El cajón de sastreGente PV

El año en que nos quedamos huérfanos

  • Todos llegaron a ser famosos por la televisión y la radio, y ambos medios enfrentan un futuro de extinción frente a las plataformas tecnológicas que se presentan.

Por Alejandro Aquino
Historiador y Músico profesional

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Para los mayores de treinta años, 2016 constituyó un avance considerable para la perdida de todo lo conocido. Ya, durante las últimas décadas, experimentaron la descontinuación de objetos de uso corriente, como el telégrafo, la videocasetera, el walkman, la máquina de escribir, el teléfono de disco; luego vino la revolución digital, desde el floopy, el disco compacto, hasta alcanzar la impersonal memoria USB. Esta vez no fueron cosas descontinuadas, sino el menoscabo del patrimonio cultural, se trató de personas.

No se recuerda un año con tantos decesos de artistas o famosos constituidos en referencias de la rutina diaria. Los que se fueron, gracias a su exposición mediática, se convirtieron en parte de la familia, como un mueble que permaneció en casa durante mucho tiempo, o la ropa favorita que pasó de hermanos mayores a menores.

Cierto es que dejaron legado, y la música de Juan Gabriel seguirá escuchándose en lugares variopintos de México gracias a una legión de innumerables imitadores que parodiarán éxitos y maneras, pero les hará falta lo que él “tenía de más”. Ya no estará el auténtico Divo de Juárez contoneándose en conciertos o producciones nuevas. Triste caso, apenas mostraba una faceta desconocida: versionar canciones anglosajonas.

Tampoco nos acompañarán, esos actores secundarios que fueron como los vecinos que extrañamos sólo cuando no están: Leonorilda Ochoa, Chachita, Pedro Weber Chatanuga. Asimismo, bajo el reinado de la delincuencia organizada nos harán falta las pistolas Mario Almada y los puños de Bud Spencer. Y a pesar de que Gonzalo Vega murió, la generación huérfana le recordará cuando en reuniones de contemporáneos se cite a Cuna de Lobos, La Señora Presidencia o Don Juan Tenorio

Nadie desafiará al Imperio Norteamericano como Fidel Castro, que creíamos inmortal; ni al Imperio Galáctico, como Carrie Fisher, que por cierto, nos dejó paralelismos con la ficción, al nacer la princesa Leia muere su madre Padme; al morir Carrie, fallece su madre Debbie Reynolds. Y para que la desolación sea mayor en una galaxia muy lejana, también murió Kenny Baker, el individuo que vivía dentro de R2D2 y también su creador Tony Dyson, un visionario que convirtió una aspiradora en robot.

La parca abarcó todos los terrenos, desde el intelectual: no más Umberto Eco; y el deportivo, Muhammad Ali. El fútbol se enlutó por Johan Cruyff, artífice de la naranja mecánica y el Barcelona moderno;  Italo Estupiñán, y sus peinados afro; y Joan Havelange, que por mucho tiempo fue el Karol Wojtila de la FIFA.

Algunos sólo eran conocidos por la generación actual de manera accidental, como Gene Wilder, el otrora Willie Wonka enamorado de la chica de rojo, convertido en un socorrido meme, o Leonard Cohen por su canción Hallelujah resucitada en la banda sonora de Sherk. Y fue justamente en la música donde la muerte se ensañó, George Martin, David Bowie, Prince, George Michael, Maurice White, Keith Emerson.

Se resiente más la pérdida, porque no sólo fue cuantitativa, sino cualitativa. No hay forma de sustituirles. Todos llegaron a ser famosos por la televisión y la radio, y ambos medios enfrentan un futuro de extinción frente a las plataformas tecnológicas que se presentan. La llamada generación X asiste a su despedida.