Vallarta hoy:

Gabriel Canales

Por Alondra Maldonado Rodriguera
alondrachef@gmail.com

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El artículo que abajo cito lo escribí el 11 de mayo de 2015, es mi encuentro con Gabriel Canales, un ser bellísimo, apasionado, que amaba hasta la médula, capaz de reír, llorar, cocinar con amor, de transmitir su mundo a través del arte del textil en miniatura. Fue el encuentro del autor con alguien que contempla, luego me volví la autora y él, quien contemplaba. Vivía su natal Tecuala, Nayarit, a través de mis relatos y recetas documentadas. Tal como su obra, nuestra relación fue emulando al género epistolar, sólo que lo hacíamos vía email. No había timbres en nuestras cartas y casi siempre teníamos una respuesta inmediata al desnudo. Así yo le contaba sobre sus timbres y lo que hacían en mí.  El 2 de abril de este año, recibí el correo de una amiga suya notificándome de su muerte. Ese ser había dejado este mundo, la misiva decía “…Su partida sorpresiva nos deja huérfanos de su entrañable presencia y de su arte textil.”

Al leer el correo me quedé helada y con ansias de comerme el mundo, de vivir profundamente cada aliento que me queda, ¿cuántos? No sé, como dijera mi padre, “no nací con el compromiso de verle fin al mundo”. Hice algún posteo sobre su muerte a modo de homenaje. Un día después de este correo, recibí la llamada de una amiga en común, que no sabía que ella conocía a Gabriel: “Alondra, te llamo porque sé que Gabriel y tu eran cercanos de alguna forma, él me contó de ti. No sé si ya sepas que murió.” Saber que le fui especial a Gabriel, así como él lo fue para mí, me dio un sentido de correspondencia.

Hoy busqué entre mis recuerdos y me encontré este relato, lo comparto con ustedes, en honor a este maravilloso ser.

Llegué tarde a la inauguración de la exposición de Gabriel Canales, por lo que no pude quedarme a contemplar su obra, pero la vi lo suficiente como para que me enamorara y ansiara volver a verla. Además de que estaban a punto de cerrar el museo, el lugar estaba a reventar y lleno de gente conocida. Los –Hola, ¿cómo estás?- eran el dialogo reiterado, encuentros que no posibilitan el viaje al interior.

Después de uno de mis ya habituales viajes para promover el libro, decidí regalarme un día. Lo único que podía pensar en hacer, era ir al museo para alimentar el alma con la obra de Canales. Llegué al museo a medio día. Era un recinto sagrado, callado, en paz, un templo para el alma. La sala era toda mía, no había nadie, sólo el espíritu sensible del autor.

Gabriel Canales es un artista textil que teje tapices de pequeño formato y en esta ocasión su inspiración fueron los timbres postales que acompañan al género epistolar. Sus habilidosas manos tejieron la vida cotidiana, emociones, cotidianeidad en forma de timbre postal. Ese timbre postal que me temo, está en México en peligro de extinción. El timbre postal nos hablaba de lejanía, tiempo, recorrido, el verdadero cruzar del océano o un territorio hasta llegar a su destinatario. Hablaba del empeño para llegar a un destino, de la obstinación por contar la vida y los sentimientos cotidianos, que al contarlos se hacían historia, tocaban fibras humana como… hoy fui al cine y caminé bajo la lluvia por el centro de Praga, al cruzar el puente Carlos recordé una novela de Kafka… Sentimientos que se ahogan en la inmediatez de los mensajes electrónicos cortos, donde parece que deformar el lenguaje es la manera para estar dentro de la moda. No  imagino un whats app con esta comunicación.

Cuando yo tenía 7 años una de mis hermanas viajó de adolescente a Europa y me envió una carta. En ella me contó de su emoción al subirse a un avión, de las tierras que descubría y ahí supe de Praga, Alemania, etcétera, de su puño y letra. Me contaba su cotidianeidad de esos días y las impresiones que lo desconocido le causaba. Recuerdo que esperaba al cartero con ansia y tal vez llegaría alguna postal.

Canales, se abre y nos comparte junto con su obra textil correspondencia personal. Observé el entramado de cada obra, esos nudos entrelazados de distintos colores que forman una imagen llena de intención; leí la correspondencia respectiva, vibré, derramé lágrimas como si fueran ríos, un caudal en espera de que se abriera la compuerta para verterse sin contención. ¿Por qué lloraba?, ¿Los textiles?, ¿Las cartas?, ¿El tiempo perdido?, ¿Lo que no decimos? Porque escribir es reflexionar, escribir es pensarnos, escribir es valorar nuestra vida, escribir es ponernos frente a un espejo y contarnos a nosotros, es vernos en el reflejo propio, escribir para contar es exorcizar el alma.

Escribir es ser humano, entre las epístolas que comparte Canales está una brevísima nota que le envía a Botero, que hoy les quiero compartir.

Stuttgart a 25 de agosto de 1986.

¡Estimado Sr. Botero!

Viajando por Alemana llegué a Múnich y me enteré de su exposición. Lo que conocía de usted era muy poco: un artículo aparecido en una revista mexicana con ilustraciones de algunas de sus obras, y un cuadro de una banda de música que he visto muchas veces, y es la portada de una caja de cerillos –del Museo Tamayo-, que me acompaña en mi viaje. Con esos cerillos hago los telares para mis tapices miniatura.

La mujer bizca con papagayo me hizo reír. En cambio, las moscas de las familias presidenciales y militares me inquietaron. Las miradas de los curas me convencieron de seguir sin su fe divina, a la cual no me llevan. El acercamiento a sus Meninas me dio sus perfiles, y ante mí desnudaron sus almas. El cuadro sin título, sin palabras me contó la triste historia de América Latina. Sus imágenes hablan señor Botero: oí los ecos de una plaza de toros y el silencio perturbador de la muerte, acaso rescatado por unas manitas que brotan de una nube en la muerte de Luis Chalmeta. Pero lo que más me gustó fue su cuadro de la Pareja de bailadores; al estarlo mirando, las luces de los faroles iluminaron la pista, comenzó la música y escuché los acordes de un tango; ta rá tatán/ ta, ta, ta, el deleite estaba ahí, me lo comprobaba la mirada cautiva de embeleso del bailador.

Muchas gracias señor Botero por llevarme a esa contemplación.

Gabriel Canales.

Gracias Gabriel Canales por abrirnos tu intimidad epistolar, por hacerme vibrar con tanta intensidad.

 

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