Aventuras de un pintorGente PV

Envejecer en Estocolmo

Por Federico León de la Vega

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Venia yo caminando por las calles de la vieja ciudad de Estocolmo, admirando la bella pero sencilla arquitectura. No se ven en esta ciudad  los estilos cargados de ornamento de tantas ciudades  europeas. Sólo algunos edificios públicos llegan a tener símbolos heráldicos o esculturas de personajes históricos. Sin embargo, es en esa sencillez donde se percibe una elegancia especial. Todo tiene un aire de suficiencia, de fortaleza y de una cultura donde abunda la sobriedad. Muchas cosas admiro de los países nórdicos: su orden, su limpieza, su amor por las flores -el cual solo pueden expresar en verano, y entonces se desbordan en todos los colores. Valoro sobretodo el hecho de que, a través de su larga historia, han sabido conservar lo viejo y mantenerlo hermoso.

Paseando por Västerlanggatan encuentra uno muchos comercios para turistas, sobretodo pequeños cafés y tienditas de recuerdos, de esas en las que venden los famosos zapatos “suecos” de cuero con suela de madera. La calle es muy estrecha y estrictamente peatonal. Los edificios a ambos lados, aunque solamente de unos cuatro niveles, al estar tan próximos unos a otros, la tornan un algo oscura. Al mediodía, cuando el sol pasa por su cenit, entra un poco de luz brillante directamente de arriba. Yo acababa de salir de una tienda de La Coste, donde quise comparar los precios de las playeras con las que venden en otros lados, esas con el mismo famoso emblema del cocodrilo. Las camisas estaban en Kronor o Coronas suecas, lo cual dificultaba la comparación. Mientras intentaba hacer la conversión a dólares, una amable y bella empleada me sonrió con paciencia y nuestras miradas se cruzaron. Ahí perdí todo interés por las camisas, y me sentí totalmente absorbido por su mirada zafiro intenso: era como si un rayo azul eléctrico y luminoso me hubiera paralizado. Quizá a través de esos rayos de la mirada se expresen muchos sentimientos más allá de lo imaginado, porque ella pareció también sentirlo y por instantes no hubo necesidad de palabras. Una sonrisa mutua dio punto final al encanto del entendimiento transmitido por esa extraña comunicación. Di las gracias y salí  de la tienda para continuar mi caminata, ahora hacia Prästgatan.

Aunque era verano, un viento frío corría por la estrecha callecilla y me hizo buscar el calor. Me enfilé hacia el único rayo de sol que se colaba desde arriba entre los edificios. De pronto, ante un escaparate, distinguí un reflejo. El sol caía directamente sobre un rostro mientras todo alrededor permanecía relativamente en penumbras. Éste de pronto iluminó con intensidad mis facciones. Con el resplandor entrecerré los ojos: arrugas y patas de gallo me distinguían en alto contraste. Sonreí y la apariencia empeoró considerablemente ¡era yo!…y me veía viejo. Una realidad a la que siempre me resigné en el futuro, comenzaba a arribar a mi presente. Unos instantes más de análisis y aceptación de la realidad y luego instintivamente me pasé a la sombra, como para pasar desapercibido.  Entré en un modo filosófico de pensar. Mi mente fue pasando por los acostumbrados pasos con los que se inevitablemente se aceptan las circunstancias naturales: intento de negación, frustración, aceptación y recuperación resignada, pero  en mi caso, siempre he sido optimista. Siempre me propuse, cuando llegara el día, envejecer con dignidad y orgullo. Hay belleza en lo viejo.

Pasé unas horas más paseando sin rumbo fijo. De camino al hotel me distraje todavía admirando las viejas construcciones. Me maravillé de pensar que algunas están ahí hace siglos, y hasta  un  milenio más tarde aún funcionan, como en el caso del barrio de Sigtuna, ahora parte del área metropolitana. Consideré la cantidad de seres humanos que habrán pasado por sus pintorescas iglesias, algunas en ruinas, pero otras bellamente conservadas. Conocí una iglesita, en el pequeño pueblo de Mora, de donde es originario el célebre pintor Zorn, que habiendo sido construida cerca del año 1200, sólo ha cerrado sus puertas para reparaciones del techo en los años 1800; sigue de pie y en ella se celebran servicios como siempre. Cuántos niños habrán crecido cerca de estas iglesias, para luego de jóvenes casarse, más tarde envejeciendo, para finalmente pasar a despedirse del mundo dentro de ellas. Recordé el Salmo 102: “…mis días son como sombra que se va.”

Así caminando, pensaba en la vida, en la mía y en la de otros y otras, hasta que por fin llegué al hotel. En la habitación me encontré a mi mujer, disfrutando de algunas compras. Me recosté  y la vi, divertido por sus acostumbrados ires y venires pasando por el espejo.  Luego, mientras ella se preparaba con sus rituales para dormir, me animé a preguntarle  “Oye vida… entre esas cremas que tú te pones ¿habrá alguna que me quite las arrugas?  Y ella sonrió, dispuesta a ayudar,  como siempre.

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fleondelavega@gmail.com

Nota:  La pintura que acompaño en esta ocasión es de Dewey Albinson, padre de mi gran amigo, el ingeniero de minas Tawn Albinson, quien me hizo favor de obsequiármelo. Dewey fue un gran pintor y amigo de Diego Rivera.  Éste aconsejó a Dewey venir a México a pintar, pues buscaba temas especiales. Así fue como Dllegó a Xalisco, Nayarit  y ahí se enamoró del paisaje, quedándose casi todo el resto de su vida.