Lucha vs. rutina

Por Nacho Cadena

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NO PERDAMOS LA CAPACIDAD DE ASOMBRO

Esta columna tiene un objetivo claro y preciso para el que la lee: olvidarse de Trump, olvidarse del dólar, perder contacto con los problemas que no nos corresponden y tomar aire para reflexionar y comprometernos con lo que cada uno podemos aportar con nuestro compromiso personal.

Para escribir esta columna cambié mi balcón. La escribí después de sentarme en el balcón de mi amigo, que me invitó a desayunar un delicioso machacado, esta vez sin huevo, acompañado de unos tamalitos de Monterrey. El aroma del café recién colado inundó la bahía desde allí hasta Los Arcos, que estaban tan cerca de nosotros que daba la impresión que podías tocarlos con la mano. Junto a la mesa dos plantas de chile,  uno habanero y el otro  del llamado chile de monte, que aparte del sabor al desayuno aportan al balcón un toque decorativo.

Déjenme platicarles que desde ahí, como si estuviera sentado en la terraza de uno de estos inmensos cruceros, se ven las cosas desde otra dimensión. Las Marietas, Boca de Tomatlán, Quimixto y las montañas que forman la entrada a Yelapa. El mar liso como una tina de agua, las aves marinas alborotadas haciendo piruetas unas, y otras borraceando sobre el agua a una altura de diez centímetros. Aquí, aquí abajito una enorme mancha negra y blanca delata la  presencia de la bailarina del ballet marino, una mantarraya joven, seguramente, que hacía figuras dentro y fuera del agua.

Pienso que no debemos perder esa capacidad de asombro ante las cosas bellas, no importa que tan afortunados seamos de estar rodeados de mar, de montañas, de fauna, de flora increíble, no importa debemos seguir con esa buena costumbre de disfrutar al detalle, cosa por cosa. Es verdad el bosque es muy bello, pero no hay que perder de vista, que los bosques se hacen de árboles, y cada árbol por sí mismo es un estuche de cualidades, de formas, de diseños, de colores, de riqueza.

Que tanta belleza alrededor no nos haga perder nuestra capacidad de disfrutarla. No tengamos ojos ciegos, ni oídos sordos ante tantas cosas excepcionales que están cerca de nosotros. Sepamos detenernos un instante para regalarnos unos minutos y disfrutar esa enorme obra que es la naturaleza. Nada más gratificante y además no cuesta. Dos minutos de contemplación, pueden redituar en un costal de felicidad.

Hay solo un enemigo y este se llama “rutina”, esa mala, malísima, malvada costumbre que nos lleva a no percibir los colores ni los olores, que nos hace insensibles, piel dura, inalterables. Eso que nos hace que no distingamos la risa del llanto, lo bonito de lo feo, lo claro de lo obscuro. Eso que nos orilla a no saber decir gracias, a no contestar un saludo, a no apapachar un bebé. Eso es la rutina, la que nos lleva a que no sepamos decir  cómo te quiero, ni cómo te extraño, o que bueno que estas aquí. Es la rutina la que no nos deja detenernos a mirar a una pequeña mariposa, a admirar a una señora embarazada; la misma que nos ciega y no nos deja mirar que hoy las servilletas en la mesa son de color amarillo y además hubo sopa de fideos con dentritos de pollo, o que ella colgó una cortina azul nueva en la ventana o que el portarretrato tiene una foto diferente de la nieta. Esa misma que nos impide llamar al amigo en desgracia, o al amigo que hace tiempo no veo, o al amigo que acaba de tener un gran éxito, o al que se sacó la lotería. Esa rutina, la misma que nos hace rezar como merolicos o saludar como monos de ventrílocuo.

Guerra contra la rutina, fuera, hay que luchar contra ella como contra el cáncer o las drogas.

Ya a esta hora estoy de regreso en mi balcón, que no por nada, también tiene lo suyo, desde aquí viene a mi mente, mirando al sur, a la lejanía, el otro balcón donde desayuné hoy por la mañana, y recordando los momentos me obliga, para una nueva ocasión, hablar de la amistad.

Por hoy estuvo bueno, déjame disfrutar esta puesta de sol, que se va a esconder entre jirones de nubes, y formará en el cielo un concierto de colores en tonos rojos y naranja.