Ojo con la violencia

Por María José Zorrilla

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Recientemente llegué de Cancún a donde asistí a una reunión con compañeras de la infancia.  El año pasado habían venido 25 a Puerto Vallarta y ahora habían seleccionado la Riviera Maya.

Era un buen pretexto para conocer el destino de playa que me había resistido visitar, y decidí prolongar mi estancia para visitar Playa del Carmen y Tulum de donde regresé gratamente impresionada.

La reunión se hizo posible gracias a la invitación de una amiga que generosamente proporcionó sus puntos de un centro vacacional y sólo tuvimos que pagar una mínima diferencia que resultó ser una peccata minuta.

La diversión no dejó de ser un común denominador en los días de convivencia entre las 19 ex compañeras. Sol, mar y comida con unas cervezas bien heladas, bajo una palapa frente a una playa de blanquísima arena y aguas transparentes de variados tonos de turquesa.

Al anochecer nos arreglábamos para ir a cenar en algún restaurante de moda. En los trayectos donde tomamos taxis, siempre aproveché la ocasión para hablar con los choferes, para medir el pulso de la ciudad.

Cancún había estado viviendo una fuerte escalada de violencia en este 2017 como lo había sido durante el período de Borge entre el 2012 al 2015. Mis amigas todas provenientes de Ciudad Victoria, Tamaulipas, mi tierra natal y ahora convertida en uno de los focos de mayor violencia en el mundo, no tenían mayor curiosidad por saber cuán terrible podía ser las cosas allí. Nada podía ser peor de lo que tristemente acontece en territorio tamaulipeco.

Una noche ya de regreso al condominio, el chofer me comentó que acababa de ocurrir una balacera en un bar en las afueras de Cancún. Hirieron a un hombre, aparentemente hijo de una de las que dominan la plaza allá, que resultó ser mujer y además ocupa un alto cargo en el poder judicial. Algo similar a lo ocurrido en Nayarit. Pero de eso parece no se dijo mucho en la prensa.

Triste la situación de ese destino de playa mexicano, pues en lo que va del año, han baleado a gente bajándose de un taxi, en medio de las principales avenidas, persecuciones en centros comerciales, asesinado a policías municipales, hombres descuartizados en céntricos lugares, cadáveres escondidos en maleteros de autos.

Para el mes de abril ya había 42 muertos, 14 de ellos solamente en ese mes. De acuerdo al semáforo delictivo, los homicidios en el primer trimestre del año se habían incrementado no sólo en Quintan Roo, sino en todo el país en más del 29%, los secuestros 18% y las extorsiones en un 30%.

Para mayo, los muertos en Cancún ya eran 53 muy cercana a la totalidad de muertes del 2016 que fue de 61 y todavía no termina el primer semestre del 17. Apenas hace unos días, en menos de media hora, se presentó una balacera en un centro comercial en plena zona hotelera y después aparecieron descuartizados unos cuerpos dentro de una maleta en un automóvil frente a conocido condominio también en la zona hotelera.

Cuando regresé a Vallarta me pareció que volvía a un remanso de paz después de lo que penosamente ocurre en nuestro Caribe Mexicano. Sorpresivamente leía la noticia que se había aprobado el ingreso de Uber. Será un gran adelanto y un acicate para que los taxistas se modernicen. Desde capacitación de sus choferes, tarifas justas y homogéneas, taxímetros, choferes bien presentados, automóviles limpios, con aire acondicionado y en buen estado. Pero la historia apenas comienza, porque ya se interpuso una montaña de resistencias políticas, sindicales e intereses personales que me dan miedo.

Hubo quienes aseguraron matarían al primer chofer de Uber que entrara a Vallarta. Consideremos lo que acontece en Cancún por favor, le ha pegado al turismo, no empecemos con una violencia como si fueran sicarios y la lucha por el territorio cuales viles delincuentes.

Vallarta vive en paz y no queremos perturbarla, esta vez no por el narco sino por los taxistas.  Vaya colmo.