Las verdes hojas de mi vida

Por Dr. en derecho Miguel Ángel Rodríguez Herrera

.

“Respetado Dr. Herrera:

Mi dirijo a Usted desde el fondo de mi alma porque sé que me comprenderá. En mis años mozos fui, y soy, enormemente feliz al lado de mis preciados libros ya que mi nacimiento fue marcado por el saber y por el conocimiento hice mi vida, esa maravillosa vida de estudio profundo y severo. Recuerdo aquellos fríos días de febrero de cada año sentado frente a mi mesa de estudio leyendo con aguda atención esos viejos tratados de Aristóteles, de San Agustín, Santo Tomás y toda la estela de filósofos que han imperado por las ideas.

Esa sublime alegría de poder comprenderlos y luego, con un fondo de blues y de jazz, con un cigarrillo en mis labios y un trago caliente de fuerte café discutíamos, mis amigos y yo, los pensamientos de los ilustrados, mientras que en arranques de pasión por convencer o por vencer me dejaba llevar por intensos sentimientos de defensa y ataque. Pero no contentos con ello nos dejábamos creer que éramos copropietarios de la herencia filosófica de la antigüedad, de lo clásico, de la modernidad y de la contemporaneidad.

Teníamos fe en ser los dueños del saber universal y que todo lo comprendíamos a la vez que sentíamos profundo desprecio por aquellos que no se ocupaban de nuestros intelectuales oficios. Sin embargo, yo era el único que sabía para qué había nacido que no es otra cosa que para conocer y que por el conocimiento sacrifiqué el vivir. No me olvidé del vivir, sino que viví para el conocer porque yo soy para eso y para nada más.

El deseo de conocer fue para mí el más fuerte vicio que exista en el mundo y por él di mi vida, por él me encerré en mi buhardilla de estudio durante cuarenta años respirando el polvo de los arcanos, profanando los conocimientos más ocultos, pero con el agudísimo goce que produce el saber. Fuera de mi mundo no había mundo, fuera de mi vivir no existía la vida y fuera de mi biblioteca todo era vacío, era la nada.

Todo, absolutamente todo, murió excepto el ardiente deseo del saber, el fortísimo anhelo de la sabiduría. Sólo Dios permaneció en mi vida por el mero hecho de que el límite del saber está sólo en Él.

Luego venían los airosos días de febrero, plenos de frío y chocolate caliente, húmedos de humo de cigarrillos caros. En esos días de mi vida feliz enfilaba mis apresurados pasos, pletórico de alegría, hacia las librerías para sumergirme en aquellos acervos de libros en busca de otras sapiencias. Logrado mi objetivo regresaba a mi helada celda de estudio y con ímpetu penetrante sacudía mi cerebro para entender las ideas.

Luz de velas, fumaradas, sorbos de refresco de cola, ritmos de jazz y blues, sombras de pasadas ciencias; teniendo como fondo mi espectral biblioteca permanecía hora tras hora feliz, feliz, intensamente alegre.

Esas son las verdes hojas de mi vida encomiable Dr.”.

QUERIDO SOLÓN DE ATENAS: Me enorgullezco de tu excelsa carta.