Vallarta hoy:

Te amo tanto que cómo me dueles

Por Alondra Maldonado Rodriguera
alondrachef@gmail.com

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Este martes se cumple una semana del hecho atroz suscitado el martes pasado en la carretera México-Puebla. Cuando el fiscal de la entidad calificó de “lamentable” lo sucedido, tuve que buscar en el diccionario el justo peso de este calificativo; porque confieso, me pareció uno muy ligero, uno con tan poca empatía, pues yo diría: lamento llegar tarde. Lamentable: que infunde tristeza y horror. Sí, ciertamente infunde tristeza y horror. Yo lo llamo atroz: fiero, cruel, inhumano, terrible, grave.

Al leer la nota no pude contener las lágrimas, será porque transito tanto en carretera. Quizá medí mi suerte hasta el momento, pues hace un año por estas fechas en el embotellamiento histórico de más de 6 horas en la carretera México-Querétaro, cansada tras dicho periplo, decidí estacionarme y dormir en una gasolinera al pie de la carretera. Sí, medí mi suerte, pero viví por unos instantes en la piel de esta familia cansada, ansiosa de llegar a su destino, quién sabe qué los habrá hecho viajar de noche. Te paras a las 2 de la mañana para que la adolescente de 14 años, el señor, tal vez la señora hagan pipí, en la fría noche. Era una parada común en nuestra cultura, un: “me estiro un poco, hacemos nuestras necesidades y le seguimos”. Cuando dos automóviles con 8 hombres cambian el rumbo de esa parada de no más de 8 minutos. El horror de esta adolescente, tal vez subiéndose los calzones, o los pantalones, la madre cubriendo a su pequeño de 2 años, el padre que ve los movimientos sospechosos y se lanza a proteger a su familia y sin más es golpeado por 8 salvajes, el sonido de un disparo, confusión, el terror de estas dos mujeres, ser violadas frente a su padre y su esposo, más el dolor de ver desangrarse a su hijo y hermano. Rematan llevándose el automóvil, y los dejan bajo el manto de estrellas, desamparados, adoloridos, ultrajados. Esa parada de 8 minutos cambió el rumbo de sus vidas. Sí me duelo, mientras escribo se nubla la vista y se moja el teclado. Esa historia podría haber sido yo en mis muchas travesías. Este México lo amo tanto que cómo me duele. Lloro porque quiero seguir viajando, porque quiero poder parame en la carretera por el simple placer de ver un cielo estrellado o la luna llena, o para hacer pipí cuando la vejiga lo pida. Lloro porque la vida de esta familia, de estos seres humanos nunca será igual, porque a la psique de esta adolescente le esperan muchas horas de terapia, porque una herida como estas nunca termina de cerrar.

Me duele, porque el 8 de marzo se festejó el día de la mujer y hablamos de equidad de género y no a la violencia. Me duele porque esta semana una amiga a quien hace poco tengo el honor de tratar personalmente, pero que admiro por su carrera profesional, una mujer de letras, de poesía, que escribió su primer libro a los 17 años, de una pasión y entrega por hacer lo mejor, que se codea con los intelectuales de este país, oriunda de Tepic, ella, esta mujer fuerte, madre de una hija maravillosa de justo 2 años, a quien lleva a sus giras de trabajo, acaba de publicar en su perfil de Facebook: “si me matan es porque denuncié a mi ex y padre de mi hija por violencia familiar, a pesar de que siempre me dijo: ¿quién te va a creer?”.

Me duele porque se acerca el 10 de mayo y recuerdo inquirir a alguien cercano a mí sobre su pasividad frente al comportamiento machista de sus hijos, y la respuesta escalofriante fue: “¿Qué no es lo que hacemos las mamás mexicanas? Criar machos”. Muda quedé. ¿Por qué debe ser así? Me pregunto, qué no deberían criar hijos con la mentalidad de respeto hacia todo ser humano, y a la mujer. Me pregunto por qué la ablación entre los pueblos musulmanes es alentada por las mismas mujeres mayores. Me duele, porque justo en muchos de los casos las madres se jactan de los logros profesionales de las hijas y se quejan de las nueras que son independientes y que a su “pobre niño no lo cuidan, porque viajan tanto, trabajan tanto y cuándo va a estar con él.” Estos razonamientos los he llegado a escuchar. México te amo tanto que cómo me dueles.

Detrás de estos 8 hombres, hay 8 madres. Me pregunto qué educación recibieron y si fue perpetuada en casa, o tal vez, este odio social por todo lo que sucede en el país envenenó su actuar. Tal vez son hijos de madres sometidas y padres machistas. Intento explicarme en la cabeza los sucesos, estarían drogados, alcoholizados, me pregunto.

Se acerca el diez de mayo, día que honramos a las madres, sí honrémoslas; hoy mi reflexión es si estas madres están educando buenos seres humanos, respetuosos, comprometidos, responsables, con un sentido de respeto inquebrantable hacia las mujeres, si estas madres están acompañando a sus hijos, educándolos.

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PRESEA “GERTRUDIS BOCANEGRA”

El viernes pasado, se entregó la presea “Gertrudis Bocanegra” a Carmen Aristegui. Esta presea es el máximo reconocimiento que entrega el cabildo de Pátzcuaro a las mujeres que se hayan distinguido por sus actividades humanitarias y que por sus virtudes cívicas hayan honrado al país, estado y municipio. Para tener la referencia, Gertrudis Bocanegra, apoyó al movimiento independentista y fue fusilada el 11 de octubre de 1817.

Carmen Aristegui, conocida por sus cuestionamientos críticos, por enfrentar al toro por los cuernos. Hoy reflexioné sobre el móvil escondido de Carmen, que por cierto así se llamaba mi abuela y fue promotora del voto de la mujer en su momento. La memoria me condujo al relato de Aristegui en el libro titulado Gritos y susurros, donde 38 mujeres de la vida pública abren un poco su intimidad. Carmen le escribe a su hijo Emilio, quien ese entonces tenía 5 años y le cuenta: “Contigo estoy claramente frente a ese espejo en donde se refleja aquello que nos reconcilia. Donde se descubren las cosas que justifican buena parte de nuestra existencia y con las que se deben encontrar los nuevos espacios de las prioridades. Ahí donde se disputa ferozmente la batalla infame por cada minuto de los tiempos disponibles. Lo que demanda nuevas fórmulas para no abandonar las aspiraciones de querer ser, estar y contar en el mundo que uno eligió a cambio de una nueva existencia demandante como la tuya… Pienso en el día en que se quiebre esa risa que nunca te abandona. Me asusta la crueldad de otros niños. Emilio, te quiero tanto como me dueles.” Esta madre me gusta, me gusta su arrojo, su valentía, su lucha por crear un mundo donde la igualdad sea posible, me gusta que se atreva a soñar en un México distinto, sin corrupción, una madre que no solamente sueña, sino que día a día hace por llevarlo a cabo.

No se tiene que ser como Miroslava Breach, que acaba de ser asesinada por su trabajo periodístico. Mucho se haría con educar hombres respetuosos de las mujeres, de sus sueños, aspiraciones, trabajo, que jamás se atrevan a golpearlas, ni gritarles, mucho menos matarlas, que los enseñen a dialogar con su pareja, colaboradores de la crianza de los hijos (aunque ellas hayan sido madres solteras), hombres respetuosos del cuerpo de la mujer y su sexualidad. Con que se haga esto, se estaría haciendo mucha patria, se estaría gestando una generación distinta.

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