Urge denominación de origen

Por María José Zorrilla

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Con un grupo de amigos fuimos a Punta Mita a festejar el cumpleaños de un amigo en común. Se había conseguido un departamento prestado en la idílica zona de Veneros para pasar la noche del sábado en un lugar más cercano a la fiesta.

Durante el camino tratábamos de reconocer los rincones que antaño solíamos visitar a principios de los 80 por esas maravillosas playas y lugares poco frecuentados aún por los locales. No he logrado identificar que hay ahora de aquella vereda misteriosa que nos conducía al “Paraíso Escondido” entre árboles de papelillo y una vegetación silvestre que anunciaba la llegada a una playa aislada, virgen y poblada de manzanillas con una arena clara y aguas transparentes de un vívido azul, que aguardaban la llegada de los escasos paseantes que nos dábamos el lujo de disfrutar de esa pequeña bahía.

Después, era obligado pararse en el restaurante llamado Amapas donde te recibían con un enorme bowl de raicilla y fruta picada que te refrescaba de inmediato, hacía olvidar los problemas cotidianos y anticipaba la llegada de un guiso sorpresa que los mismos dueñas sugerían no preguntar de qué se trataba, porque igual era armadillo, que víbora, tlacuache.

Pero definitivamente los guisos eran buenos y nos los comíamos con gran deleite acompañadas de unas deliciosas tortillas de maíz hechas a mano.

Por esos años la raicilla era la bebida de los dioses, la bebida prohibida que sólo se daba en algunos restaurantes en Vallarta como galantería a los clientes conocidos, como en el Balam de la Basilio Badillo o el restaurante que el Peludo abrió en Vallarta entre la calle Libertad y Guerrero.

Chimo, El Tuito, San Sebastián y Chacala eran los principales lugares de origen que recuerdo mencionaban. Su calidad era excelente,  todas tenían una buena dosis de mezcalina, te mandaban a una dimensión casi desconocida, por lo que había que tener mucho cuidado y no tomar más de tres porque el control ya no existía ni en tu vocabulario ni en tu conciencia.  La raicilla se destilaba de manera clandestina, de manera muy rudimentaria, pero eso la hacía más interesante y atractiva.  La familia boliviana de mi cuñado se llevaba varios litros del Balam porque no había algo tan maravilloso como ofrecerles raicilla a sus amigos de Santa Cruz y Cochabamba.

De regreso del lindo fin de semana por aquellos lares,  el tema de la raicilla siguió presente mientras recorríamos la carretera vieja a la Cruz. No está más ese restaurante donde decían que los perros hablaban y claro lo hacían o al menos así te lo parecía después de haberte tomado dos o tres bowls del brebaje mágico con sabor a frutas que no sabía mucho a alcohol.

Ya de regreso en la  casa antes de escribir mi columna, leí en la primera plana del Universal que la raicilla, una bebida eminentemente jalisciense empieza a despuntar en el país. Ahora ya su producción es controlada y regulada.

Según Wikipedia se produce en 16 regiones de Jalisco, pero es una lástima que todavía no cuente con denominación de origen a pesar de los grandes esfuerzos que los productores realizan por conseguirla.

Nuestra zona está dentro de las regiones donde existe la mayor producción muy particularmente en los municipios de San Sebastián, Mascota y Cabo Corrientes. Tomarla sola, como aperitivo, como coctel, cocinar con ella, mezclarla en platillos salados o dulces, es toda una especie de ritual en la nueva cocina mexicana fusión, si así pudiéramos denominarla, y bien valdría la pena replantear ante las autoridades competentes, que se le conceda la denominación de origen antes que la gane China o Japón.

Ya no viviremos más esas experiencias de Amapas y la Playa Escondida, pero si podemos recrear nuevas opciones de atractivos turísticos y culturales, haciendo que la raicilla sea parte del patrimonio cultural gastronómico de la entidad y de la región.