Oro y sangre

Por Dr. en derecho Miguel Ángel Rodríguez Herrera

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La imbecilidad humana, que a todos nos alcanza, nos ha hecho creer que el estado natural e ideal del hombre es la PAZ, cuando todo demuestra que el hábitat del humano, su ser natural, es la GUERRA. Desde luego que esto es motivo de reproche, escándalo, desánimo y contracultura para aquellos de mentalidad puritana y feminoide. En suma, consideran, que la guerra es síntoma de la peor calamidad.

Esta es la más absurda mentira social que la humanidad ha creído y la causa de todos los males es, de modo contrario, ese estado que todos llaman PAZ. Un estado que no existe porque el hombre constantemente se encuentra sumido en batallas contra muchos de sus enemigos. Su primero enemigo es él mismo y el propio mundo que constituyen a los otros.

La guerra perfecciona a los humanos porque ésta genera un esfuerzo por vencer y esta da como resultado el vigor, la inteligencia y el poder de hacer. Mente, corazón y músculo, o mejor dicho, razón, sentimiento y voluntad se enaltecen, se robustecen con las armas en las manos. Un estado de catarsis que sólo las guerras dan nos proporciona el poderío de todas nuestras facultades anímicas.

El oro y la sangre son las substancias sagradas que purifican y acrecientan el poder de la inteligencia, del sentimiento y de la voluntad. Son los ídolos que aspiran a la divinidad y ante ellos debe ser sacrificado todo el ser del Hombre para que sea éste convertido desde el cenagoso cieno al etéreo espíritu de la conciencia del Yo que es lo único que se posee. Porque el Yo es la Libertad en la Eternidad.

De modo contrario; la Paz oxida y aniquila a las potencias del alma. La Paz es plomo y es lodo donde el hombre se ahoga como si fuese en un cruel pantano que con suprema hambre devora al Yo y a la Libertad. Por eso la paz debe ser destruida y la guerra erigirse en estandarte del Yo que no es otra cosa que la libertad que produce inteligencia, sentimiento y el poder del hacer.

Es la lucha constante e ininterrumpida lo que forma y acrisola la verdadera naturaleza del hombre, en tanto que la paz degenera y mata al espíritu, a la vida. La paz es nuestra única enemiga mientras que la guerra es el mejor de nuestros aliados para llegar a la perfección del Yo.

No temas a nada ni a nadie, combate con fiereza de héroe mientras al sonido de tus fuertes pasos se levantan de sus tumbas aquellos que cayeron bajo el filo y el yugo de la Paz, para también, combatir y ser redimidos en el yo y de la libertad.

Que brillen las espadas y callen los tañidos de las campanas que llaman a la paz.