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La Búsqueda

  • Mientras el materialismo se extiende como mancha de aceite y ya nadie nos escapamos a sus redes, ni a las del consumismo sin freno, la felicidad o la satisfacción no es precisamente lo que más abunda en nuestras vidas.

Por Consuelo Elipe

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Hace unas pocas semanas hablaba de la globalización y sobre todo de cómo muchas de las cosas buenas solo han llegado a los que tienen la suerte de tener un cierto nivel para poder acceder a ellas.

Sin embargo, pensando sobre este mismo tema, me vino a la cabeza el tipo de sociedad que somos, y que hay algo que sí ha llegado de forma global a gran parte de los seres humanos: la infelicidad.

Mientras el materialismo se extiende como mancha de aceite y ya nadie nos escapamos a sus redes, ni a las del consumismo sin freno, la felicidad o la satisfacción no es precisamente lo que más abunda en nuestras vidas.

En los países más civilizados, en general todos tenemos de todo, los niños ya no saben ni qué pedir a los Reyes Magos porque nada les sorprende, ni les ilusiona, ni les entretiene. Tienen tal saturación de cosas, de juguetes, de ropa, de aparatos electrónicos que el tiempo que les hacen felices no es ni proporcional a las fortunas que cuestan estos cacharros. Y en el mundo adulto la obsesión es tener una casa, un coche y enseguida otro modelo más moderno, la cámara digital, la televisión de plasma, el último celular, el último modelo de computadora, de lentes, de ropa y así el último de todo.

Tan ocupados estamos trabajando para obtener todo esto que nos hemos planteado como meta para la felicidad, que olvidamos lo que es realmente importante. No sabemos ni a quien echar la culpa, quizás a la publicidad por crearnos tantas necesidades falsas, a los medios de comunicación por enseñarnos sin escrúpulos cómo viven los ricos o famosos o a los que nos han dicho que todos tenemos los mismos derechos y nos lo hemos aplicado también al tener. Sea como sea, el caso es que ahora los niños se dedican a pedir sin piedad a sus padres todos los caprichos y cuando crecen y ya son hombres o mujeres que están programados para seguir luchando por tener todo lo que se supone tenemos que, si queremos ser parte de los que triunfan.

Pero ¿qué estamos logrando con todo esto? Las personas somos cada vez más superficiales, cada día nos frustramos por cosas más nimias y absurdas y sobre todo basamos la felicidad es cosas externas, y a veces tan difíciles de alcanzar que es un continuo soñar, frústranos, sufrir y volver a empezar.

Solo con mirar alrededor encontramos ejemplos de esto, varios casos de muertes en quirófano por cirugías estéticas, agencias de viajes que venden las “vacaciones del bisturí”, esos paquetes que te llevan a Colombia o Brasil y por poco dinero y te prometen volver con un cuerpo para bailar samba. ¿Por qué hay esta fiebre de cirugías? porque pensamos que siendo “perfectos “físicamente seremos más felices. Como paradoja cada día tenemos más y más noticias de modelos, actrices y actores de moda, de cuerpos perfectos, de cuentas millonarias que están enganchados en la droga, el alcohol, toman un sin fin de pastillas contra la ansiedad o depresión y algunos incluso mueren.

¿No tienen ellos todo lo que se supone da la felicidad? Entonces, ¿por qué son infelices?, porque no está en lo material, ni en la fama, ni en la belleza, debe ser algo mucho más profundo o quizás mucho más simple. La manida frase de que “no es mas feliz el que más tiene sino el que menos necesita”, resulta que puede ser verdad, que si tuviéramos nuestras necesidades mucho más enla línea de lo que sentimos y lo que valoramos, el grado de satisfacción probablemente sería más alto.

Al final si nos ponemos por un segundo a pensar cuáles han sido los momentos más felices de nuestra vida, la mayoría responderíamos que aquella vez que estaba toda la familia junta en una comida, o aquella navidad, cuando se enamoraron, la reunión con todos los amigos, o el nacimiento de un hijo…pocos dirían que cuando se compraron el auto o les subieron el sueldo.

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¿No es esto una pista de hacia donde deberíamos buscar?