La velocidad del tiempo es una carrera desbocada

El tiempo es la cosa más valiosa que una persona puede gastar”

Theophrastus.

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Por Alfredo César Dachary
alfredocesar7@yahoo.com.mx

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Hoy el tiempo creemos que corre más a prisa que décadas anteriores ¿Es una idea o percepción del hombre?, ¿o una realidad que todos ya estamos asimilando, aunque difícilmente podamos aceptar, ya que a más velocidad de la vida menos tiempo para entenderla y vivirla?

Quizá no es que el tiempo corra más rápido hoy, sino que los cambios se dan más seguidos y de golpe se nos presenta una crisis por la falta de capacidad de entender las grandes transformaciones. El teléfono, que reinó en el siglo XX, hoy es pieza de un museo cuya entrada se puede pedir a través de un celular.

Los acontecimientos pasan más rápido de lo que eran antes, la obsolescencia de las cosas es más evidente que anteriormente; las distancias generacionales se amplían y así los niños de hoy tienen un lenguaje del juego muy diferente al de décadas pasadas, por no hablar de tantos años atrás.

Para el filósofo Christophe Bouton, profesor de la Universidad Montaige de Burdeos, la obsesión de la sociedad contemporánea por la velocidad es una amenaza para la democracia, pero mucho más para la sociedad y sus integrantes, ya que no se puede vivir fuera de las redes sociales, no se puede uno enterar sin consultarlas, ya que hasta los periódicos son obsoletos y los quioscos vacíos de los otrora importantes negocios de información y entretenimiento, sirven para referente en las esquinas céntricas de las grandes ciudades.

Pero el paso del tiempo es como el caminar, cada sujeto tiene una velocidad que refleja su ánimo, fortaleza, esperanzas y deseos, del joven atleta del parque al anciano que se desliza suavemente como queriéndose despedir de la belleza que nos da la naturaleza, aunque sea una obra del hombre, como son los parques.

De allí que la experiencia subjetiva del tiempo varía de una persona a otra según su humor, su edad, su generación, la sociedad, el tiempo en que cree que vive y las motivaciones para disfrutarlo o dejarlo pasar, ya que para Ray Cummings, el tiempo “es lo que impide que todo ocurra a la vez”.

Antes de la modernidad, el tiempo era tan lento que las noticias envejecían con sus portadores, pero esto fue cambiando y este fenómeno de la velocidad creciente del tiempo adquirió magnitud sin precedentes en el mundo occidental desde el siglo XVIII y sobre todo en el XIX, cuando aparece la noción de que la propia historia se está acelerando.

El hombre había logrado luego de miles de años moverse sin sus fuerzas ni la de un caballo, sino por una nueva fuerza que crea el vapor y así rompe un sedentarismo forzado, que se acelera en la medida en que la revolución industrial y su fruto, el capitalismo, se van imponiendo.

Las propias leyes del sistema hegemónico, como la de la velocidad de la circulación, asociadas a nuevas revoluciones en el transporte aumentan la velocidad en la vida del ciudadano, más en las grandes ciudades.

Esta sensación se debe en parte a una aceleración de los medios de transporte, que crecen geométricamente y logran integrar grandes regiones, países y lugares aislados y además por un nuevo medio de transporte, pero no de personas sino de ideas y noticias, la revolución de los medios de comunicación que circulan cada vez más rápidos y transforman las noticias antes añejadas por la distancia en cotidianidad, comenzamos a vivir en el tiempo real la dinámica del mundo.

La híper-conexión, que genera una gran velocidad en las noticias, en los acontecimientos y en la vida real, se acelera porque el sistema hegemónico hoy, el capitalismo global, exige a todo el sistema una mayor velocidad que nos lleva a un desenfrenado proceso de producción junto a uno similar de consumo.

Así, en la actualidad, esto ha llevado a una ideología predominante sobre las ventajas de la velocidad, la aceleración y la hiperactividad, lo que ha resultado en fenómenos de híper-conexión y agotamiento, que deriva en la falta de tiempo, que a su vez puede traducirse en ciudadanos cada vez menos capaces, física y sicológicamente de lidiar con estas transformaciones que requieren más y más tiempo para ser comprendida. Por ello es que la democracia requiere tiempo libre, el cual se reduce y se ve amenazada por la urgencia.

En medio de esta alienación y el problema que significa la velocidad del tiempo y su incidencia en la calidad de vida, aparecen países que en medio de su aislamiento pretenden medir justamente lo contrario, si la gente tiene tiempo y si en ello está la felicidad.

El unir la velocidad del tiempo con la felicidad no es algo absurdo, en realidad los países más desarrollados y con mejor calidad de vida, como son los países nórdicos, son los que tienen el más alto índice de suicidio, alcoholismo, drogas, incluso el país líder mundial, Estados Unidos, es una sociedad permeada por las drogas y la violencia.

El que decidió medir la felicidad es un reino que vive aislado en medio del Himalaya, el reino de Bután, que tiene todas las características para ser definido como no democrático, atrasado, conservador y demás calificativos que en la sociedad actual tienen un significado negativo, además de ser una sociedad pobre, en relación con los estándares vigentes de la mayoría occidentales.

Este país de unos 700,000 habitantes es gobernado por un rey Jigme Singye Wangchuck, educado en el Reino Unido, casado con cuatro hermanas y padre de diez hijos, uno de los cuales es el actual rey; éste es un rey dios y el único caso en el siglo XXI.

El 2 de junio de 1974, en su discurso de coronación, Jigme Singye Wangchuck dijo: “La felicidad interior bruta es mucho más importante que el producto interior bruto”. Tenía 18 años y se convertía, tras la repentina muerte de su padre, en el monarca más joven del mundo.

Desde aquel día, la filosofía de la felicidad interior bruta (FIB) ha guiado la política de Bután y su modelo de desarrollo, y la idea es que el modo de medir el progreso no debe basarse estrictamente en el flujo de dinero.

Es que el verdadero desarrollo de una sociedad, tiene lugar cuando los avances en lo material y en lo espiritual se complementan y se refuerzan uno a otro, así cada paso de una sociedad debe valorarse en función no sólo de su rendimiento económico, sino de si conduce o no a la felicidad.

Nos llama la atención que el siglo XXI, donde las religiones han sido opacadas por la modernidad materialista e individualista, que un pequeño país haya logrado redefinir su futuro en base a ellos, sin caer en los extremos que hoy son vigentes en ciertos sectores de diferentes religiones en el mundo, y por ello el fundamento “teológico” del terrorismo.

Pero la explicación no es muy compleja, lo que para unos es una tragedia para Bután fue un elemento positivo: el aislamiento, que retrasó por mucho tiempo la invasión cultural y comercial del capitalismo, pero eso era posible porque el reino es una nación cohesionada por la historia, la lengua y la religión budista, tres elementos que le han dado fuerza para resistir los embates de los intereses foráneos.

El lama reencarnado Mynak Trulku explica el primer factor: “La felicidad interior bruta se basa en dos principios budistas. Uno es que todas las criaturas vivas persiguen la felicidad. El budismo habla de una felicidad individual. En un plano nacional, corresponde al Gobierno crear un entorno que facilite a los ciudadanos individuales encontrar esa felicidad. El otro es el principio budista del camino intermedio”.

Para Lyonpo Thinley Gyamtso, ex ministro del Interior y de Educación: “Están los países modernos, y luego está lo que era Bután hasta los años setenta. Medieval, sin carreteras, sin escuelas, con la religión como única guía. Son dos extremos, y la FIB busca el camino intermedio”.

La televisión llegó a Bután en 1999, al mismo tiempo que Internet, y además Timbu es la única capital del mundo sin semáforos y el aeropuerto internacional cuenta con una sola pista, la única amenaza que tiene este reino es la potencial invasión del turismo, una marea que marcha por el mundo en busca de exotismos, y qué mejor ejemplo que un país feliz.

La felicidad interior bruta se sostiene sobre cuatro pilares, que deben inspirar cada política del Gobierno: un desarrollo socioeconómico sostenible y equitativo, la preservación y promoción de la cultura, la conservación del medio ambiente, y por último el buen gobierno, que desde el 2008 está sancionado en una nueva estructura institucional al servicio de esta filosofía, la Constitución.

Los indicadores sólo miden cuánto producimos, nuestras acciones tenderán sólo a producir más, por eso había que convertir la FIB de una filosofía a un sistema métrico que ha derivado un índice para medir la felicidad.

Así los ciudadanos responden a un amplio cuestionario para medir el índice de felicidad, el cual se divide en nueve puntos de donde derivan los indicadores. Estos son: el bienestar psicológico, el uso del tiempo, la vitalidad de la comunidad, la cultura, la salud, la educación, la diversidad medioambiental, el nivel de vida y el gobierno.

La marihuana crece libre en las cunetas, pero sólo recientemente han tenido algún problema con su tráfico y cultivo. Pero Bután es una potencia en plantas medicinales. “Los botánicos extranjeros que vienen no dan crédito”, explica Karma Phuntsho, de la Oficina para la Investigación de Plantas Medicinales y Aromáticas.

Así es el pequeño reino de Bután, que lo define muy bien el ex ministro Lyonpo Thinley Gyamtso. “Somos un país pequeño y queremos hacer las cosas así, no queremos enseñar nada al mundo, hacemos lo que creemos que es mejor para nosotros, y si el mundo cree que hay algo que aprender, son más que bienvenidos”.