De fogones y marmitasDe fogones y marmitasGente PV

San Sebastián del Oeste, un reencuentro

Si el valor de San Sebastián se encuentra en su pasado incrustado en nuestro presente, ¿por qué no conservarlo?

.

Por Héctor Pérez García

.

Evocando a Baudelaire (1821-1867)

Nadie como Baudelaire ha descrito ese lugar al que todos querríamos visitar. Del libro “Pequeños poemas en prosa”, un fragmento del poema “La Invitación al viaje”:

“Hay un oasis soberbio, un país de Jauja que sueño visitar con una antigua amiga. Un verdadero país de Jauja donde todo es bello, rico, tranquilo y suave de respirar; en el que la vida es amable; de donde están excluidos el desorden, la turbulencia y lo imprevisto; en el que la felicidad se desposó con el silencio. ¡Allí hay que irse a vivir! Sí, en esta atmosfera daría gusto vivir; allá donde las horas lentas contienen más pensamientos, donde los relojes hacen sonar la dicha con más profunda y más significativa solemnidad”.

San Sebastián del Oeste hace 20 años

El nombre de este pequeño pueblo serrano es sin duda de una poesía evocadora. Se dice que la vista es un placer efímero; se recuerdan con mayor facilidad los olores, por ejemplo, o los dolores, para el caso del sentir. Así nos pasa con San Sebas, uno camina el pueblo sin rumbo ni quehacer, y se va envuelto en una nube difusa; no nos llevamos ni olores, ni dolores. No hubo un sonido particular que recordar ni una textura que acariciar. Es una pena porque el pueblito, que es una joya antigua, merece encontrar un rumbo que retenga a sus visitantes. Y Dios quiera que no caigan sus pobladores en el engaño del turismo fácil. El turismo no solo implica ventajas económicas, también presenta amenazas; una de ellas la pérdida de identidad, la prostitución de valores, costumbres y tradiciones y la suplantación de la gastronomía local.

Si el valor de San Sebastián se encuentra en su pasado incrustado en nuestro presente, ¿por qué no conservarlo?, ¿por qué ponerlo en peligro? Habrá que evitar que lleguen los “desarrolladores” a robar el paisaje; a ocupar el lugar de los bellos parajes. Habrá que impedir que McDonald y Pizzas Hut suplanten el Almendrado y la Carne con Chile. Habrá que salvaguardar a San Sebastián del Oeste.

La recompensa del viajero empedernido

A los que nacimos en pueblos, alejados de las grandes urbes saturadas de inermes e ignotos ciudadanos, que como abejas de un gran panal acuden a sus cotidianas labores como esclavos que son de su condición gregaria, nos gusta pueblear. Viajamos por la tierra al igual que por el tiempo, en busca de referencias que nos permitan rescatar recuerdos; vislumbrar memorias y tal vez re gustar experiencias. Somos proclives a olvidar penas idas y sufrimientos impedidos: ¡eh ahí la recompensa del viajero empedernido!

En los pueblos encontramos casas de techos altos; aquellas que solían tener un cielo de manta que por ello le llamaron “de cielo”, con el buen propósito de lograr una altura con dimensión humana. Nos gusta admirar las viejas casonas con ventanas resguardadas con rejas de fierro, detrás las ventanas de madera con postigos y largas cortinas por dentro. Pisos de losetas deslavadas y patios añosos presumiendo macetas y arbustos. Buscamos el olor de la humedad y el musgo en los ladrillos del patio trasero que nos recuerde tal vez las veces que caímos resbalados en un traicionero desliz.

Turismo cultural

En las tempranas mañanas, que se adivinan frías, se esconde el cuerpo y se esquiva la costumbre de acudir a misa ignorando bajo la almohada el continuo gemir de las campanadas que llaman a orar. Pronto las mujeres esbozadas en rebozos que con pasos cortos y apresurados acuden al mercado cercano, discurren saludos y bienaventuranzas a quienes se cruzan en su caminar. Los postigos cerrados en las viejas ventanas de madera son cómplices ahora de un letargo buscado al acudir al pueblo en busca de un descanso, no del cuerpo, pero sí del alma”.

El turismo cultural sería lo más conveniente para San Sebastián del Oeste, pero esto deben decidirlo sus pobladores en primera instancia. No hablamos de una tarea fácil, pues la cultura se ubica al extremo opuesto de la especulación económica, y ésta última tiene adeptos de sobra, mientras que las actividades culturales viven casi siempre dependientes de mecenas oficiales o particulares.

Veinte años después …

Evocando a Marcel Proust. En busca del tiempo perdido.

Llegamos por un camino empedrado y seguro que nos conduce a la entrada de un pueblo adusto como templo en cuaresma, esperando encontrar, sin embargo, motivos para sorprendernos.

Acertamos a hospedarnos en un singular lugar que no puede llamarse hotel, posada o albergue; La Galerita de San Sebastián. Eco descanso, se anuncia a la entrada. Son sólo tres cabañas plantadas en medio de un paraje poblado de duraznos, naranjos, plátanos, guayabos, a la sombra de añosos nogales y frondosos fresnos. En las afueras del poblado la vegetación es magnánima, el terreno abrupto y las flores silvestres nos dan la bienvenida.

Las cabañas se ubican esparcidas bajo los árboles y se comunican por veredas empedradas. Somos pues náufragos en un vergel de silencio que invita a mirar hacía nuestro interior.

Dentro de la espaciosa cabaña, todo es rustico, pero funcional; la infaltable chimenea, mesa y equipales para convivir, leer o escribir, un pequeño refrigerador y la cafetera presta para degustar uno de los mejores productos de la zona: un delicioso café serrano. Afuera las aves nos saludan; cantos y graznidos por la tarde, cacareos de gallos por la mañana y como viniendo de un mundo raro, el rebuznar de un burro, animal que venido en desuso ha sido suplido por ruidosas motocicletas.

Una vista de ensueño

Para llegar a nuestra efímera morada, atravesamos medio pueblo echando una mirada al pasado, que sin embargo estaba presente. San Sebastián del Oeste, antiguo emporio minero, había perdido su buena estrella con el agotamiento de sus minas y ahora vivía en espera de ser descubierta por compradores de ilusiones.

La plaza de armas, típica de los pueblos de Jalisco, herencia hispana que los nativos enriquecieron con el infaltable quiosco, que lo mismo sirve de proscenio para los políticos pueblerinos, que estrado para ubicar la banda de música dominguera. Al fondo del centro mismo, una vieja casa que antes alojaba a una dama solitaria que vivía de sus recuerdos, y exhibía con orgullo inocultable la parafernalia familiar compuesta de recortes de periódico, enseres domésticos y fotografías de sus antepasados mineros. Entre sus tesoros, en uno de sus viejos álbumes una fotografía de un caballero insigne: Don José Rogelio Álvarez Encarnación. Con este hombre prolífico en varias manifestaciones de la cultura, San Sebastián aportó mucho al desarrollo de su país.

Habíamos arribado al pueblo cerca del medio día, ya cuando la pregunta colectiva hecha en silencio era a dónde ir a comer. Un pequeño anuncio despertó nuestra curiosidad: “Villa Nogal. Cocina de los Alpes a la Leña”.  Cautelosos convidamos a un emisario a averiguar qué clase de lugar sería. Decidimos quedarnos a comer. Lo primero que nos sorprendió fue el hermoso y bien cuidado jardín que como obra de Renoir; pleno de flores, árboles frutales y arbustos de ornato, disponen un arte cromático salpicado con acentos de buen gusto y refinamiento.

Cocina culta en San Sebastián

¡Que hermosa sorpresa nos esperaba! Un pequeño comedor montado con sencilla elegancia, desbordándose a una terraza abierta al cielo desde donde se puede admirar un paisaje de ensueño. Ante una vista del valle a nuestros pies, pinos, encinos y robles cubriendo los cerros cercanos, y más allá en el azul difuso de la distancia, las montañas de la Sierra Occidental, el conjunto regalándonos todo un abanico de tonalidades de verdes.

Pronto descubrimos que la cocina culta había llegado al pueblo; todo se prepara en sus cocinas: embutidos (salchichon de ajo, rillete de cerdo, pate de campaña, terrina de higado), pan, mermeladas, paté y tantas cosas.

Un trago de raicilla, la bebida local, acompañó dignamente un tapenade de aceitunas negras. Degustamos sus carnes frías con tostadas de pan crujiente, una exquisita sopa de cebolla gratinada a la leña con emmental, raclete y parmesano.  Alguien se aventuró con una Cocotte de pollo abuelita y uno más con un Fondue Suizo de queso a compartir, y una trucha con mantequilla de alcaparras. Bebimos un Malbec y al final una mousse de chocolate y tarte caliente de manzana, café espresso y un intrigante licor de nuez de la casa. Todo de excelente calidad, presentado en una vajilla preciosa. El baguette llega de París, nos contó el mesero. Cierto o no estuvo estupendo, suave y crujiente.

San Sebastián del Oeste ha comenzado a cambiar, ha empezado a llegar la cultura. Villa Nogal nos ha sorprendido como sorprenderá a muchos otros visitantes, viajeros y turistas que lo visiten.

Una visita furtiva a una de las pequeñas pero numerosas tiendas de dulces de frutas curtidas, donde se pelean la primacía los guayabates, los redondos arrayanes o los orondos rollos, nos endulzaran los momentos presentes y futuros; si no nos indujeran a recordar amistades y familiares a quienes llevar un dulce presente.

Una lluvia torrencial inundó la noche, se fue la luz eléctrica y se fueron también las opciones para cenar. Dormimos satisfechos esa noche. El día nos había traído un poco de todo, pero lo importante es el balance final; volveremos pronto.

.

.

El autor es analista turístico y gastronómico
Sibarita01@gmail.com