Vallarta hoy:

¡Hay paletas!

Por el Dr. En derecho Miguel Ángel Rodríguez Herrera

.

Como hieráticas estatuas que se alzan en lontananza, al parecer prefigurando un horizonte distante, una medida dilatada que toca al infinito, intocadas cumbres de frías montañas, peñascos de mole incalculable que ruedan con estrépito por las escarpadas calles de la ciudad.

Altos como milenarias secuoyas en los bosques de bruma perenne que habitan en las alejadas tundras. Su vista poderosa abarca trescientos sesenta grados y en tres dimensiones, sus rodillas fatigadas se tocan al caminar y al son de la campanilla.

Existencias que no son en el tiempo sino en el espacio, roedores de caminos, espiados en ventanas, testigos inmutables de puertas, de casas, hogares y de lejanías que huyen por  angustias, buscando el olvido de prolongados recuerdos: son ellos, son los paleteros.

Ignorantes del acaecer, son doctos del lugar, su reinado pertenece a la carretera, a la vereda, a la calle, a la banqueta, al mercado, al templo, a la cantina y al atrio. Son los fidedignos transeúntes, los infalibles viandantes. Los representantes del peregrinaje que sin importarles los sucesos hacen del territorio, el altar de un sacerdocio que ora por el advenimiento del infinito.

Hombres sin edad, sin ciclos, sin ser siendo, sin ser continuos, sin instantes; simplemente están-en. Glaciales frente al hecho solo apetecen el dominio del simple constar. Indefectibles amos de las áreas poseen una inmensa sabiduría de lo humano.

Hermanos de las rocas rodantes, son profundos conocedores del alma y por ello confesores natos. Oidores de terribles blasfemias y sacratísimas oraciones, auditores de culpas extremas y yerros inconfesables vagan por los terrenos ofreciendo a esa perrada infame, adolorida e irredenta, el único consuelo del que disponen: paletas, paletas de vistosos y sedientos colores y sabores.

Quienes hayan pensado, sentido y hecho todo lo que en el mundo hay estarán batidos por una vida de miseria y de lastre. Estrechados en la rutina, la desesperación y el suicidio acuden confiados a los terratenientes de las paletas. Van a ellos buscando alivio y consuelo.

Son los personajes del orbe y de sus abundantes vías, sin fronteras, razas, religiones, sexo, color o creencia quienes liman esas diferencias con sus sabrosas paletas ya de agua, ya de leche, esquimales o sangûiches. Porque no habitan un espacio matemático sino el verdadero espacio que es el vivencial, aquel donde yacemos, eyectamos, permanecemos, caminamos y transitamos, comemos y dormimos, bebemos y maldecimos.

Graves protagonistas son estos los paleteros porque están por estar, no por ser así o ser de otro modo sino por el simple ser aquí, ser allá o acullá. Sencillamente ESTAR. Ello les permite tener esos dones de Ciencia y de Consejo. El estar nos da una conciencia plena de las cosas que nos rodean.

Seamos paleteros aunque sea una sola vez en nuestro existir para así poder sentir con toda plenitud ese sentimiento del sencillo: ESTAR.

Yo prefiero las de leche sabor vainilla.

Search