Vallarta hoy:

La disciplina que edifica

La actitud más sabia consiste en aceptar la adversidad tal cual es, sin preguntarnos tanto por qué nos ha venido sino cómo sobrellevarla.

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Por Livier Nazareth
Psicóloga

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Cuando un severo contratiempo golpea la vida, son frecuentes los lamentos y las exclamaciones de todo tipo. Alguno dirá: “¿quién hubiera dicho que a mí, nada menos que a mí, me vendría esta prueba? ¡Nunca lo hubiera esperado!”

También es muy común la exclamación dolorida de aquel que dice: “¿qué habré hecho yo para que me pase esta desgracia?”

Estas y otras expresiones parecidas son muy humanas, pero adolecen de un defecto.

Dan a entender que quien sufre una prueba, la merece como castigo de Dios, de ahí el lamento quejumbroso que se resiste a dicho trance siendo que todos, tarde o temprano, con mayor o menor intensidad, debemos soportar golpes e infortunios de diverso carácter, es bueno que conozcamos la razón de su existencia.

Empecemos diciendo que no pocas veces somos nosotros mismos los causantes de esos contratiempos. Quizás se nos escapó una palabra ofensiva a alguien, tal vez no supimos aprovechar una brillante oportunidad, o quizá hemos sido demasiado audaces en la iniciación de una empresa.

El hecho es que nuestros propios errores fueron motivo de problemas, fracasos y caídas. Y en tales casos, ¿podríamos decir que se trata de un castigo de Dios? no, simplemente fue una falta nuestra.

Ahora hablemos de aquellas otras adversidades que no hemos provocado, y contra las cuales nos rebelamos sin resignación.

Estas son las que ponen a prueba nuestra verdadera capacidad para soportar el dolor y para desarrollar nuestra fe. Pueden ser serias desgracias personales, que no sabemos a qué atribuir. Pero ya que han llegado hasta nosotros, debemos saber afrontarlas. Rebelarnos, amargarnos, deprimirnos o renegar de Dios: nada de eso puede mitigar la prueba.

La actitud más sabia consiste en aceptar la adversidad tal cual es, sin preguntarnos tanto por qué nos ha venido sino cómo sobrellevarla. Además, es saludable pedir la ayuda de lo alto, y también rogarle a Dios que nos muestre qué lección podemos aprender en esa hora de angustia.

Y cuando nos acercamos así, humildemente al Altísimo, descubrimos que la adversidad nos ayuda a ser más fuertes espiritualmente, nos vuelve más humanos y acrecienta nuestra dependencia en Dios.

“Tomado de la Colección Vida Abundante; Enrique Chaij”

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Livier Nazareth. Psic./Tanatóloga, Especialista en Crisis Familiar y de Pareja, Terapia por la pérdida de un ser querido. Citas 322 151 04 96
livier590@hotmail.com Facebook Livier Nazareth.

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