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¿Qué es el enojo?

Cuántas veces nos hemos encontrado con personas que se enojan por todo y contra todo.

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Por Livier Nazareth
Licenciada en psicología

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El enojo se muestra en diversos grados de magnitud, desde el leve hasta el intenso. Comprende una amplia escala de estados anímicos, desde simples sentimientos de disgusto, desagrado o irritación, hasta el arrebato de la rabia, el odio, la ira, el rencor y el resentimiento.

Todas las mañanas llegaba a su trabajo de un humor negro, sus facciones eran adustas y frías, no era una belleza realmente, pero con el carácter que tenía, se ocultaba el poco encanto que podría poseer.

Lo más triste de esta “vida sin éxito”, era el temor que sembraba entre sus compañeros de trabajo, preferían no dirigirle la palabra, y así evitar malos entendidos. Pero el personal que se encontraba a su cargo,  no se libraba del mal carácter de esta persona.

Parecía que gozaba con gritarles, humillarlos y ofenderlos de tal manera que atentaba contra lo más preciado que tiene un ser humano su dignidad.

¿Cuántas veces nos hemos encontrado con personas que se enojan por todo y contra todo?, y hasta quisieras salir corriendo de su presencia y nunca más volverla a ver, pero es difícil apartarnos totalmente de este tipo de individuos, ya que los podemos encontrar en la casa, la oficina, el autobús, tiendas de autoservicio, iglesia, escuela y muchas veces son parte de tu familia.

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Un mecanismo de defensa

Pero para entender a este gran número de personas, te diré que el enojo es un mecanismo de defensa que protege el verdadero Yo o la Personalidad. Imagínate que nuestro cuerpo no tuviera el sistema inmunológico, que es el que nos protege contra todas las enfermedades, estaríamos indefensos totalmente. De esa forma nuestro Yo necesita ser protegido. Cuando es atacado, el sistema de alarma de nuestro organismo activa la agresividad.

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¿Pero por que surge el enojo?

Preocupación por no poder hacer las cosas tal y como queremos, o por no obtener aquello que creemos que nos pertenece.

“Cada vez que nuestros deseos se enfrentan a una negativa, nos enojamos. Cuando hacemos planes y encontramos oposición, nuestro deseo bloqueado hace surgir la agresividad.

Las frustraciones producidas por deseos no realizados se pueden convertir en enojo descontrolado, lo cual somete a tensión la relación de pareja.”

(Sin reservas; Nancy Van Pelt. pag.83)

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Existen tres métodos para manejar el enojo:

Suprimirlo, expresarlo o reprimirlo.

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Supresión del enojo.

Reconocemos que estamos enojados pero no sabemos qué hacer con nuestro enojo. Tratamos conscientemente de controlarlo en lugar de expresarlo.

Al poner una barrera a este sentimiento, impedimos que nuestro enfado afecte a los demás. El enojo hierve dentro de nosotros, pero permanece oculto a los demás, e incluso posiblemente al cónyuge.

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Caso práctico:

Adolfo creció en un hogar en el que se suprimía el enojo. Las creencias de su familia era que enojarse es algo moralmente inadmisible. Si se atrevía a expresar su enfado era castigado severamente. Recuerda haber lanzado los libros contra el suelo después de un exasperante día de clase.

Eso le costó un sermón sobre el dominio propio y toda una tarde encerrado en su cuarto sin comer. Otras manifestaciones de enojo llegaban incluso a ser castigadas con unos buenos azotes.

En su interior se fue acumulando el resentimiento. De adulto no mantuvo enfrentamientos ni discusiones.

Sus amigos consideraban su matrimonio muy feliz, debido a las apariencias de armonía y a la ausencia de fricciones. Pero el y su esposa eran dolorosamente conscientes de la existencia de una distancia sentimental entre ellos. En Adolfo se manifestó con una hipertensión e impotencia sexual.

Existen, por supuesto, situaciones cuando la supresión del enojo es lo conveniente. Por mucha agresividad que uno sienta contra su jefe, la supresión del impulso de insultarlo o agredirlo, es el comportamiento más sensato y aconsejable.

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Expresión del enojo:

En la expresión del enojo, la persona nos dice exactamente lo que siente, con independencia de cuánto nos vaya a doler.

Puede hacerlo con palabras ofensivas, gritos violentos y hasta con amenazas. Una vez concluido el proceso de haber soltado toda la presión, se siente mejor.

¿Pero que sucede con la otra persona sobre la que se descarga la agresividad?

¿Qué clase de cicatrices emocionales deterioraran la relación si ese comportamiento se convierte en habitual?

En una encuesta que realizamos descubrimos que el 20% de los encuestados admitió que nunca, o pocas veces, pedía disculpas después de un estallido de ira que hubiera podido provocar heridas importantes en la persona afectada.

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Caso práctico:

Rubén fue criado por padres bien intencionados pero complacientes. Casi siempre lograba salirse con la suya después de una pataleta o rabieta. Así llegó a pensar que sus padres le tenían miedo.

De adolescente, amenazaba con irse de casa en cuanto sus progenitores no lo complacían. No se necesitaba mucho para hacer estallar su agresividad. Le hacía la vida imposible a todo el que no actuara de acuerdo con sus gustos. El comportamiento diario de Rubén era hostil y áspero. Era como una bomba de tiempo que podía explotar en cualquier momento.

Su pobre esposa tenía que soportar toda su desbocada agresividad. Rubén disculpaba su comportamiento echando las culpas a sus padres.

El enojo expresado sin control suele ser una excusa de algunos, que pueden controlar su agresividad, pero no quieren hacerlo.

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Represión del enojo:

En el enojo reprimido rehusamos reconocer nuestro enfado. Algunas personas caen en esta trampa, porque piensan sinceramente que el hecho de enojarse es incorrecto o nocivo en sí mismo. A fin de vivir en armonía con esa creencia suya, evitan dar expresión a su enfado.

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Caso práctico:

Irene se crió en el seno de una familia que tenía un concepto erróneo de lo que es el enojo. Se presentaba con frecuencia, pero nunca se expresaba exteriormente. Recordaba con claridad el enrojecimiento de la cara de su padre y su apresurada salida cada vez que se enfadaba. Cuenta que la castigaban con severidad, si manifestaba el más mínimo grado de mal genio. Por dar un portazo, tenía que abrir y cerrar la puerta suavemente cien veces. “Airarse es pecado”, era lo que se le había inculcado.

Estas lecciones aprendidas en la niñez las llevó al matrimonio. Irene sabía que no era feliz, pero ignoraba que sintiera enojo. Sufría de enojo reprimido.

Pretender que no sentimos enojo no resuelve nada, sino que prepara el camino para un estallido ulterior. De todas las respuestas al enojo, la represión es la que causa más problemas. (El arte de comunicarse; psicóloga Van Pelt Nancy pag.86-87))

Expresar el enojo de forma impropia, supresión o reprimirlo, son métodos inmaduros y destructivos de tratar este sentimiento o más propiamente emoción. Sin embargo mucha gente no conoce otra forma de hacerlo.

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La rana inteligente:

Cuenta una fábula que cierto día dos ranas cayeron en un cántaro de leche. Una de ellas comenzó a sentarse sofocada, y se dijo a sí misma: “Yo no puedo respirar aquí, y tampoco puedo salir porque los lados son muy altos. Me voy a morir”. Y efectivamente, murió. La otra rana también tenía dificultades para respirar, pero con toda decisión comenzó a moverse y agitarse, hasta que la leche se convirtió en nata. Entonces, dentándose sobre esa base firme, pudo respirar mejor, y de un salto se libro de su prisión.

Como siempre usted sabe, que le deseo lo mejor del mundo

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¡Hasta la próxima!