Vallarta hoy:

Jesús Cristo súper gerente.

Por Dr. en derecho Miguel Á. Rodríguez Herrera

 

El hombre contemporáneo es producto del marketing, eje central de los best sellers, punto de venta de los súper mercados, destino de consumo transnacional, mercancía de trabajo y gestor de las grandes fortunas. Pero también es un cerdo que engulle, al igual, una manzana como una conferencia con valor curricular. Todo se lo traga, sea verdad o sea mentira. Un devorador matutino de noticias, un fanático compulsivo del deporte, un devoto de las mentiras sociales y un fiel seguidor del sexo-yoga.

Consume drogas, alcohol, pornografía, violencia, roña, literatura serote, ciencia náusea, arte esquizofrénico, filosofía papel de baño, mitotes de vecindad, pleitos de cantina, crudas alucinantes, religión sin Dios y un mogote de bazofia.

Pero eso no es todo porque, aunque parezca insano, también vende. Vende para consumir. Y así, sigue la ley del puerco: come, vende su trabajo para comprar lo que con su trabajo ganó. Se come lo que él mismo hizo. Cría pollos con excremento de pollo y luego se come el pollo en su cagada porque lo que compramos en el mercado son “pollos en su cagada” igual que calamares en su tinta.

Le hemos conferido primacía a la panza sobre todos los demás órganos, incluido el cerebro. Todo se reduce a la tripa y al ano porque nuestros anhelos están anclados en la posesión de bienes de consumo. En ese contexto el espíritu vale la mitad de catorce, siete ching…

Vendemos todo; nuestra imagen, la libertad, la vida, la dignidad, la vergüenza, el honor, el cuerpo a cambio de unos centavos para comprar el celular, la tele o llevar una vieja al hotel de paso, empedarnos en una cantina o jugar en un casino despelucador. El infierno y el cielo nos valen “súper madre” como lo dijera Arabit.

Pero la cosa no acaba ahí sino que para ello nos queremos hacer socios de la figura más sagrada del Universo: Jesús Cristo. Para eso le pedimos, le imploramos con el corazón en la mano, llorando como perros pateados, que gane el PRI, que ganen la chivas, casarse, sacarse la lotería, un tesoro, que se muera el vecino.

Dinero para la peda y las pirujas, lana para dárnosla de padrotes, para pagar el divorcio, para la campaña política que nos llevará a un puesto público para robar a manos llenas y para mandarle decir unas misas a nuestros fieles difuntos.

Por eso, hemos convertido a Dios en nuestro socio del negocio, en nuestro héroe del marketing.

Pero también lo hemos sacado de las universidades, de la ciencia, del arte, de la filosofía, de nuestra familia y de nuestras propias vidas. Sólo lo hemos colocado, como un amuleto de la suerte, a un lado de la maceta de albahaca a la entrada de nuestros negocios: para vender, consumir y cargar más.

Ni satanás se imaginó nunca el lugar que ocuparía Cristo en la humanidad.

Haré una hoguera, quemaré en ella todos mis tratados y, presto, partiré al desierto. Ahí viviré mejor con los escorpiones, con mi conciencia, ante tal yerro.

Sólo lo hemos colocado como un amuleto de la suerte, a un lado de la maceta de albahaca a la entrada de nuestros negocios: para vender, consumir y cargar más.”

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