El viento

Por Alondra Maldonado Rodriguera
alondrachef@gmail.com

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Durante mi estancia en Jesús María, territorio cora, escribí el siguiente relato:

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RECUERDOS

Este viaje, me ha hecho apreciar y desear el disfrute de los elementos cotidianos como el placer de sentir el agua correr entre el cuerpo, el viento deslizarse por los dedos, una caminata cuesta arriba bajo la luz de la luna llena.

Una mañana, mientras los hombres estaban ocupados en sus labores rituales, mi hermana Rocío y yo acompañadas de Leovi nos fuimos a observar todos los preparativos de la celebración. La señora Rutilia se quedó arreglando ella sola el comedor, cuando llegamos a las cabañas nos encontramos con la señora Rutilia empolvada de pies a cabeza, cansada, con el cuerpo adolorido:

-Si no lo hago yo, nadie lo hace.- Parece un padecimiento en común de las esposas. -Estoy bien cansada-

Lo dijo enfatizando la palabra “bien”

– Pero ahorita voy al río y me voy a estar ahí toda la tarde-. El énfasis lo hacía en las palabras “toda la tarde”, queriéndola hacer eterna, una tarde sin fin dentro del agua que limpia, cura, relaja y se lleva todo.

Cuando caía la noche y su hijo más pequeño, Ernesto, de 6 años y de algunos 14 kilos, se quedaba dormido, la señora Rutilia lo cargaba en la espalda amarrándolo con el rebozo. Una mañana se levantó a las 3 para ayudar a su madre pagar una manda. Pasó toda la noche cocinando kilos de arroz, haciendo nixtamal, para luego tortear con metate y comal. Su día se extendió hasta la media noche, pues era el día que te llevan prisionera para ayudar en la comida comunitaria. La señora ya cansada y movió sus influencias para que nos dejaran salir antes que terminara toda la faena. A Ernesto dormido, lo subió a su espalda atándolo con el rebozo.

 -Señora Rutilia, no se preocupe por nosotras, nos podemos ir solas a la cabaña, no venga con nosotras- le dije, pues su casa estaba a unas cuadras de donde estábamos y las cabañas en lo alto de una loma.

-A mí me gusta el viento- dijo con deseo.

Iniciamos el ascenso bajo la luz de la luna llena, era lastimoso verla tan cansada, con el niño a sus espaldas y una olla de arroz ceremonial en sus manos, le quité la olla. A mitad del camino y  al dar vuelta en una curva, una corriente de viento fresco nos arropó, entonces la señora Rutilia en un suave aleteo alzó los brazos, separó cada uno de los dedos, haciendo espacio para dejarlo correr y entonces exclamar seductoramente:

-El viento, el viento- con deseo de planear en él.

Todo el esfuerzo de llegar hasta ahí había valido la pena, ese encuentro fugaz alivió sus cargas.

El viento es ese elemento capaz de crear energía, mover un barco, de hacernos sentir vivos cuando juguetea con el pelo y se cuela entre los dedos, nos roza la piel y susurra al oído: estás vivo. Con el viento se es capaz de jugar y los amantes del kytesurf lo saben. Es todo un espectáculo verlos deslizarse sobre el mar, para luego dar grandes saltos, donde parecieran volar.  Para los que tenemos la fortuna de vivir en el paraíso de Bahía de Banderas, en especial en la zona de Bucerías y La Cruz, sabemos que este elemento nos visita con ahínco en el mes de mayo, mejor no intentes barrer después de las 12 porque será inútil y más valdrá atar bien la ropa recién lavada si no quieres que termine en el patio del vecino.

Después de esas minucias de la vida cotidiana, sinceramente este viento es bien recibido y más frente al mar. Es un verdadero espectáculo ver la bahía llena de estos pequeños paracaídas. Finalmente, lo que nos queda y jamás se irá, hasta que se acabe el mundo, es la belleza de la naturaleza, que tengamos la capacidad de disfrutarla. Para los que vivimos en este paraíso, es algo que solo debemos sentarnos frente al mar para ver jugar al viento con los humanos.