Córtale la cuerda al yoyo

Por el MD Miguel Ángel Rodríguez Herrera

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Mucho recordamos ese fantástico juguete que tanto nos divertía en la infancia y el asombro que nos causaba la cantidad de malabares que ejecutaban sus jugadores con su increíble destreza. Su principal característica es que el juguete se alejaba del jugador al momento de tirarlo y luego regresaba a él.

Ese ir y venir sin alejarse jamás del jugador, es la propiedad que más interesa del yoyo. Es más su nombre no es más adecuado pues va del yo y regresa al yo. El movimiento del yoyo es fascinante y da origen a muchas reflexiones de toda índole como lo podría ser para la religión, la filosofía y la ética.

El yo es la parte consciente de la persona que se hace cargo de su identidad y de sus relaciones con el medio. Esto no tiene ningún problema así considerado pues todos los humanos tenemos un yo, una identidad con la cual nos relacionamos con los otros.

No obstante la verdadera dificultad se genera cuando al relacionarnos con los demás solamente tomamos en cuenta nuestro yo, cuando toda la realidad la hacemos depender de él en cuanto a visión del tercero y de mí mismo.

Cuando esa identidad que es tan propia de cada ser humano, de cada uno de nosotros, la usamos como patrón y medida de todas las cosas. Pero si en eso parara la traba, no presentaría mayor dificultad. Sin embargo esa perversión del yo va más allá de una concepción egoísta del entorno y de mi idéntico.

En efecto, el mal avanza de manera considerable cuando exijo que esa visión la compartan todos los demás, porque, según yo, esa es la verdadera perspectiva, aquí mis juicios lógicos, juicios morales y religiosos deberán ser los únicos a los que los demás estarán sujetos. Son los insuperables que tengan plena validez.

Pero, hay un tercer grado de descomposición en la actitud del yo y que es el más peligroso por ser tan dañino al alcanzar niveles de auténtica maldad. Cuando el enfoque de las circunstancias lo hago estribar  en mí, además exijo a los restantes que tengan esa opinión, adviene, inmediatamente el egocentrismo que consiste en que todos, por ser yo, deberán estar a mi servicio.

Las cosas las veo tal y como yo creo, exijo que todos así también las vean y, por último, demando de los otros que solamente atiendan a mí y a lo que yo poseo. Cualquiera otra opción de los ajenos la discurro como una ofensa no solamente a mi sino a todo lo que mi yo considera como correcto. Odiando profundamente a quienes han herido “mi dignidad”.

Observemos nuestra conducta en todas y cada una de las diferentes relaciones que sostenemos con los demás: la vida conyugal, los amigos, los negocios, la familia, lo laboral, lo religioso, lo político, etc. y veremos con toda claridad ese espectro egocéntrico de lo nuestro.

Reivindicamos la pronta y fervorosa atención, el halago, el servicio diligente, el honor, el respeto, los mejores puestos, las más ricas viandas, los primeros lugares y, en casos patológicos, hasta la adoración por parte de los semejantes.

Esa posición soberbia disloca el orden social porque impide el bien común al anular la ayuda mutua, el apoyo hacia los demás y a los más necesitados. Empantana el desarrollo y el crecimiento de la sociedad engendrando un sin número de males sociales.

La verdadera colocación  es lo contrario. Trózale la cuerda al yoyo para que ya no regrese a ti sino que quede en y para los demás. Empieza hoy y hazlo en familia como primer intento y observa con mucha atención el cambio que se irá produciendo.

Ya no es tiempo de yoyos, hay que madurar.