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La comida en los hospitales

  • “Los dioses también están en la cocina” – Heráclito.

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Por Héctor Pérez García (*)
sibarita01@gmial.com

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De la comida en los hospitales se dicen muchas cosas, inclusive que no tienen cocina sino laboratorios de nutrición alimentaria.  Que son lugares para sanar el cuerpo sin apreciar las bondades de alimentar el alma.

No tiene lugar en un nosocomio el deleite al paladar, desde luego para aquellos pacientes en condiciones de apreciar alimentos deleitosos pues habrá otros desventurados que tengan que comer sin chistar lo que tengan a bien los nutriólogos.

Se dice que algunos enfermos en proceso de recuperación lo lograrían más rápido si sustentaran su cuerpo con los nutrientes adecuados, eso sí, debidamente sazonados con saborizantes inocuos. No todo lo bueno y sabroso tiene que ser malo, dirían los puristas.

Por lo anterior es de suponerse que ganar la salud a costa de perder el gusto no es tan buen negocio, sujeto desde luego al dictamen del médico que al fin es el que debe prevalecer, pues no hay que olvidar que uno va al hospital en busca de salud y no de vacaciones, que para eso sería preferible el todo incluido de su preferencia.

Pero es sentido común que si un paciente añora la buena comida ya no está tan enfermo. Sin embargo habría que tener cuidado con el contexto porque “buena comida” en un hospital no significa “comida para gastrónomos”, sino sencillamente alimentos sabrosos. Algo que se puede lograr con inofensivas hierbas frescas y omitiendo irritantes, grasas y otras sustancias dañosas.

Los hospitales modernos, se antoja, están llenos de ciencia y científicos; de técnicos y especialistas en alguna rama de la salud humana. Y tal parece que en su afán por curar las dolencias del cuerpo se han olvidado de las necesidades del ánimo.

¿Se imagina usted, querido lector, acostumbrado a dar cuenta de una aromática sopa de fideos con higaditos, seguida de unas albóndigas de ternera y cerdo perfumadas con yerbabuena fresca, caldosas como Dios manda y con suficiente arroz,  acompañadas de inofensivas y buenas tortillas de maíz? tener que alimentarse con insípidas preparaciones elucubradas por los mejores nutriólogos.

Si usted está internado en un hospital, en interminable sucesión, al parecer ensayada, cotidianamente  llega a verlo el médico de guardia, el gastroenterólogo, el cirujano, el especialista  y algún practicante a preguntar si está usted comiendo bien. ¿Cómo voy a comer, ya no digamos bien esa pechuga de pollo insípida a la cual le enseñaron el jitomate y le escamotearon la sal? Eso sí, los nutriólogos de hospital habiendo recibido alguna clase de gastronomía en la escuela habrán aprendido la terminología de la buena cocina y no tienen empacho en nombrar a un desaborido platillo de pasta descolorida Espagueti a la Boloñesa, sin pudor alguno por la bella ciudad italiana que prestó su nombre a un plato clásico de la gastronomía internacional que debería ser bañado con la consabida salsa de carne y legumbres por una persona espléndida y no por un cicatero?

-Coma bien sino tardará más tiempo en aliviarse-, es la admonición constante de la enfermera, disciplinada y omnipresente representante del sexo débil que en muchas ocasiones también sirve de paño de lágrimas al enfermo.  Su condición, sin embargo no la exime de parecer cómplice del laboratorio que produce los menús del hospital, pues no parece que los nosocomios tengan cocina como tal.

Una prolongada estancia en un hospital, pese a protestas y rebeldías preparará al paciente más pintado a saborear cartón aderezado con las mejores gomas y salpimentado con tinta de marcas registradas. Para empujar tal masa nutritiva se antojaría, a falta de un jugo de toronja fresco, un buen vaso de agua de horchata o de perdida un original tejuino con nieve de limón. Pero no. El laboratorio de nutrición ha determinado, junto con su médico que lo más cercano a sus antojos será una limonada sin azúcar que con frecuencia parece preparada con limón de jicamero.

Otro problema es que en los hospitales no hay manera de que sus cuates que lo visitan hagan trampa y se escamoteen una torta de pierna, pues los agentes de seguridad de  pasan exámenes de capacidad olfativa. Si sospechan algo le hacen voltear los bolsillos del pantalón.

Mi teoría es de que la nutrición no está peleada con la gastronomía y que si en lugar de nutriólogos dogmáticos enseñaran a cocineros nutriología habría mejor comida en los hospitales, los enfermos que pudieran comerían con apetito y fortalecido el cuerpo, lograría una más rápida  recuperación. Pero no. La ciencia es la ciencia y si el paciente no come en su salud lo hallará.

En contra partida se ha sabido de más de un enfermo que cumplida su pena en el hospital, aliviado de su dolencia física pero nostálgico de la sabrosa comida callejera, abusando de tal situación le ha entrado a las tostadas de pata del Santuario, los sopes de requesón y el pozole con carnaza con bastante salsa de chile de árbol, haya tenido que regresar al nosocomio enfermo de gastritis, en el mejor de lo casos.

Otra de mis teorías hospitalarias es que los enfermos que casi siempre  salen con menos kilos de los que tenía al ingresar se debe, no tanto a su estado de enfermo sino a su coacción para alimentarse como faquir de circo con la ayuda de la nutriólogas.

En mi caso particular, cuando salí del hospital donde pasé una corta temporada luchando por trascender con la ayuda de Dios y el alivio de mi médico, mientras mi familia me trasladaba a casa venía dictando el menú para la cena de esa noche: taquitos de arrachera término medio, con tortillas recién hechas. Salsa molcajeteada y un vaso de tepache con carbonato para evitar la acidez estomacal y ayudar a la buena digestión.

Mientras saboreaba la cena la plática giró alrededor de unos huevos rancheros para el desayuno del día siguiente sobre rebanada de jamón de pierna en lugar de tortilla, guarnecidos por unos chilaquiles en salsa verde y frijolitos con queso Cotija. Nada del otro mundo, familia, pero muy lejos de la comida de hospital. Todo, desde luego con la anuencia de mi médico y en ojeriza a los nutriólogos del hospital.

Como en este mundo todo se sabe se ha conocido el hecho de que un nosocomio de la Ciudad de México perteneciente a la comunidad española, han contratado a uno de los mejores chef de cuisine para producir la comida de su hospital. Es natural lo que se escucha, ¿Cómo quitarle a un español el gusto por la butifarra, la morcilla o el lechazo? Así sea in articulo mortis.

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(*) El autor es analista turístico y gastronómico.
elsybarita.blogspot.mx