Código rojo

Por María José Zorrilla

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El jueves en la tarde Estados Unidos lanzaba 40 misiles contra sitios militares estratégicos de Siria en respuesta al supuesto genocidio con armas químicas perpetrado por el régimen Al Assad.  Esa misma noche, me tocó ver más de 5 patrullas salir a toda velocidad entre la Francisco Villa y el libramiento, enfilándose hacia el túnel.  Le siguieron más ruidos de sirenas que ya no pude identificar, pero las señales de alerta eran más que evidentes.   Minutos después anunciaban en la televisión el ataque terrorista perpetrado por un camión en pleno centro de Estocolmo.   El mundo tuvo un jueves negro, se encendieron las alarmas de todos lados:   Rusos, iraníes, chinos y coreanos repudiaron el ataque gringo argumentando que era una clara intromisión e invasión de territorio.  El problema en Oriente Medio iba en geométrica escalada,  igual que las migraciones de personas buscando salvaguardar sus vidas. En Vallarta ese mismo jueves se perpetraba una balacera en plena Colonia Emiliano Zapata después que unos sujetos desarmaron a un policía y la compañera de oficio, con mucha valentía, trató de dar alcance a los maleantes que se dieron a la fuga a pesar de las múltiples patrullas que se le sumaron -las mismas que yo había visto transitar a toda velocidad por el Libramiento-   El viernes cuando todavía no acababa de digerir los violentos sucesos de Suecia y Siria, y desconocía que había provocado tanto revuelo la noche anterior en Vallarta; empieza un ruido sin fin de sirenas de todo tipo.  Pensé en una catástrofe mayor a tempranas horas.  Una amiga residente de la Colonia El Cerro con la que hablaba por teléfono  me preguntó si sabía que pasaba mientras se oía el ulular de patrullas a través de la bocina telefónica de su casa. El sonar era cada vez más intenso, intermitente y ya las señales de alarma empezaron a revolotear sobre mi cabeza, pensando que ahora si nos había pasado algo “gordo”.   Me comuniqué a mi negocio en Insurgentes para ver si estaban las cosas en orden y si sabían qué estaba pasando.  Los huéspedes salían de sus habitaciones azorados preguntando qué acontecía.  La recepcionista comentó “es el desfile de las fuerzas de seguridad de la ciudad que hacen cada año previo al operativo de Semana Santa”.   El objetivo era mostrar el músculo que en materia de prevención y seguridad dispone el Ayuntamiento para auxiliar a la población y a los turistas.  Vaya manera de difundir  las garantías de seguridad a  la ciudad.    En el pasado ese alarde era muy atractivo, hoy día ese mensaje parecía un alarmante código rojo.  Especialmente cuando el mundo vive grandes  convulsiones, Vallarta acababa de ser testigo de una balacera la noche anterior y México como país está bajo la continua amenaza del narcotráfico y el crimen organizado.

Este podría ser el paradigma perfecto de cómo un tipo de mensaje en una época tiene un significado y poco después ese mismo mensaje trasmite totalmente lo contrario.  En comunicación se le denomina ruido a la tergiversación de un mensaje y en este caso el ruidoso ulular de las sirenas que buscaban llamar la atención para que vieran la fuerza unida de protección de la ciudad, se convertía en el mensaje más ruidoso que haya trasmitido esta administración.   Hoy día no se puede descuidar ningún detalle.  Ese ulular intermitente en época de guerras parece el aviso previo a un bombardeo, en época de ciclones de la llegada de vientos huracanados y hasta peligro de tsunami.  En épocas de violencia, de toque de queda.  No había por dónde entender que era un aviso a la ciudadanía para que se sintiera segura en esta temporada vacacional.  No podemos olvidar que las cosas valen más por lo que significan que por lo que son.  Hoy día una alarma es una alarma y una sirena implica riesgo, peligro, alerta, en conjunto parecen comunicar: estamos en “Código Rojo”.