A los sapos les gusta la mermelada.

Por Dr. Miguel Ángel Rodríguez Herrera.

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Los sapos, científicamente llamados bufónidos, pertenecen a la gran familia del orden Anura, sin cola, que a su vez se clasifican entre los anfibios. Estos animales extremadamente complejos viven casi siempre en el agua y su desarrollo pasa por etapas distintas. Primero son renacuajos y tienen todas las características de los peces. Luego les salen patas y su respiración es pulmonar.

Carecen de dientes y poseen veneno para matar a sus enemigos, suelen cazar de noche y dormir durante el día. Son excelentes limpiadores de todo tipo de insectos y arácnidos en nuestros hogares, con el inconveniente de aguantar los negros serotes que dejan en el suelo. Llevan, para nosotros, una existencia oscura, húmeda, fría, misteriosa y casi de horror.

Son utilizados en poderosos hechizos recomendados por los libros de magia negra, por los chamanes y por todos aquellos merlines que ofrecen dominio sobre el diablo, la naturaleza y la humanidad. Emparentados con el infierno y los secretos lugares que oculta el mundo de ultratumba. Soñar con ellos significa desgracia. En general, pues, no son animales muy del gusto de la gente.

En nuestro pequeño orbe humano también hay sapos. Hay quienes acosan de noche para destruir a sus contrarios, llevan una vida lóbrega, se aparcan en las tinieblas húmedas, se aparean en los matorrales y llaman a sus pares con feos ronquidos de brama.

Son almas entenebrecidas, enfangadas, lodosas y que se encuentran fuertemente enraizadas a la tierra profunda, negra. Su hábitat es lo oculto,  lo que es viscoso, putrefacto, maloliente. Almas sin espíritu, cargadas de envidia, de odio, de abyección que huelen a sangre muerta, a huesos de ataúd.

Dejan, como los bufónidos, pequeños y negros serotes, excremento de sus atroces e inconfesables crímenes. Sus orines se parecen al ácido que corroe el oro, penetra a fuerza de ardor, de fuego, para devastar la materia y convertirla en podredumbre, en óxido. Boca sin dientes pero con una gran lengua homicida que mata más que una bomba de hidrógeno.

Poseedores de venenos deletéreos lo inoculan en las mentes de manera lenta pero eficaz, dañando gravemente el tejido social constituido por las instituciones. Disuelven las más complejas y firmes estructuras comunitarias; demuelen los pedestales  de la ciencia, del arte, la religión y de la filosofía. Son los acérrimos refractarios del orbe humano.

Ellos son legión y están por todas partes del cosmos humano. Son, además, invisibles porque se camuflan en la desdentada viejita que compra leche para su nietecito en la tienda de la esquina, en el hombre respetable que asiste al servicio religioso, en la mujer mosca muerta y dizque abnegada, en aquel que tiene cara de pendejo y navega con ella, en ese tipo que vocifera honestidad por todos lados, en fin.

En general, se  esconden bajo una capa de bondad, ternura, ética y buenos modales. Por la mañana les gusta desayunar en mesas de torneadas maderas, sobre manteles a cuadros, blancas servilletas y untar pan con mantequilla y mermelada para luego orar por los sacros alimentos, recitar algún salmo de la Biblia y dar un consejillo decoroso o alguno que otro regaño. Al más decantado talante puritano. Además dicen no tomar vino, solamente agua.

Catequistas en caparazón desconocen la indulgencia, la esperanza, la caridad, el bien común, la grandeza del alma, el sacrificio por los demás, el deseo de conocer, el amor y todo aquello que purifica al hombre.

Guardémonos de los sapos, y más de aquellos a quienes les gusta la mermelada.