Compromiso

Sergio Aguayo.

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Por María José Zorrilla

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Desde hace 3 décadas vivo en un barrio cercano al Estadio. Mis vecinos son personas de extracción variada en clase social y económica. Esta diversidad lo hace un espacio diverso y dinámico, pero debo decir que fuera de un saludo cordial la convivencia con el vecindario es casi nula.

Cuando salgo de mi casa es frecuente ver a mi vecino doctor preparar sus arreos para salir de pesca mar adentro, a su lado el Güero, limpia y pinta su carretón de blanco todos los días para salir a vender raspados en verano y camote en el invierno. A unas cuantas puertas, vive don Toño el carpintero. Contiguo al condominio donde habito, tiene su negocio un empresario que se dedica  a la renta de equipo y estructuras para ferias y congresos.

Cerca del Seapal hay un taller donde se embobinan motores y por las noches los amigos se reúnen a platicar, seguir trabajando, echarse una cervecita y ver futbol en la televisión. Hay una tienda de abarrotes donde solemos encontrarnos algunos vecinos y nos saludamos amablemente.

Frente a una pequeña tienda de regalos, sus propietarias siempre se encuentran en la banqueta conversando. Hay una cenaduría muy exitosa que parece abrir solo ciertos días. El restaurante de la otra esquina,  es un favorito de los americanos que allí acostumbran cenar y ponderan como una verdadera joya.

La diversidad es enorme, hay cerrajeros, taqueros, profesionistas, agentes inmobiliarios, hoteleros, mecánicos, comerciantes, salones de belleza, extranjeros retirados. En el estadio se ven personas de todas edades haciendo deporte, familias con niños en triciclos, corriendo, caminando, gente trotando con sus perros, equipos de hombres y mujeres  jugando beis, raquet, básquet, futbol, jóvenes levantando pesas, practicando box, zumba, karate, capoeira,  entrenando atletismo, fut o danzas aztecas.

El contraste cuando estoy en La Marina con mi madre es absoluto. Allá la vida parece más estructurada, más homogénea en términos generales y lo que vino a darle una diversidad, es el mercadito de los jueves que parece sólo perdura hasta que empiezan las lluvias. La descripción del barrio viene a colación porque hace dos días me enterneció ver lo que sucedía en el porshe de una casa que se ve medio lóbrega, llena de plantas y por las noches a oscuras, está sentado un hombre mayor, casi siempre solo, al que saludo con regularidad cuando voy al estadio. A la ida una mujer con voz poco común, gritaba fuerte a una vecina que me pareció se llamaba Chayo. De regreso tanto el señor grande como Chayo y la que gritaba, estaban sentadas con otras 4 personas estudiando inglés. Trataban de hablar entre ellos con verdadera dificultad y un acento por demás casi incomprensible. De pronto la organizadora de la sesión preguntaba cómo se decía sobrina en inglés, nadie contestó hasta que uno le dice nieces (pronunciándolo tal cual) niese.  Estuve a punto de decirles  la pronunciación adecuada, pero el grupo estaba muy integrado, muy concentrado en lo suyo y yo sería simplemente una extraña perturbando ese sueño de superación.

Si no me voy a comprometer a apoyarlos mejor no participo. Después reflexioné; esa es la actitud muy nuestra, que en el tema de política decimos ¿y yo que puedo hacer? Los organismos de la sociedad civil son una respuesta,  porque si no participamos seguiremos padeciendo los mismos errores.

Los inocentes vecinos no dañarán a nadie cuando digan mi niese iswitme.  Pero los yerros de nuestros políticos nos están llevando a un pozo sin fondo.  Por lo pronto, invitado por el Consejo para la Seguridad, Transparencia y Buen Gobierno,  el próximo primero de junio estará en Vallarta el Dr. Sergio Aguayo impartiendo la plática “El México Bronco y la Sociedad organizada” a partir de las 6 pm en el Hotel Sheraton.  Entrada Gratuita. Hay que ir, romper la inercia de yo que puedo hacer.  Por lo pronto estar mejor informados para tomar mejores decisiones.