Aprendiendo a VivirGente PV

Miedo a las críticas

Desde mi punto de vista, todos nacemos con la posibilidad de hablar ante un público con la mayor de las confianzas, siempre y cuando el tema sea de nuestro dominio e interés.

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Mtra. Hania B. Sosa Contreras
Psicóloga

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A todos nos llega a ocurrir que cuando intentamos hablar delante de un grupo de personas, se nos olvida lo que teníamos pensado decir, la respiración se entrecorta, comenzamos a sudar o incluso nos llega a cambiar la voz. Obviamente todo esto depende en parte de nuestra personalidad, pero también influyen factores como el tipo de público o audiencia que nos está escuchando, si ya estamos familiarizados con la gente o con el tema del que se trate, y también depende de si es algo informal o casual; no obstante, cuando ésta condición es recurrente y nos impide desempeñarnos de manera adecuada en los estudios o el trabajo, es necesario prestarle especial atención.

Es probable que ésta condición no la hayamos relacionado antes con el miedo a las críticas como tal, quizás es más común llegar a pensar que esto ocurre porque se es tímido, porque no se tiene experiencia o facilidad para hablar en público, o porque “siempre has sido así”. Sin embargo, en el trasfondo de ésta condición hay algo más.

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Seguridad en la infancia

Cuando vamos formando nuestra identidad, particularmente entre las edades de 6 y 12 años (al inicio de la “edad escolar”), estamos ante la posibilidad de ir usando las herramientas que hemos aprendido hasta ese momento; y aunque pudiésemos pensar que son muy pocas las cosas que se pueden aprender entre el nacimiento y los 6 años, la realidad es que en esos primeros seis años de vida adquirimos primeramente la confianza en nuestros padres, aspecto fundamental para el desarrollo de la seguridad ante el mundo. Si durante los primeros meses de vida un bebé no recibe los cuidados necesarios de alimento, higiene y amor, comienza a percibir su mundo como un lugar hostil y, como consecuencia, su actuar desde los primeros años de vida se ve desviado por la idea de que debe cuidarse de los demás o que no habrá alguien que le ayude a satisfacer sus necesidades básicas. De ahí se van a determinar los vínculos que esa personita tenga con los demás, ya que podrá experimentar confianza, seguridad, satisfacción o, por el contrario, frustración, miedo y vulnerabilidad.

Para la edad de seis años, un niño ya habrá logrado sentirse independiente de sus padres, autónomo para realizar muchas actividades por sí mismo, y capaz de hacer cada vez más cosas propias de la educación formal (leer, escribir, conocer los números, etcétera)

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Adolescencia

Según uno de los representantes más reconocidos de las teorías del desarrollo psicosocial, Erik Erikson, entre los 6 y los 12 años los niños entran en una etapa de Laboriosidad Vs Inferioridad. En ésta etapa se ponen en uso los conocimientos y habilidades que se van aprendiendo; por lo tanto es de vital importancia que el niño se sienta estimulado, respaldado y protegido por su entorno (familia, escuela y sus pares). De ésta forma se adquiere la fortaleza necesaria para seguir avanzando en las distintas etapas, sabiéndose valioso y útil. No obstante, cuando el ambiente donde se desarrolla el niño no cumple con estas condiciones, lo que se logra es un sentimiento de inferioridad que puede verse acentuado o atenuado en la adolescencia, dependiendo también de las circunstancias que se vivan para  ese momento.

Si el joven no logra recuperar ésta confianza en sí mismo, éste sentido de laboriosidad, es muy posible que su carácter se vaya opacando y que los rasgos que pudo haber llegado a mostrar en la primera infancia, se vayan desvaneciendo gradualmente hasta convertirle en una persona apartada, aislado de los demás o, en el peor de los casos, hostil hacia su entorno.

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Aislamiento y falta de confianza

En el panorama del aislamiento y de la falta de confianza, surgen escenarios como el que mencionaba al inicio de éste artículo. Momentos en los que muy a pesar de que en privado la persona sepa que conoce el tema, que domina la información y que puede dar una explicación detallada en el “uno a uno”, los “nervios” le traicionan al tratarse de hacer lo mismo ante un público (ya sean 3, 4, 10 o 100 personas). El asunto aquí termina siendo el miedo; pero ¿el miedo a qué? Miedo a las críticas, miedo a no ser suficientemente bueno, miedo a equivocarse, miedo a hacer el ridículo.

Existen personas que llegan a lograr estos padecimientos al forzarse, entrenarse, y gracias al apoyo de los demás. Tal es el caso que se ejemplifica en la película “El discurso del rey”. Pero en otros casos el sujeto sencillamente se va alejando de las circunstancias que le generan esos malestares ya que considera que no es una habilidad con la que “haya nacido”.

Desde mi punto de vista, todos nacemos con la posibilidad de hablar ante un público con la mayor de las confianzas, siempre y cuando el tema sea de nuestro dominio e interés. Evidentemente habrá quiénes lo hagan con más soltura (dependiendo de las características de personalidad), que nadie debiese acostumbrarse a la idea de que hay personas que NO pueden hacerlo.

Una opción pudiera ser trabajar con esas etapas de la vida en que hizo falta la estimulación, y no se contó con el ambiente adecuado. Pero si a tu alrededor tienes pequeñas personitas en formación, evitémosles la necesidad de trabajar con eso en el futuro y fomentémosles un ambiente de confianza, en el que sepan que está bien equivocarse y hacerlo mejor la siguiente vez; donde puedan descubrir sus particularidades y explotarlas al máximo.

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Mtra. Hania B. Sosa Contreras
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