Tiempos son tiempos… Y el orden

Por Humberto Aguilar

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“¿Por qué no se decidió a robar?”, la pregunta fue de una estudiante de secundaria a Arnulfo Ortega durante un evento al que fue invitado a hablar con el propósito de promover iniciativas a 52 muchachos de estudios intermedios.

Antes, el ex presidente de Coparmex y un empresario de éxito en Puerto Vallarta narró cómo fue a base de luchar desde chico, para lograr construir una empresa conocida como “Don Chonito”.

La tarea no fue fácil. Les contó cómo empezó a trabajar desde los cinco años. Vendía paletas con un carrito de su tamaño, paletas que no había comido nunca.

Luego creció y a los ocho años, trabajó medios turnos en una panadería, donde aprendió los secretos al grado de que, a los doce años, ya tenía la capacitación para hacer toda clase de pan, mas no había trabajo para un muchacho menor de edad, de tal suerte que fue auxiliar de su propio padre, trabajador de la construcción.

Aprendió a manejar cuchara y mezcla para pegar ladrillos, conoció cómo armar un circuito de electricidad para instalarlo en una casa, supo cómo pegar lozas en el piso, en fin todos los secretos de un albañil, mas eso no llenaba su ambición.

Decidido a casarse, a los 21 años lo hizo con su novia, su esposa actual de nombre Martha. Sin trabajo fijo, se fue de mojado a trabajar a los Estados Unidos en una panadería, donde demostró sus facultades.

Como ha ocurrido siempre, la paga no era la oficial, ganaba menos de la mitad del salario y decidió regresar para hacer lo que siempre quiso: pan.

En casa de sus padres construyó un horno y empezó a fabricar su propio pan, el que luego iría a vender por las calles pregonando el producto. Así fue como nació “Don Chonito”, concluyó en la charla con los estudiantes.

En el momento de las preguntas y las respuestas, vino esa: “¿Por qué no se decidió a robar cuando era joven?”.

Esta clase de preguntas se la hacen los jóvenes de ahora quienes tienen docenas de tentaciones, la mayor de todas ser sicarios de los narcos, matar y ser muertos en un enfrentamiento entre ellos mismos o con las fuerzas armadas. Crecer si se tienen posibilidades, pero caminar siempre sobre el filo de la navaja.

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¿CÓMO DECIDIR?

La pregunta caló hondo en el corazón de Arnulfo Ortega, como empresario y como padre de familia. Lo que menos quiere es que uno de sus hijos escoja el mal camino.

Arnulfo respondió con lo que le ocurrió a los cinco años de edad:

-Mi madre me pidió que le hiciera un mandado a la esquina, comprar medio kilo de arroz para la comida. Al sacar el dinero, se le cayó un billete de a peso que aparentemente no lo vio, se volteó a la esquina y lo tome emocionado.

Al regreso –contó- me vio masticar una bola de chicle y yo escondía una mano en la espalda… Vinieron las preguntas, terminó por descubrir que con el peso compre chicles, que yo había tomado aquel peso y que los chicles eran el producto de aquel hurto.

Lloré avergonzado, me obligó a regresar los chicles y que me dieran el peso de mi madre… Tras de eso, “me dio una paliza que aún recuerdo”.

La pequeña historia da cuenta del orden que antes había en casa… En todas las casas mexicanas, donde el orden sobre todo, más la honradez que se imponía con el fajo, era el “detente” para los chamacos a cualquier edad.

Lamentablemente los tiempos han pasado, el orden en el hogar ya no es el mismo… Hoy los niños y los jóvenes escogen el camino del bien o del mal… La descomposición social se ha establecido, la delincuencia gana espacios con resultados que ya se saben.

Morir a temprana edad en la delincuencia o caminar por el difícil camino del orden.