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Tener hijos no es negocio

Las mujeres que han decidido ser madres, aun cuando ello represente más trabajo, responsabilidad y sacrificio, merecen todo mi aprecio y respeto.

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Por El Gentil Expatriado
ictiosapiens.vallartensis@hotmail.com

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Con motivo del Día de las Madres, pienso que, tener hijos no es negocio.

Los hijos esclavizan a sus padres, los flagelan de manera cruel en diversas etapas del crecimiento. Se puede decir que son unos tiranos. Demandan sin ninguna consideración atención, cuidados, servicios y dinero, amen de alimentos, casa, vestido, educación, servicios de salud y satisfacción de gustos personales.

Cuando son apenas unos lactantes, exigen a la madre tiempo completo. Disponibilidad las 24 horas del día. Sacrificio de intereses, tiempo y bienestar. En la etapa de pos lactancia, cuando comienzan a caminar, hablar y razonar, las cosas empeoran. Quieren descubrir, aprender y ser independientes pero aun no están equipados para lograrlo. Tiran todo a su paso, rayan, rompen, golpean. Igual que un huracán, causan desorden y caos. No miden la distancia. No calculan el peligro. No distinguen la dimensión de los objetos. No controlan el sistema de drenaje de desechos. Son torpes de movimientos, en el manejo de los objetos. Luego, los padres, en especial la madre, tiene(n) que pensar por ellos. Deben anticiparse a cada movida y evitar peligros.

En la pubertad, han logrado refinar movimientos y lenguaje. Luego, ensayan, como remolinos, piernas y boca. Gritan, corren, e igual que en la etapa previa, también tiran todo a cada paso pero ahora con poder más destructivo. Por lo que de nuevo, los padres tienen no sólo que soportar sino celebrar sus gracias. Los adolescentes están despertando a la vida. En esta etapa, los chiquillos no tienen identidad y carecen de herramientas fisiológicas de jóvenes y adultos. Por lo que quieren imitar y reemplazar todo cuanto adolecen. Quieren ser el centro del universo. Se apropian de todo lo que les gusta de sus padres. Se atreven a utilizar tarjetas de crédito ajenas. Disponen de efectivo. Toman perfume, lápiz de labios y aún ropa de los padres.

En la juventud, los hijos creen que lo saben todo. Piensan que no existe en el universo nada que los pueda detener. Que siempre tienen la razón. Que todos los demás están equivocados. Que sus padres son anticuados, que tienen obligación de buscarlos y velar por ellos en todo momento. Hablan poco. Da la impresión que andan molestos de manera permanente y que se avergüenzan de su origen. Quieren disponer de dinero y cada vez quieren más. Como mi propia mamá decía, “no tienen llenadero”. Son descuidados y desordenados. Su habitación es un completo caos. Son productores incansables de ropa mal oliente, cuadernos deshojados y platos sucios. Pero, como ya piensan en cortejar a la pareja, exigen además, ropa limpia y de buena clase, carro, dinero extra para cosas que se ofrecen. Y, de cualquier modo, los padres casi nunca quedan bien.

Aunque existe mucho más que contar, quiero terminar este texto con una reflexión. La paternidad es una responsabilidad ineludible. En ella estamos regresando la inversión que en su tiempo nuestros padres hicieron con nosotros. Mal llevada conduce a la delincuencia, malvivencia, derroche de tiempo y recursos. Bien conducida, conduce a la productividad y a la formación de ciudadanos ejemplares. No existen fórmulas ni recetas de cocina para lograr ser buenos padres. Si se me permite hacer una sugerencia, me parece que usted no debe permitir que los hijos lo manipulen en ninguna etapa de su desarrollo. Con cariño, pero al mismo tiempo con firmeza, oriéntelos. Corríjalos cuando estén equivocados. Cuídelos. Hágales saber que usted, más que nadie, está de parte de ellos bajo cualquier circunstancia. Querer a un hijo no consiste en convertirse en esclavo de un reyezuelo, ni en medio matarse por darle todo cuanto exige. Consiste más bien, en procurarles aquello que les conlleve a un bienestar de cuerpo y espíritu. En enseñarles a valerse por sí solos. A  aprender con ellos a distinguir entre el bien y el mal. A apreciar, buscar y luchar por la libertad. A saber defenderse. A enfrentar con valentía los retos de la vida. A abrir oportunidades. Y en especial, a distinguir y apreciar lo bello de la vida, al margen de valores materiales y del culto al dinero.

Por todo lo anterior, las mujeres que han decidido ser madres, aun cuando ello represente más trabajo, responsabilidad y sacrificio, merecen todo mi aprecio y respeto,  al margen de que si en una etapa avanzada del crecimiento, los hijos lleguen a convertirse en los peores delincuentes del mundo.