México entró al quite porque, si bien no se contaba con las infraestructuras exigidas por el máximo organismo del balompié mundial, se tenían estadios y el aval de México 70.

 

Recuerdo la expectativas previas a la competición, el tema oficial “El mundo unido por un balón”; Rigo Tovar y una canción infumable llamada “México 86”; el logotipo, que parecía una mezcla de Televisa y alguna aerolínea; la mascota, un chile bigotón llamado Pique y la inocente melodía que grabó la Selección Nacional Mexicana, “El equipo tricolor tiene mucho corazón y en la cancha lo demostrará” y su respuesta alemana, comandada por Beckenbauer “Méxicou mi amó, mi amó…”.

 

Pronto llegaron las primeras desilusiones, como los precios de entrada inaccesibles para la afición mexicana. Fue de los últimos mundiales con estadios semivacíos. Y sobre todo el acto inaugural, que si bien se justifica la austeridad, no la poca imaginación, el césped no se podía pisar y se limitaron a presentar un video producido por Televisa, donde un hombre semidesnudo representando a nuestras culturas ancestrales, jugaba con un balón, para al final entrar al Estadio Azteca en compañía de un hombre blanco, portando el uniforme de Italia, el campeón defensor. Aquel día es más recordado por la sonrisa impasible del presidente Miguel de la Madrid Hurtado ante el abucheo multitudinario y el acento incomprensible de Joao Havelange.

 

En lo futbolístico, México 86 nos dejó a Maradona con sus goles contra Inglaterra; el primero, un homenaje a la trampa, “La mano de Dios” y el segundo el único poema capaz de opacar el gol de media tijera que realizó previamente el mexicano Manuel Negrete ante Bulgaria; Butragueño y sus cuatro goles en Querétaro que sepultaron a la revelación del torneo, Dinamarca con su vistoso uniforme y el goleador Eljaker; Zico y Platiní errando penales en el Estadio Jalisco; y aquel infame árbitro, de cuyo nombre no quiero acordarme, que anuló el gol del “Abuelo” Cruz, impidiendo que México llegara a semifinales. (Fue el inicio del calvario histórico de las penas máximas falladas por México, Alemania tiene mejor tino). Cabe señalar que contrario a lo que ahora se pregona, México aquella ocasión sí llegó al “Quinto partido”.

 

Eran tiempos cándidos, en los que la afición mexicana fue ejemplo mundial al cantar “Cielito Lindo” a todo pulmón e instaurar “La Ola”. Ahora, los seguidores viven en constante amenaza de veto por la FIFA debido a sus gritos homofóbicos disfrazados de tradición.

 

Todos tenemos nuestro propio recuerdo de México 86; para el mundo es la competición de Maradona; para mí fue la de Mar Castro, una actriz efímera, que despertó los bajos instintos de un niño de trece años, que descubría la vida en el escote de una mujer voluptuosa contoneándose en un anuncio televisivo de cervezas cantando la canción más erótica que recuerde: Chiquitubum a la bim bom ba. El paraíso era un logo de Carta Blanca.

 

Todos tenemos nuestro propio recuerdo de México 86; para el mundo es la competición de Maradona; para mí fue la de Mar Castro, una actriz efímera, que despertó los bajos instintos de un niño de trece años

Todos tenemos nuestro propio recuerdo de México 86; para el mundo es la competición de Maradona; para mí fue la de Mar Castro, una actriz efímera, que despertó los bajos instintos de un niño de trece años