Vallarta hoy:

Colombianización a la mexicana

Por María José Zorrilla

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Hace más de de dos décadas, después del fallecimiento de mi padre, ocurrido en el fatídico 1994, el año que despuntó con el estallido del EZLN, el asesinato de Colosio y Ruiz Massieu; una amiga colombiana de la familia nos fue a dar el pésame.  Hablando entre otras cosas sobre la descomposición del país, comentó: ojalá que México ante tanta convulsión no se colombianice.

Con mucha tristeza nuestra amiga colombiana, socióloga y casada con esposo e hijos mexicanos, nos dijo que la mayor tragedia invadió a Colombia cuando los núcleos del poder se mezclaron con el de las drogas.  Antes la milicia no se mezclaba con la alta esfera política ni social y las drogas eran un punto aparte.

Después empezaron a interrelacionarse de manera estrecha a través de negocios primero y luego de matrimonios entre miembros de unos sectores con otros y la descomposición parecía no tener fin.  Fueron muchos los años en que pensar en Colombia era automáticamente asociarla con cárteles, drogas, inseguridad, secuestros y muerte.

En aeropuertos y aduanas, traer un pasaporte colombiano era una verdadera pesadilla.   La lucha por traer la paz en Colombia ha sido un proceso largo pues también estaba el elemento FARC.  Con cambios estructurales en sus leyes, convenios de colaboración, diálogos abiertos, atracción hacia los puestos más relevantes de hombres destacados en aéreas en el campo de la ciencias, la cultura, la administración pública, la legislación y la tecnología, fueron logrando transformaciones culturales y urbanas de fondo que se convirtieron en modelos de urbes sustentables como los casos de Medellín y Cartagena.

El turismo empezó a incrementar de manera importante y su presidente obtuvo el Nobel de la Paz el año pasado.  Desgraciadamente México no pareció aprender del doloroso proceso colombiano de intersección de los núcleos del poder.  Narcotráfico, milicia, política y sociedad se convirtieron en aliados para generar los peores desfalcos y atrocidades que jamás se hubiera pensado aconteciesen en el México de mitad del siglo XX.

Con todas sus corruptelas, el sistema político mexicano mantenía un cierto código de conducta, hoy día vemos como Tamaulipas, Chihuahua, Veracruz y recientemente Nayarit, ve caer a sus “mejores hombres” involucrados en casos lavado de dinero, enriquecimiento inexplicable y hasta crímenes de lesa humanidad.

Los códigos de honorabilidad en familias antes respetadas ahora han quedado en el olvido en las nuevas generaciones, que por ambición, codicia, temor y/o amenazas , han pactado con el narco sin el menor parpadeo y han robustecido sus capitales de manera indignante ante tantas necesidades que aquejan a este pobre país tan noble y tan prolijo que a pesar de los saqueos, sigue medio de pié,  sostenido por la clase media trabajadora y buena parte del empresariado que todavía no alcanza a manchar su plumaje con el lodo de la narco política.

Urgen medidas anticorrupción que parecen no llegar. Analistas políticos siguen derrochando tinta sin poder dar con el clavo.  Luis Rubio asevera que la seguridad hay que construirla de abajo hacia arriba, pero para salir del hoyo no hay otra más que construir un nuevo país.  Juan Pardinas, comenta que es hora que el debate sobre la corrupción y la impunidad voltee su mirada al Poder Judicial.

Porque “Si México es adicto a la impunidad, afirma Pardinas, el cartel que lucra con esta substancia tóxica tiene en sus filas a jueces, magistrados y ministros”.  Y para ejemplo lo que recientemente acaba de acontecer con el fiscal Veytia Cambero de Nayarit, detenido en Estados Unidos y acusado de  lavado de dinero y vínculos directos con el crimen organizado.

 

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