Vallarta hoy:

Estado Mental

El estado mental al que entramos, sólo en esas ocasiones somos conscientes de inminente peligro: nos permite apreciar nuestra fragilidad, nuestra realidad natural.

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Por Federico León de la Vega

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Estábamos en la cama mi mujer y yo, cómodos, adormecidos, con nuestros respectivos libros. La lluvia comenzó a sonar más y más fuerte. El viento creció hasta una intensidad tal que su silbido se transformó en rugir. Nuestra pequeña hija nos gritó desde su cama: ¡tengo miedo!, ¿puedo ir a la cama con ustedes?  Asentimos desde luego, pero para cuando llegó ella nosotros también estábamos preocupados. Cuando se vive junto al mar las tormentas son cosa frecuente, de modo que nosotros como familia tenemos ya establecida una rutina para prevenir daños por vientos, agua o descargas eléctricas inesperadas, de modo que indiqué a cada quien hacer lo propio.

Mi hija corrió a desconectar computadora y aparatos eléctricos sensibles, mi esposa cerró ventanas, mi cuñada aseguró muebles y artículos exteriores, y yo bajé el toldo de mi estudio y restiré un amarre que lo  detiene de ser arrastrado por el viento. Mientras hacíamos estas funciones el chubasco crecía en fuerza y ruido.

Cuando volvimos a reunirnos todos en la habitación, teníamos que gritar para escucharnos uno a otro. Mi hija reportó: Ya desconecté todo, pero sigo teniendo miedo… ¿qué hacemos? Fue difícil encontrar una respuesta adecuada, porque en realidad no podíamos hacer nada más. Yo sabía que en la mente de todos estaba aún fresca la tragedia de Haití, y el conocimiento de la fuerza potencial del viento cerca del mar. La posibilidad de perder nuestra casa o aún la vida era real, de eso estábamos todos conscientes. En esos momentos mi hija estaba confiada en mí; no podía responder con alguna mentira ni con un consuelo infantil.  Era importante mantener la calma, pero a la vez era indispensable responder con la verdad.

¿Qué hacemos? -pues rezar le dije. Y pedí a todos ponerse de rodillas junto a mí. De inmediato lo hicimos, mientras mi esposa dirigió una oración que de pronto nos trajo paz. No había otra cosa que hacer. Era la mejor solución posible, la única.

Ya pasada la tempestad nos pusimos a apreciar los daños, a llamar a familiares y amigos, a avisar a vecinos sobre daños a sus embarcaciones y a escuchar por el radio de alta frecuencia los reportes de otras marinas en la bahía. No sufrimos casi ninguna pérdida, a excepción de unas macetas quebradas al rodar con el ventarrón.

Muy de mañana me di cuenta que un árbol de mango que sembré hace ocho años, para reponer  otro de que había estado en el mismo lugar y que se había llevado otra tormenta entonces, estaba ahora peligrosamente inclinado hacia mi camioneta. Moví la camioneta al lado opuesto del árbol, aproveché la inclinación para cortar lo más pesado de las ramas y le até una cuerda desde el tronco hasta  el vehículo. Luego, con la ayuda de dos amigos regresamos el mango a su posición original. Ahora está sostenido por un palo que lo mantendrá hasta que la tierra se endurezca y de nuevo las raíces se fortalezcan.

La escena me trajo recuerdos de experiencias parecidas. Recordé vívidamente a mi madre una noche cuando era yo niño, hincándonos a todos en el jardín de la casa para rezar,  mientras la Ciudad de México sufría uno de sus peores terremotos. Se me quedó grabado como supongo que a mi hija se le quedaría grabado lo de esta otra noche.

Al recoger del piso las ramas que corté al mango encontré una con un nido. Muy bien tejido, apretadamente con una fuerte fibra. Pobre pajarito, se quedó sin casa. Pensé en que así nos podía haber pasado a nosotros, como les ha pasado a muchos. Consideré entonces el estado mental al que entramos, sólo en esas ocasiones somos conscientes de inminente peligro: nos permite apreciar nuestra fragilidad, nuestra realidad natural. Esa realidad que olvidamos escuchando música o pensando en cualquier cosa, excepto en el hecho de que no tenemos la vida asegurada. Nuestra existencia está siempre en manos de Dios.  Guardé el nido para compartir con mi hija estos pensamientos…y también con ustedes.

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