Tánatos

Por Alondra Maldonado Rodriguera
alondrachef@gmail.com

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Aquí estoy tras un largo silencio, un letargo, una muerte. De nuevo frente al teclado y una página en blanco tras treinta días de desolación. Treinta días en el desierto. Treinta días en el valle de sombra y de muerte. Treinta días en los abismos. Treinta días con la carne, la piel, los tendones, la razón y el corazón desgarrados. Treinta días de ola revuelta. Treinta días seducida por las mismas  coracolas marinas que le susurraron a Alfonsina. Una vez más aquí estoy.

Vacíos del alma inesperados, tan profundos que una pluma no se puede sostener, menos la cordura. Un giro inesperado o esperado, sin saber sus consecuencias fatales. Apenas abrí mi página de esa conexión virtual cuando me aparecieron unas líneas de Sandra Lorenzano: “Durante meses respiré miedo. Un miedo turbio, vago. Un picahielos entrando en la carne. Una A escrita sobre la piel. Un rostro arrancando las fotos. Un cuerpo sobre las escaleras. Cualquier noche. Una ausencia. Los silencios. Los gritos… Durante meses respiré miedo…”

“Un picahielos entrando en la carne…” descubría que el alma puede hacer doler la carne, respirar el aliento viciado del sinsentido, palparlo, el laberinto oscuro del vacío, me encontraba de nuevo en tan temido lugar. ¿Cómo llegué hasta aquí una vez más?

No, no hay palabras que consuelen, ni magia que detenga la caída. La brújula perdida, el incierto destino, el pasado merodeando, el alma perdida, el espíritu extraviado y la fuerza vital en pulsión de muerte palpitante, convertida en Tánatos. El desierto es extenso, la desolación no ofrece misericordia, sólo la carne palpitante descubierta, porque es la destrucción total, nada queda en pie. La noche es igual al día, el cuerpo se pierde, no sabe si deambula, duerme, da tumbos, si tiene fin. ¿Cuál el fin último de todo?

El sol sale, el mar continúa su vaivén, el viento sopla, las palmeras se mecen, la arena infinita permanece, llega la noche, se asoma la luna, brillan las estrellas, vuelve a salir el sol, la flor se marchita y la bugambilia vuelve a dar otro botón. ¿Por qué continúan y me dejan? Que se detengan un poco, que los días no avancen, ¿no pueden regresar?

Ante mí el desierto. Con el espíritu y el alma extraviados, la única escapatoria es hallarlos. Don Quijote me susurra: “Confía en el tiempo, que suele dar dulces salidas a muchas amargas dificultades.” ¿El alma enredada encontrará su regreso a casa? Sin ella sólo soy un cuerpo inerte que respira. Ante mí sólo la de-so-la-ción. El hundimiento y el vacío. El dolor y la angustia. Piel, músculos, corazón, desgarrados, palpitantes. Yo y el desierto. Cansada me quedo en quietud, sintiendo los ríos que brotan de mí. Tras un largo silencio escucho el viento, las palpitaciones del corazón. ¿Cuál el fin último de todo? ¡Quién ha dado respuesta!

Sin embargo, el sol sale, el mar continúa su vaivén, el viento sopla, las palmeras se mecen, la arena infinita permanece, llega la noche, se asoma la luna, brillan las estrellas, vuelve a salir el sol, y esa planta seca, que parecía que toda agua en ella era inútil, vuelve a retoñar. Las palabras de “porque hombre soy y nada de lo humano me es ajeno” me hacen pensar en el dolor como parte de la humanidad, los contrastes que nos muestran la belleza de su contraparte. Blanco y negro, paz-guerra, sequía-lluvia, fértil-infertil, amor-desamor, gris-colorido, bueno-malo, muerte-vida, dolor-plenitud. En la nada no te puedes impulsar, en el vacío no hay qué haga resistencia para elevarte, sólo debes dejarte caer y, para aprender, voltear del lado de los espejos de la intimidad para escudriñarte. Porque se debe morir para vivir, el dolor antecede al alumbramiento, el llanto a la risa, la guerra a la paz, el dolor al autodescubrimiento. Sólo en el desierto puedes autoexplorarte. Llegar al fondo y desde ahí tomar impulso con la piel renovada.

Después de la sequía mi jardín vuelve a florecer, la bugambilia me enseña que de esas varas secas, desde su interior brotan nuevas flores, salen hojas verdes brillantes; tras la oscuridad, el sol vuelve a resurgir y sus dedos pintan de rosa el océano. Del sepulcro de las semillas nacen los árboles que cobijan.