Debates más falsos que la democracia

Por Gregorio González Cabral

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Los  debates  en  México se tratan de  imitar   a  los   de  las  campañas  gringas,  desde  los  90as. del siglo pasado.

Según eso   ya  los   políticos  mexicanos  “Made in  USA”,       venían  entrenados  desde   Harvard   para que   se  vieran y sonaran como muchachos  de    “college” gringo.

¡Vaya  decepción  para  sus maestros  y  escuela!   Se  vieron  y  sonaron patéticos.  Falsos,  acartonados,  con sus  deditos  de la mano  pegados “para no  señalar”,   cuidándose  de no  levantar   la mano más  arriba  del hombro  para  no  verse como  charlatán   italiano, usando  frases   cortas   y  bien  memorizadas,  con una  que  otra  anécdota  personal  para “humanizar”   la  intervención.

Diego Fernández  de  Cevallos,   con sus  estilos  de predicador   jesuita de  los Ejercicios  de  San  Ignacio,   haciendo  todo lo contrario  de  las  técnicas  de “hablar  en público”,  les  dio  diez y las  malas… un  repaso horrendo  que   lo  obligó  a  desaparecer   después  de  la  faena porque no  sólo  había  ganado el   debate, sino  hasta  la  presidencia   de la  republica  y  no  se  trataba  de   eso. Nada  más  hacer  la pala, pero se le pasó la mano.

Cuauhtémoc  Cárdenas   no tuvo  jamás  tiempo,  ni  dinero para aprender   oratoria.  El  inge  es un líder  mudo.  En  cuanto  habla, pierde. Peor cuando  pretende   ponerle  algo  de humor  a   sus  intervenciones.  Angustian  sus  intentos. Pero además,   es   un  hombre  nacido  en Los Pinos, del sistema político vivido y  respirado.  Imposible que capte  o  le  entre la  más  rústica   idea  democrática. Sabe  qué  es  el  poder,  de  dónde viene y  cómo  se  consigue  en  México.  Nada  que  ver  con la gente, las ideologías,   las   elecciones  y  otras  farsas.  Sabe  demasiado  para  poder  dar  la  impresión de  que le importa   convencer   a  la  gente.

Por  eso  Diego  Fernández  de  Cevallos,  formado en  la hábil   y  exigente  retórica  jesuítica  de  sus  tiempos juveniles, luego   refinado  en  el discurso  callejero  oposicionista, bravo “pero  decente”,  articulado  en   el  “distingo,  acepto,  niego”, fue y  es mucha pieza  para los  crecidos  en Los Pinos  y para los  “Harvard  boys”   que  no le atinan al sentimental  público mexicano, añorando   todavía  los  lúcidos  sermones   cuaresmales   y  la   brillante  oratoria  política  del   “México,  creo  en ti”  y  que  “retumbe en su  centros la  tierra”.

Hay que entender que  a los gringos  les enseñan  a  debatir  desde   las  escuelas.  Les  toman  en cuenta.  No  les premian  obediencia y silencio;  les premian  participación  e innovación.  Por  eso  les  enseñan a   tener ideas,  proyectos  y a   presentarlos  y defenderlos   con  brevedad  y  contundencia.

Les  enseñan democracia, lo que aquí  es  mala palabra en las escuelas,  porque les suena  a  rebeldía,  borlote,  “cosa de  gente igualada”,  “alumno difícil”  y  hasta  anarquista  que  viene a   inquietar.

Aquí  en la mayoría de  escuelas  enseñan  a   obedecer  y callar. Eso  es   ser “bien  portado”.   Exigir  ser  escuchado,  contradecir  al  maestro, promover   ideas   de  cambios entre los compañeros  es   de  lo  peor.  Pedir  debate y votación… !imposible!  ¿Cómo  van  a  ceder  la “autoridad” ante  muchachitos  de  la  ballena  azul? Aquí es  arraigar  todavía  más  el  autoritarismo,  el  temor  al   cacique, el silencio  ante  la   injusticia,  la aceptación  de la  farsa, la  sonrisa   sumisa  por  la  tomadura  de pelo. Eso  más  el  odio  a la  idea  de  igualdad,  la hipócrita  discriminación  y   el   saber  que  “hay  niveles”, como la  gente sumisa dice.

Por  eso, cuando tienen que demostrarles   obediencia   a los gringos,  organizando  debates,    se   miran  nuestros  políticos   como queriendo competir  esquiando  en las  nieves: ridículos.

(No  por  nada, lo mejor  de  los debates políticos  mexicanos son las  modelos   sudamerianas  buenotas  que les ponen como apoyo  visual para  que la gente aguante un poco  la   farsa).

Conste  que  si  los   gringos  tuvieran compasión  de los políticos  mexicanos,  les  ahorrarían  esas  tragadas  de  sapo  y  exhibiciones  de   falsedad  e  ignorancia, igual que les  ahorran  contar los   votos  y  que los   votos  cuenten,  que porque apenas   van “camino a  la  democracia”.

Falsos, repetitivos,  denigrantes  eran  los acarreos y  discursos  ante las  multitudes,  igual o peores  son ahora los   “debates” que  exhiben  la   mediocridad,  falsedad  e  ignorancia  de   quienes   ponen  a  gobernarnos.

Si  no  leen,  no   escriben,  no  tienen  ideas  y  menos ingenio ¿para qué los ponen a hacer  esos papeles tristes?