Vallarta hoy:

La Cama

Por Federico León de la Vega Lagos
fleondelavega@gmail.com

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Por la mañana muy temprano me encaminé a la maderería. Cuando llegué, Eduardo el dueño aún no llegaba, de modo que caminé por los alrededores para hacer tiempo. Al pasar por un lote baldío distinguí una cama vieja; tenía un larguero roto, pero la distinguida cabecera lucía en intacto estado. Tenía una forma sencilla pero elegante, antigua, un tanto clásica. Me acerqué. Le di una vuelta y en la estructura que sostenía al colchón pude ver que había varias medias tablas de más de metro y medio de largo. Una de esas tablas era justo lo que necesitaba.

Llegó el maderero y después de darle los buenos días y la charla de amigos, le pregunté por la cama. –Puedes tomarla, me dijo. Nadie la quiere ya.

Eduardo me trajo un martillo y con la cuña sacamos los clavos. Estaban muy oxidados, pero aún se aferraban bien. Al jalar la pieza, de la cama salió un quejido de madera vieja, crujiendo con cada jalón; mientras esto hacía mi mente dibujó escenas de cama… ¿cuántas de ellas no podría la cama relatar? Pensé las veces que se habría hecho el amor sobre ella, con dulces quejidos mezclándose entre los rechinidos del mueble. Calculé que si la cama tuviera 20 años, y si sus dueños hubiesen comenzado jóvenes, el número excedería dos mil. Además, pensé en la gran cantidad de sueños que se abrían soñado sobre la tabla que yo ahora sostenía en mis manos… algunos realizados y otros perdidos ahora en el olvido.

Apuesto que sobre las tablas de esta cama, se realizaron innumerables conversaciones en las madrugadas de la vida de alguna pareja, y muchas veces se rascaron espaldas. Pláticas cariñosas a veces, otras angustiosas: quizá debatiendo qué hacer en cuanto a dinero…cuentas que pagar…renta, colegiaturas, médicos. También, supongo, la cama habrá sido testigo de convalecencias y enfermedades. Alguien habrá descansado sobre ella mientras abrigaba esperanzas de pronta recuperación. Probablemente al enfermo le habrán traído una charola con consomé de pollo, y él la habrá apoyado sobre el colchón, mientras disfrutaba de viandas especiales preparadas con cariño.

Y sobre esa cama habrán dormido, a veces, niños –aunque el lecho era más bien tamaño matrimonial, de esas proporciones en las que duermen bien solo dos, íntimos. Sin embargo, habrá habido ocasiones en las que algún niño de pronto despertó y espantado por el trueno de alguna tormenta nocturna (de ésas que hay los veranos aquí en Vallarta), llegara a buscar la protección de los padres y entorpeciéndoles el sueño los acompañase aquella noche; o, tratándose de una niña, ella trajera además algún acompañante adicional, como un peluche con forma de perrito. Seguramente se realizaron sobre aquella vieja cama, muchos cambios de pañal y también se habrán leído algunos buenos libros; la Biblia quizá fuese leída algunas veces y los costados de la cama servirían como reclinatorios en los ratos de oración por causas de humana angustia, o de esperanza febril, o de sincero arrepentimiento o mejor aún, de acción de gracias.

La cama seguramente contuvo insomnios que parecieron eternos, mientras un cuerpo se volvía sudoroso e inquieto en una y otra dirección, hasta despertar con intensas palpitaciones. Es probable también, que la cama haya servido de trampolín para el circo de  peques acróbatas, actuando para un auditorio hogareño en el que la madre decía ¡Basta! y el padre defendía ¡Déjalos mujer! y  ella habría replicado ¡que se van a romper la cabeza! …y sí, supongo que también habrá habido, en aquella cama, varias súbitas caídas al piso.

Otros muchos usos le habrán dado a la pobre cama: algún adolescente habrá pasado largas horas hablando por teléfono o viendo la televisión. Tantas cosas qué hacer sobre esa cómoda superficie ubicua. Yo seguía pensando en todo esto mientras me despedía de mi amigo, que gentilmente me obsequió su ayuda para extraer la tabla necesaria, a pesar de que ayudarme le representó una venta menos.

Ahora, con esta tabla, terminaré una repisa, parte de un mueble sencillo, como toda mi carpintería. Porque como no soy un carpintero sofisticado, me limito a los diseños prácticos, pero siempre admiro los buenos acabados, las uniones escopleadas, impecables, las maderas finas y durables, terminadas al aceite.

La cama seguirá sirviendo, ahora como parte de otro mueble. Tendrá otra vida. ¡Ah, y a propósito! Sobre aquella cama tal vez haya habido despedidas de esta vida. Un buen lecho y una muerte tranquila habrán sido de bendición.

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