De los animales al hombre: la historia de los zoológicos

Por Alfredo César Dachary

alfredocesar7@yahoo.com.mx

 

En la antigüedad, emergen los primeros zoológicos. Así en Egipto en el 1500 AC se considera que se estableció el primer zoológico de la historia, luego fueron los asirios que llegaron a intercambiar animales exóticos para sus respectivos zoológicos con los egipcios. Hace 3,000 años, el emperador chino Wen Wang, mandó construir el Ling-Yu o “Jardín de la Inteligencia”, un gran parque de más de 1,500 acres, donde exhibía peces, aves, serpientes, anfibios y mamíferos como tigres, ciervos, antílopes y rinocerontes, lugar al que solo accedían los visitantes distinguidos del imperio que podían conocer tal lugar.

En el Medioevo, los señores feudales de Europa reunieron colecciones privadas de animales, como signo de poder, siendo una de las principales la Ménagerie de Chantilly, en Francia, que persistió por dos siglos y fue destruida durante la Revolución Francesa, por ser la expresión de ese poder absoluto.

Con el redescubrimiento de América se mandan a Europa muchos animales y pobladores originarios locales como cosas exóticas, la mayoría de estos moría en el viaje, pero los pocos que sobrevivían iban destinados a colecciones privadas de animales, y los “indios” a ser expuesto en las cortes como “algo raro”, aún no se afirmaba que tenían alma.

El rey Nezahualcóyotl fue el creador del primer jardín botánico y el primer zoológico de América en Tezcutzingo, un pequeño cerro al Oriente del reino de Texcoco, allí tenía animales de la región y de otras latitudes, tanto salvajes como domésticos. Cuando llegaron los españoles, pensaron que había tesoros escondidos de oro y plata e hicieron múltiples excavaciones, destruyendo el lugar.

Los zoológicos modernos en Europa comienza con lo que fue la Casa Imperial de Fieras en Viena, en 1752 y se abrió al público trece años después, en 1765, y en Francia luego de la Revolución Francesa, se decretó que el antiguo jardín del rey en París, conocido como Le Jardin des Plantes, estuviera abierto al público.

Georges Cuvier, un naturalista, fue nombrado el encargado de lo que hasta entonces fungía principalmente como un jardín botánico; su misión fue reorganizarlo, para resguardar y exhibir animales en cautiverio, y el nuevo recinto fue abierto al público parisino en 1793 y es considerado el primer zoológico popular.

La Sociedad Zoológica de Londres creó el primer zoológico científico del mundo, el Regent’s Park, inaugurado en 1828, que no sólo se pretendía la exhibición de distintas especies, sino que sus objetivos también incluían el estudio e investigación del comportamiento animal y el zoológico más antiguo de los Estados Unidos fue inaugurado en el Central Park de Nueva York en 1864.

Esa es una parte de la historia, aún falta la otra parte que no se muestra mucho por ser una vergüenza para el hombre “moderno” del siglo XIX y XX. Desde 1874, y tomando Alemania la delantera gracias al comerciante de animales Carl Hagenbeck , artífice de un espectáculo donde además de fieras enjauladas, se mostraban individuos de pueblos considerados “exóticos”, todo esto en momentos en que en Berlín se daba el reparto de África, sus tierras, riquezas y su gente.

Entre 1877 y 1912 se realizaron unas treinta exposiciones de este tipo en el Jardín Zoológico de Aclimatación de París, donde la afluencia de público fue masiva y regular, al extremo de que el primer año recibió un millón de visitas.

Otra variante más politizada fue la Exposición Universal, en la misma ciudad. En 1889, centenario de la Revolución Francesa que tanto promovió la igualdad y la libertad, 28 millones de visitantes pudieron apreciar una “aldea negra” con 400 africanos forzados a trasladarse a tal efecto. En la de 1900, se presentó un cuadro viviente de la isla de Madagascar, testimonio de la reciente adquisición de la Tercera República francesa y de su renovado orgullo militar y colonial, al que asistieron 50 millones de visitantes. Por la última, de 1931, transitaron unos 34 millones.

Completando la idea de grandeza imperial, también se celebraron cuatro exposiciones coloniales, en 1907 y 1931 en la capital, y en Marsella en 1906 y 1922 y finalmente, aparecieron las compañías itinerantes y los “pueblos de negros”, estos últimos en el marco de las exposiciones, como la citada de 1889.

Estados Unidos no quedó exento de esta “fiebre expositiva”, de modo que fue bastante lejos, y en uno de los hechos más vergonzosos, en 1906, a iniciativa de Madison Grant, racista y antropólogo aficionado, el zoológico del Bronx de Nueva York colocó a un pigmeo congoleño junto a un orangután con el cartel “El eslabón perdido”.

Empresarios de Argentina también se sumaron a la triste estadística, en 1881, cuando arribaron a París once indígenas fueguinos raptados y organizan una exposición que fue visitada por 400,000 curiosos en sólo dos meses. De ellos fallecieron una niña y una mujer en los primeros días, dado el trajín de una gira acelerada por Francia y Alemania.

Pero no termina allí la historia de la colonización moderna y sus terribles consecuencias para el mundo de la periferia, aunque sea un espectáculo para los países más desarrollados era la expresión de un retraso cultural, derivado de las ideas de superioridad que generó el eurocentrismo en estos países y que se trasladó a Estados Unidos.

En 1958, se inauguró la primera feria desde que finalizó la Segunda Guerra Mundial, era la Exposition Universelle et Internationale de Bruxelles y pretendía mostrar al mundo ideas de fraternidad, equidad e innovación para un futuro próspero, y donde muchos países llevaron inventos que pretendían cambiar el mundo. Sin embargo Bélgica, quizás el país con más sangre inocente derramada en África, durante su colonización, con ganas de mostrar todas las culturas del mundo, hizo una exhibición de comunidades africanas a las que las personas se podían acercar para alimentarlas.

Familias enteras y niños negros se encontraban encerrados por pequeñas rejas de bambú, adonde la gente se acercaba para darles de comer y acariciarlos, y para sorpresa de todos, esta exhibición fue visitada por 41 millones de personas y ni una de ellas se alarmó por la muestra de racismo que se estaba llevando a cabo, nadie mostró molestia ni enojo.

Como antecedentes de países “altamente desarrollados “, tenemos el caso de Noruega, donde en 1914, existía un pequeño pueblo donde la gente podía admirar extraños hombrecitos de color como parte de su diversión diaria: Villa Congo. Ahí vivían unas ochenta personas de origen africano que simplemente intentaban seguir con su vida diaria, algo que causaba admiración y deleite entre los asistentes, a quienes les parecía gratamente exótico.

En país de pocos habitantes a comienzo del siglo XX, se logró que más de un millón de noruegos asistieran para ver el espectáculo, que fue inaugurado por el rey y que se convirtió en una diversión completamente única y exótica, es la visión del “otro” sobre los demás.

Hoy los zoológicos están en crisis, porque una parte de la sociedad rechaza el cautiverio y exhibición de animales, mucho más cuando se trata de animales del mar, donde se presentan las orcas como las “ballenas asesinas”, o sea, que consumen otros animales en la cadena trófica cuando tiene hambre y verlas en Marine World, amaestradas y controladas por los entrenadores, es un espectáculo donde éstas se han sometido a un espectáculo que se les paga alimentándolas.

Es en este caso que en un análisis excepcional, Umberto Eco (1996) sostiene luego de ver el espectáculo que: “…los animales logran la felicidad humanizándose y los visitantes animalizándose…”, y luego continúa “… el amor por la naturaleza es una constante del pueblo más industrializado del mundo, casi un remordimiento, así como el amor por el arte europeo resulta una pasión permanentemente insatisfecha”.

De la exposición al espectáculo, de lo salvaje a lo amaestrado, de lo exótico a lo único, hay una serie más de dicotomías que sirven para ocultar la verdad de estos zoológicos, que históricamente se han construido como monumentos al poder y de allí pasaron a ser un espectáculo del mismo, una manera amable de demostrar lo diferentes e “inferior” pero bajo control.