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Poder real  

En “Maquiavelo para Mujeres”, Harriet se basó en experiencias de personajes –de ambos sexos- que trascendieron por diversas razones.

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Por Carmina López Martínez*
arizbeth.lopez@univa.mx

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Harriet Rubin dedicó varios años para indagar biografías de personas trascendentales.

En “Maquiavelo para Mujeres”, Harriet se basó en experiencias de personajes –de ambos sexos- que trascendieron por diversas razones; de cada uno recopiló fragmentos imposibles de ignorar, con los cuales obtuvo evidencias inteligibles de las fortalezas y debilidades que todos los seres humanos poseemos y ponemos en práctica desproporcionalmente.

Encontrar finales felices fue uno de sus objetivos, pero no consiguió tal resultado. De ese capítulo extrajo valiosos aprendizajes que comparte a sus lectoras y no duda en calcular el éxito que lograrían éstas si consiguen dominar el arte que contradice las estrategias de Maquiavelo en El Príncipe como son “La Fuerza es justa cuando es necesaria”, “El fin justica los medios”…

Además, la escritora analizó otros títulos dedicados a propagar estrategias para vencer las emociones y aprovechar el conflicto para obtener el control. En este sentido, Sun Tzu escribió “El Arte de la Guerra”, uno de los libros más consultados de todos los tiempos, dado que el concepto estrategia surge de ese arte.

En mi opinión, vivir bajo esa ley dominante es una idea bastante probada y poco efectiva en el terreno de las relaciones interpersonales. Aunque en su momento Zun Tzu y Nicolás Maquiavelo demostraron su astucia para guiar a líderes en la guerra, en estos momentos ese liderazgo se orienta en dirección contraria, las decisiones mundiales no son sabias del todo como en el pasado, carecen de estrategia.

Así se busca el éxito: en lo individual y colectivo. Las mujeres no actuamos como los hombres, su percepción de la vida está soportada en principios sabios, verlos como adversarios no es sensato, los argumentos deben orientarse al diálogo; según Rubin en las primeras páginas lo explica:

“Este libro trata de la guerra, pero no de las sangrientas, ni las del tipo que provocaron los odios … Sino de esas guerras íntimas en las que tenemos al enemigo tan cerca que nos hiere, nos traiciona, nos hace frente, ya se trate del cónyuge, tu superior inmediato, un cliente, tu padre o tu madre, alguno de tus hijos. Trata de la guerra hacia el camino del poder. Al decir guerra me refiero a un conflicto, me refiero a un tipo determinado de relación con los demás, con uno mismo y con el mundo. Todo conflicto implica contacto; requiere poder e implica el poder”.

Este libro agota un compromiso íntimo, liberador. Es la oportunidad para hacer una introspección profunda y sincera que permita obtener el poder sin ocultar las  capacidades prototípicas (de las mujeres) –la sensibilización, emociones, abnegación- para obtener el beneficio propio.

Haciendo “tus propias reglas”, como lo propone la escritora para buscar aliados que en un principio fueron enemigos y, en consecuencia, conocer la estrategia del otro para definir la propia. Es difuso cuando se quiere vencer en un campo contrario con desventajas en inteligencia y objetivos, por ello es imprescindible dominar el arte de mantener la confianza en los proyectos personales, con las habilidades dominadas y percibidas por los demás.

Harriet define: “una princesa, como El Príncipe de Maquiavelo, es una mujer entre mujeres, una luchadora astuta, una soberana inflexible. Toma de la vida lo que desea, y no olvida que todas las noches de su vida son igualmente importantes…” No lucha como el hombre ni contra él, menos entre sus congéneres.

Las princesas tienen algo en común: viven su vida como personas que tienen derecho a triunfar. Y H. Rubin las distingue por diversas formas:

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Desde el principio, se distinguen de los demás.
Jamás se consideran valientes.
Tratan el destino como si fuera su mentor.
Disfrutan con su vida emocional.
No creen que en la vida haya que elegir entre el amor y el poder.

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En uno de sus discursos Nelson Mandela apeló a la fuerza y el poder por encima del temor: “Nos preguntamos a nosotros mismos, ¿quién soy yo para ser brillante, magnífico, talentoso y fabuloso? Pero en realidad, ¿por qué no habría de serlo? (…) Jugar a ser menos no sirve de nada. No hay nada de maravilloso en empequeñecernos para que los demás no se sientan inseguros a nuestro lado”.

Su legado de H. Rubin para las princesas reales, las guerreras del nuevo siglo, mujeres que trascienden en armonía.

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*Comunicóloga, responsable del área de difusión institucional de la UNIVA Plantel Puerto Vallarta.