Aprendiendo a VivirGente PV

Pensamientos contagiosos

Por la Mtra. Hania B. Sosa Contreras

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Cuántas veces nos ha pasado que estamos junto a alguien, y de pronto empezamos a sentir que aquello que nos está platicando, está generando que nuestro estado de ánimo cambie.

Momentos, en los que quizás sin intención, comenzamos una plática (o la continuamos) porque aparentemente es inofensivo; cuando de pronto empezamos a sentirnos tristes, tensos, angustiados o preocupados. Pasan los minutos, dejamos de platicar con esa persona y resulta que nuestro día continúa en una tonalidad diferente a la que teníamos; como si el color de nuestro día hubiera cambiado a gris.

Horas después o minutos después, te encuentras con una segunda persona que te platica un problema, mismo que le genera sentimientos de enojo, descontento o impotencia. Esto hace que, a su vez, tú empieces a recordar momentos en los que sentiste lo mismo; y resulta que en las siguientes horas te mantienes con una sensación extraña en el estómago, producto muy probablemente de esa conversación.

Pero de pronto en otro momento o en otro día, te cruzas con alguien más y la plática se torna de lo más interesante, simpática o entretenida. Quizás después de unos minutos de charla comienzan a surgirte ideas distintas, innovadoras o inclusive podría ser que hasta se te empiecen a ocurrir chistes. De ahí entonces continúas con tu día pero al parecer tu forma de caminar se modifica. Después de esa charla caminas más erguido y en tu rostro se dibuja una ligera sonrisa “sin aparente motivo”.

¿Te suena familiar? Pues resulta que así sucede nuestro día a día y, la mayor parte del tiempo, no nos percatamos de éste fenómeno.

Nuestras conversaciones son producto de nuestros pensamientos, por lo tanto se podría afirmar que lo que platicamos estuvo primero en nuestra mente. Sin embargo, en ocasiones las conversaciones que tenemos con otras personas tienen un detonante que no venía precisamente de nuestra mente, sino de la mente de la persona con quien estábamos platicando; y esto genera que continuemos con esa línea temática y que (posteriormente) la conversación que continuemos con nosotros mismos (esa charla mental que llevamos todo el tiempo) siga en esa dirección haciendo que nuestro estado de ánimo cambie.

Entonces me pregunto, ¿cómo utilizar esto de forma positiva? ¡Sencillo! Seamos nosotros los que contagiemos a las personas que están a nuestro alrededor. ¡Seamos nosotros quienes escojamos la tonalidad de la conversación! Pintémosla de morado (sí, morado porque ese es MI color favorito, pero puedes pintarla del tuyo). Quizás al principio no sea tan sencillo como suena, pero como todo, es cuestión de práctica. Estás platicando con alguien y empieza a contarte situaciones con una tonalidad oscura… intenta, suavemente, relacionar su conversación con otro tema pero con una tonalidad luminosa. Un ejemplo: Se acerca alguien de tu trabajo y te empieza a platicar una complicación surgida. Entonces, después de escuchar lo que tu compañero tenga que decir (y en lugar de “echarle más leña al fuego”), le puedes preguntar “¿oye, y cómo has hecho para resolver situaciones semejantes en otras ocasiones?”. Con esa “sencilla” pregunta ayudarás a que tu compañero redireccione sus pensamientos y, de pronto, ¡estarán hablando de estrategias y soluciones! En ese instante habrás contribuido a que la tonalidad del tema sea completamente distinta sin necesidad de decirle “no me hables de cosas negativas”.

Aunque no lo creamos o veamos, vivimos conectados de una u otra manera al resto de personas en el mundo. Así que, aunque no sea evidente para nosotros, lo que suceda con los demás, si no sabemos encauzarlo, puede afectarnos negativamente. Por lo tanto, quizás sea buena idea que comencemos a practicar estrategias para cambiarle el color a nuestras conversaciones, y así, lograremos contagiarnos de emociones positivas.

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