Resiliencia

Por María José Zorrilla

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Hace un par de días, muchos vallartenses sufrimos la pérdida de un querido amigo que se fue de manera violenta y sin aviso.  Como dijeran algunos, se nos adelantó en todo hasta en su forma de morir con todavía una vida por delante.  Jorge Rubio tuvo un funeral en Vallarta único, que de igual manera se repitió en Arabia Saudita donde radicó en los últimos 22 años.  Su núcleo de amigos y familiares más cercanos organizaron una despedida digna de un ser superior.  Atrás de esa despedida tan sui generis que duró más de 48 horas se fue desarrollando una especia de atmósfera de hermandad, de comunión, que concluyó con una meditación frente al mar, previo a la despedida final con sus cenizas en la cima de una pira de ocote sobre una hermosa barca confeccionada por la propia familia Rubio.   Los que acudimos a darle gracias a la vida por habernos permitido compartir tantos años con nuestro amigo,   disfrutamos de un atardecer iluminado por un sol resplandeciente que se abría camino en medio de unas nubes que abarcaban una amplia gama de grises y claroscuros, para dejar al astro rey formar una especie de corazón abierto en plena comunicación con el pequeño universo que habíamos creado en la Playa Sierra del Mar.

La marea estaba tranquila cuando se metió el sol.  Permeaba una oscuridad casi perfecta  salvo unas pequeñas antorchas.  Formamos un círculo, abrazamos las cenizas, las depositamos sobre la barca de bambú y colmamos la balsa de rosas rojas y hojas de plátano, para depositarlas en el mar al caer la noche.  Una legión de valientes nadadores conformado principalmente por la familia se internaron en el mar, en lo profundo, guiados por la luz de su energía y su amor por el hermano, el tío ya ido.  Después de tan emotivo adiós muchos llegamos a una conclusión interesante.   Imposible recuperar a nuestro amigo en el plano físico, pero si podemos recuperar sus mejores cualidades como su capacidad para crear, dar amor, disfrutar la vida, pero también para crecer en el plano espiritual.  Lástima que tuvimos que llegar a eso una vez fallecido Jorge, para entrar en resiliencia.  Término utilizado por los sicólogos hace muy pocos años para describir la capacidad de adaptación ante la adversidad.   La resiliencia ha tenido muchas acepciones y hay quienes la consideran un proceso.  Yo me inclinaría por esa vertiente.   Porque más que una capacidad es un proceso.  Con algunas licencias que me he tomado, me gustaría ampliar el término resiliencia al concepto sicosocial y socio urbano.  Cuando la capacidad instalada de un lugar es rebasada, hay que empezar a conformar procesos resilientes de solución.  Agradecer la fortuna de contar con muchos turistas pero regular su ingreso y su número.   Granada en su momento lo hizo ante las innumerables visitas a la Alhambra, Venecia empieza a restringir el número de cruceros en su laguna y nosotros lo hemos realizado para la  visita de las Islas Marietas.  Este proceso debiera aplicarse no sólo al número de personas que acuden a un lugar, sino también al número de edificaciones que se construyen en una ciudad.   La capacidad instalada de los servicios puede llegar a un límite de saturar las cosas hasta llegar a la dolorosa muerte.  Vallarta ya ha tenido procesos mortales anteriores, muchos por circunstancias ajenas, y,  hemos podido salir adelante.  Ahora el problema es que la situación no es ajena, sino que es suicida y allí la resiliencia será bastante más compleja de aplicar.  No conozco la siquiatría urbana, ni sus aplicaciones, pero para cualquier proceso es más fácil sobreponerse a una muerte natural como lo sucedido a nuestro querido amigo Jorge al que se despidió como un grande porque así lo fue, que a un suicidio como el que cuidadosamente parece estar planeando Vallarta, de no tomar cartas en el asunto con responsabilidad y honestidad.