El colapso Holbox

Por Héctor Pérez García (*)
Sibarita01@gmail.com

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A finales de la década de los años setenta, pocos años después del arranque de Cancún en 1975,  y cuando todavía no se disipaban los pesimistas augurios de un centro vacacional diferente que impulsó el turismo de nuestro país, descubrí el paraíso escondido de Holbox.

Juntos, un amigo y quien esto escribe corrimos algunas aventuras para descubrir las bellezas de un territorio inédito. Un día decidimos hacer una excursión a la isla que ninguno de los dos conocíamos. Abordamos un vehículo en el cual llevamos una pequeña heladera con un par de botellas de Chablis de buenas familias y nada para comer confiados en que en la pequeña aldea de pescadores encontraríamos alguien que nos alimentara. Debo advertir que pensábamos pasar el día en la playa por lo que sólo vestíamos traje de baño y un par de toallas bajo el brazo, nuestro plan era regresar esa misma tarde a tierra firme y a Cancún.

Holbox es una pequeña isla de pescadores de tiburón, que las malas lenguas dicen que venden como bacalao seco. Para llegar a la isla se tenía que ir a Chiquila, un pequeño pueblo en tierra firme a la orilla del mar de donde salía un bote que lo mismo cargaba sacos de cemento, vituallas para la población, que pasajeros y aventureros. Mi amigo y yo pertenecíamos a esta última categoría.

A media mañana de un día caluroso como suelen ser casi todos en esa zona del Caribe Mexicano zarpamos rumbo a Holbox encaramados sobre unos sacos de granos. Aparte de nosotros sólo un par de residentes de la isla y la escasa tripulación. Desde luego no se trataba de un transporte formal sino la facilidad que prestaba un pescador progresista. Por otra parte Holbox estaba abandonada de la mano de Dios y de papá gobierno.

El breve trayecto fue espectacular: un mar turquesa y tranquilo como lago, un firmamento azul con cielos moteados de algodón; aves, vegetación de aguas poco profundas y un incitante olor a mar. Parecíamos grumetes en un navío carguero; extraños entre los naturales. El turismo no se conocía. ¿Quién acudiría a un islote sin servicios públicos? Sin electricidad, agua corriente, fondas, y mucho menos un hotel.

Disfrutamos de una playa hermosa de arena como talco y nos refrescamos el ánimo con unos tragos de tequila que también venían en la hielera. La playa solitaria nos recordó una visita que habíamos hecho a la isla de San Martin en el Caribe, en la parte francesa de la ínsula donde apreciamos la escasez de turistas y la cercanía con la naturaleza.

El hambre nos empujó a buscar donde comer hasta que alguien nos indicó que el billar era el centro cívico del poblado. Cualquier información, pregunta, noticia del mundo exterior, etc. Ahí la encontraríamos.

Obtuvimos las señas de una casucha para preguntar por doña fulanita quien podría tener algo de comida para vendernos. Terminamos comiendo bajo un arbusto bajo el cual una mesa burda de madera y uno para de bancos nos sirvieron para degustar un banquete inesperado: langosta fresca asada con raíces de mangle, frijoles de la olla y vino Chablis bien frío. Tortillas recién salidas del comal y chile habanero  Ixnipec.  Sólo nos faltó una hamaca para la siesta. Pero era prudente buscar el regreso a tierra firme.

Para mala fortuna fuimos informados que el bote que hacía el trayecto, desde luego sin itinerario, apenas había zarpado. Habría que esperar y saber si haría un segundo viaje: la angustia nos incomodó pues nuestro atuendo solo era apropiado para la playa. Esperamos impacientes en el billar hasta que alguien no informó que el bote había regresado y que recomendaba buscar al dueño en su casa no lejos del lugar.

La próxima salida a tierra firme sería a las cinco de la mañana del día siguiente. Buscamos donde dormir sin mayor suerte. Alguien nos sugirió protegernos en un viejo bote abandonado en el muelle para intentar dormir. La pesadilla fue perdurable; nubes de mosquitos sedientos de sangre y oleadas de cucarachas inundaban la oscuridad del camarote donde tratamos de apresurar las horas y sobrevivir. En la madrugada el ajetreo de los pescadores y la tripulación del bote nos alistó. Estaba oscuro y dos tripulantes con sendas linternas guiaban al piloto del bote por la senda trazada con palos encajados en las poco profundas aguas para evitar encallar. Sin embargo el piloto del bote extravió la ruta y navegamos por cinco horas sin rumbo. En tierra firme dimos gracias a Dios y prometimos no volver.

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EL MODERNO HOLBOX

Nativos de la isla y desarrolladores le han cambiado la faz a la isla. Hoteles boutique, villas y casas de hospedaje son vecinos de restaurantes pretenciosos con cocineros de postín. Modernas y veloces naves hacen el trayecto en minutos y los pescadores de tiburón han preferido encontrar empleo en un entorno de confort en la industria del turismo. Sólo que, como en muchos otros lugares de México, los desarrolladores van delante de la infraestructura, no se respetan los planes donde los hay y la corrupción campea impulsando un turismo que puede acabar con el turismo. Hemos recibido malas noticias de Holbox:

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AMAGAN HOTELEROS CON CIERRE DE HOLBOX

Por la falta de agua potable y energía eléctrica, la Asociación de Hoteles de Holbox, en Quintana Roo, llamó a cerrar el acceso de turistas a la isla.

“Es necesario impedir el acceso a la isla de Holbox, la cual ya se encuentra en un estado de emergencia”, escribió en un comunicado vía Facebook.

La Asociación reclamó que sufren desabasto de agua, falla en el funcionamiento de drenaje y en el suministro de energía eléctrica.

El cierre temporal, precisó, será mañana de las 10:00 a las 16:00 horas.

Según medios locales, el desabasto de agua lleva una semana, además de que hay fugas de drenaje y cortes eléctricos.

El director de la Comisión de Agua Potable y Alcantarillado (CAPA) del Estado, Gerardo Mora, viajó a Holbox para atender la emergencia que ocurre en temporada vacacional.

“Incremento de consumo de agua en vacaciones #Holbox será atendida con pipas, vactor y viene planta CFE para garantizar abasto”, informó vía Twitter.

El rescate del drenaje sanitario empezará en agosto, añadió la CAPA.

Al lugar también acudió Jorge Portilla, secretario de Infraestructura, quien anunció una situación inmediata de la situación en conjunto con la Comisión Federal de Electricidad (CFE).

Ningún centro vacacional de país se escapa a situaciones similares, no importa su tamaño o su riqueza, el mismo Cancún ha rebasado su capacidad de carga,  en la Riviera Maya se han creado desarrollos que no sólo amenazan la sustentabilidad de la zona, también se han convertido en un riesgo para los vestigios arqueológicos como Tulum, sobrepoblado ya en medio de una ciudad sin planeación.

Mi amigo de aventura escribe: “visité Holbox hace unos 4 años y ahí dormí, para ir al día siguiente a ver el tiburón ballena y me prometí no volver a hospedarme ahí… era el mejor hotel en ese tiempo, pero el escusado dentro del cuarto era como los de antes en los pueblos pobres. Un hoyo en el suelo, silla de madera y cal que le echaban… y siguieron los hoteles sin infraestructura en la isla, que está al nivel del mar y es pequeña… un desastre… Quintana Roo en general, está muy falto de infraestructura. Hay pueblos en la selva donde los pobres mayas cada día sufren más para sobrevivir, porque ya se acabaron animales y aves para cazar… eso sí, somos de los estados más endeudados… la mayoría de la gente que ha trabajado en gobiernos municipales y estatales, son millonarios. Algunos ya no viven en Quintana Roo… al extranjero u otras ciudades… y ¿quién reclama? El gobernador actual se está poniendo bien el cinto y anda tratando de llevar a la justicia a muchos de los gobernantes anteriores… pero, o están blindados o tienen millones y muchos planes de escape… nada fácil… el gobierno federal parece que tiene otras prioridades, antes que vigilar gobernadores y cómo actúan y “cuidan” sus Estados… saludos¡

Estamos a tiempo de voltear a ver la realidad. Los industriales del turismo y las autoridades solo hablan de buscar más visitantes, de escalar posiciones en el ranking mundial, como si estuviéramos en un campeonato de futbol,  sin atreverse a sugerir un límite a la capacidad de carga de las zonas involucradas. Solo construir y construir sin importar la calidad de vida de los habitantes originales y mucho menos preocuparse por las generaciones que nos seguirán. ¿Hasta dónde la codicia y la estulticia?

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(*) El autor es analista turístico y gastronómico.