Nubes de concreto

Por el MD Miguel Ángel Rodríguez Herrera
miguelangel@rodriguezherrera.com

.

Vivimos y morimos en la gran masacre de lo cotidiano, que quiere decir: de todos los días. En eso que hacemos sin reflexionar porque es insignificante, lo damos por hecho porque simplemente es así. Levantarnos de la cama, asearnos, ir a trabajar, trabajar automáticamente, regresar a casa por el mismo camino, el mismo paisaje, ver la televisión, dormir y luego volver a empezar.

La civilización tiene ese enorme costo para todos y cada uno de los individuos que la componemos. Es esa enorme estructura, convertida en una mole, la que tenemos que conservar con esa agobiante carga de lo cotidiano. Es la racionalización de las cosas, su dinamismo circular, la legalidad de la realidad en donde no hay lugar para la espontaneidad.

La vida es congelada e inmovilizada cuando se topa con la realidad de la civilización, con el orden lógico de la organización. Ese gran monstruo que nos engulle y digiere para fortalecer las infinitas redes de la cultura. La ordenación humana exige un precio que debe pagarse con las almas y con los cuerpos de sus miembros.

El individuo tiene que soportar un enorme peso sobre su cerebro y cuerpo: ese complejo denominado sociedad que esta integrado por toda la cultura: el orden jurídico, religioso, ético, lógico, estético, vital y utilitario. Y ese complejo llamado estructura social es como una colmena gigantesca en donde sus habitantes deben cumplir un rol estrictamente determinado, aún y en contra de sus vidas.

Verdadero yugo inhumano que produce un gran dolor en todos sus ámbitos: moral, físico, psicológico. Un dolor insoportable que es aumentado con la cotidianidad, con el infernal acaecer diario de las mismas cosas agravado con la no toma de conciencia del significado de todas y cada una de esas cosas cuya nota es la fugacidad, lo inservible, lo que no se desea comprender, lo que se vomita, lo que se desprecia por la simple razón de que son cotidianas.

Ese inmenso dolor tiene gravísimas consecuencias que desembocan en severas adicciones, enfermedades mentales, conductas antisociales que luego son reprimidas por un sistema policíaco y judicial inexorables que llevan a la persona a la frontera de la última exasperación, del máximum de la psicosis, a la espiral de la alucinación, al desmembramiento de toda su alma; en suma: a un purgatorio humano cuya peculiaridad es que ahí no hay sanación.

Son síntomas de ello, el hacinamiento carcelario, la indefinida estadía en los hospitales de salud mental y patológica; desviaciones sexuales y crímenes horrendos, adicciones a sustancias sintéticas cada vez más novedosas, formas religiosas aberrantes, disipación en el vicio, ansia por liberarse, filosofías orientales raras y sobre todo, una intencional y provocada no conciencia de la realidad. Una actitud de no querer conocer.

El hombre del siglo 21 no quiere conocer su realidad, no quiere practicar ningún valor, está harto de todo, ahíto de vivir en una colectividad que lo ha cargado de cadenas, de grilletes que descuartizan sus carnes y sus pensamientos. Abrumado por el todo social, opta por la evasión, por la desobediencia y la agresión.

La sociedad ha creado mutantes como en las películas de ciencia ficción y de guerras nucleares. Tiene mucho de verdad la existencia del mutante y del androide que nos describen los comics y los films.

Es indispensable la vuelta a la espontaneidad de lo no cotidiano; lo cual nos parece casi imposible dado el continuo y perseverante crecimiento de la civilización que nos impide caminar solos, por nosotros mismos, con libertad.

No obstante el tener conciencia de ese estado enajenante nos ayuda, al menos, a empezar, poco a poco y por nosotros mismos, el largo regreso al hogar. Con pequeños actos que violen lo cotidiano, que afirmen lo espontaneo. Paso a paso y con gran esfuerzo podemos recomenzar una vida fluyente.

Cuando las nubes de concreto que hemos artificialmente creado se desvanezcan y empiecen a gotear agua, las flores de la libertad renacerán en una civilización sin cadenas ni grilletes.

Los fariseos que nos cargaron con esas cadenas, deben ser perdonados y así nos recobraremos por fin.