A propósito del servicio de camiones en Puerto Vallarta

Por Nacho Cadena

Con motivo de la desastrosa situación del transporte público, estoy publicando esta columna que apareció, creo hace más de 5 años, pero que caricaturiza la realidad. Con dedicatoria especial al secretario de Movilidad, Servando Sepúlveda, y a los señores inversionistas de transporte público en Puerto Vallarta. Todo sigue igual a excepción de la tarifa que ya se dobleteó. Te cuento.

.

SOLO POR 4 PESOS

Ciertamente pasé una noche deliciosa. Magone hizo una demostración sensacional de sus habilidades de mago e ilusionista; se dio el lujo de desaparecer a Champoleón y aparecerlo con su túnica blanca allá abajo zambullido en la alberca; hizo brotar agua de la escultura de piedras que se encuentra a la entrada de la casa y lo mejor, sentó en las sillas viejas de barbero al grupo más interesante que yo haya imaginado: Beethoven, Vincent Van Gogh, Napoleón, Homero y Pedro Infante; al rato le pareció poco y aumentó la reunión con la figura de Jaime Sabines… lo que ahí se dijo tengo que platicártelo otro día. Se necesita mucha capacidad de magia para lograr este encuentro, pero Magone es otra cosa. Finalizó su actuación privada con algo, una magia que si andabas por ahí a las tres de la mañana, seguro te maravilló, porque fue abierta en el firmamento, para gozo y disfrute de todos. Partió el firmamento con dos rayas imaginarias y en el cruce donde se hace el espacio del Noroeste, de repente las estrellas empezaron a moverse de un lado al otro, corrían y desaparecieron, una danza luminosa, una lluvia de estrellas, un espectáculo bárbaro, inusitado, increíble. La fuerza de la magia de Magone que permanecía con los brazos abiertos con sus manos largas extendidas, apuntando a la dirección del escenario donde se presentó el espectáculo. De repente llegó el silencio y cada quien se fue a lo suyo.

.

EN LA MAÑANA

Desperté temprano lleno de júbilo y de contento parafraseando a Pepe Díaz Escalera. Ganoso, tuve la idea de hacer algo diferente, intrépido, riesgoso, inusitado, casi peligroso. Traía el tanque de la energía marcando al máximo. Deportes extremos dije. Paracaídas, planeadores, caída libre, navegación en ríos tormentosos, tirarme por las cataratas de Mismaloya en un kayac, buceo a 300 metros a libre pulmón, escalar la torre del templo de la Luz del Mundo como hombre-mosca, cruzar de una torre a otra en Playas Gemelas en un alambre, encerrarme en un acuario con un tiburón blanco en celo; tenía ganas de algo extremoso, difícil, hacer algo intrépido que mis nietos contaran a sus compañeritos de clase, algo que me provocara miedo, que me subiera la adrenalina a niveles inaceptables, algo verdaderamente peligroso que cautivara la admiración de propios y extraños… pero al mismo tiempo que el riesgo fuera divertido, que el miedo  provoque gozo, que el pavor llegue al final a convertirse en una alegría enorme y motivo de orgullo y satisfacción sabedor de pasar la prueba. ¡Prueba superada! es el grito del triunfo.

Todo lo que pensé estaba fuera de mi alcance. ¿Dónde consigo ahorita un planeador? ¿O un tiburón blanco en celo? Puros imposibles. Con cierta tristeza me quedé quieto hasta que me llegó la idea, genial, posible, al alcance de la mano y con las mismas características de lo que tanto deseaba. Deportes Extremos.

.

ME ACERQUÉ A LA PARADA

Me refiero a la que está aquí abajo de mi casa, la parada de camiones en la esquina de Colombia y Panamá. Levanté la mano junto con otros tres parroquianos haciendo la señal de la parada, me refiero a la que se hace para que el chofer entienda que quieres abordar el vehículo, ese de color azul y blanco, que me llevaría a la experiencia que andaba tanto yo buscando. Abordamos, primero el joven con camiseta sin mangas, un hombre de edad madura con cachucha de beisbolista y una mujer joven un tanto pasada de peso, de modo que entre ella, el chofer de camiseta arriba del ombligo de un color que alguna vez fue blanca y el que esto escribe cargamos a la charchina del transporte público algunos kilos que se hicieron resentir. El ascenso fue tranquilo, cada quien pagó su pasaje y la diversión empezó en el primer arrancón, como esos de los caballos de carreras, la muchacha gorda fue a dar hasta allá atrás, hasta que un valiente joven, no tan joven, la atajó tomándola de donde alguna vez fue la cintura. ¡Hay! nomás alcanzó a decir.

Íbamos en el empedrado y el chatarra-bus no corría como yo esperaba para poder lograr la excitación que tendría de tirarme en un paracaídas.

Échale Fofo (averigüé con él mismo que el conductor se llamaba Rodolfo por lo cual Fofo era un bonito nombre corto cariñoso, además que lo describe bien). Córrele, atáscale, apriétale, písale, todo esto decía yo para mí mismo buscando la emisión de adrenalina, tranquilos pasamos por la Funeraria Celis, atrás venían dos camiones mas, uno azul y el otro verde; frente a la funeraria casi todo el pasaje se percinó, quizá en apoyo al difunto que ahí se velaba o en preparación y deseo de tener un viaje feliz hasta el destino.

Éramos unos diez en el interior del vehículo, sin contar a Fofo el comandante. Nada excepcional sucedía. Primera parada, nadie baja y sí sube una señorita joven, muy joven, guapa, muy guapa, pantalón blanco a la cadera, blusa corta color rojo, ombligo bien formado demostrando que el partero hizo buen trabajo, Fofo se mostró amable al cobrar el boleto… seguimos rodando en el empedrado. A la vista la Unidad Deportiva Agustín Flores. Yo estaba decepcionado con la aventura, aunque confieso con la mirada alegre por la de blanco y rojo. Empezaron a sonar los motores de los dos camiones que nos seguían. Vuelta a la izquierda, empezaron los acelerones en neutral, para calentar motores, de repente los Detroit Diésel empezaron a rugir, haciendo más ruido que movimiento. Mordimos el pavimento de la Medina Ascencio y empezó lo que buscaba, la acción. Adrián Fernández, Michael Jourdan y Checo Pérez estarían felices con el ruido. Empezó la lucha, el que venía por la VW quería entrar a la Pancho Villa y el azul mío, bueno el de Fofo quería tomar la avenida principal. Amagos, empujones, acelerones, echada de carrocería, valor pues, empezó lo bueno. La prudencia de Fofo hizo que el U-34X cediera ante el  A-25D.

En eso la gordita se mareó con el revoloteo y devolvió la papilla, parcialmente en el interior pero sobre todo por fuera, lo cual ni se notó pues nuestro flamante autobús no había probado lavada desde meses, como no fuera por el agua de lluvia que todo lo que hacía era fijar la mugre con la mugre y ésta con la lamina, de hecho de color azul no le quedaba mucho.

La muchacha del ombligo y el pantalón blanco pidió parada, la cual Fofo no la concedió; para beneplácito de todos, total, empezábamos a tomar aviada.

Del Sheraton hasta el libramiento fueron más las mentadas de madre que la verdadera acción. Ah, pero en la esquina de Francia, ahí empezaron las parejeras, el azul vs. el verde ¡hagan sus apuestas!

Bájale, decía un señor de bigote cano que parecía de los que se les llama “cuchos”, bájale insistía, lo que se convertía en un acicate para Fofo, le pisaba más fuerte el acelerador. Claro, ni modo de dejarnos ganar por el verde, tripulado por un chamaquito muy joven. Ahí frente de donde dicen que las mujeres hacen espectáculos con un tubo, ahí afuera estaban dos policías de tránsito, yo creo que eran jueces de la carrera porque nomás levantaron la mano con el dedo gordo parado como diciendo van bien. La muchacha bonita gritaba pidiendo parada y nadie le hacía caso. Fofo ocupado con la izquierda en el volante y la derecha no la separaba de la palanca de los cambios, listo para cualquier estrategia del contrario; los pasajeros mordíamos el cojín del asiento para sujetarnos con las asentaderas y apretábamos el fierro de adelante en ausencia de cinturones de seguridad, la gordita seguía devolviendo el desayuno, que debió haber sido abundante, porque ya llevaba rato.

Frente al IMSS Fofo frenó. La muchacha guapa bajó y subió un hombre como de treinta años con cara de decepción, después comentó que no encontró su medicina en el Seguro. El bus verde nos rebasó; lo que no sabía es que Fofo no se deja, acelerón y por allá fue a dar el que venía del Seguro, de por sí débil y con estos tratos. La furia alcanzó a su máximo frente a plaza Caracol frente a frente los dos camioneros y un tercero queriéndole entrar a las “retas”. Ahora sí empecé a tener miedo, por un momento empecé a desear estar mejor encerrado solo con el tiburón blanco en celo, pero mi conciencia me dijo: “A rajarse a su tierra” aquí está ahora en el transporte público de Vallarta y hay que disfrutarlo.

Cruzaron un tropel de güeros visitantes, gordos y flacos, rubios y prietos, adultos y niños, cargados con bolsas del mandado y se la jugaron cuando el semáforo estaba en rojo, sin saber que aquí el rojo para los camiones es la luz para seguir adelante y recio. Hasta los taxistas del sitio 14 estaban asustados con la carrera. Yo emocionado la adrenalina marcaba ya 98. A los visitantes se les paraban los pelos y exclamaron todos juntos “Gad dem” que creo es una buena maldición. Los pitidos, los ruidos de las máquinas, el traqueteo de la lámina, el quejido de la chatarra y las mentadas hacían el momento inigualable. Al llegar donde se junta la lateral con la principal para abordar el puente del Río Pitillal, se escuchó el rechinido de un frenón, y el chamaco que pedía bajada desde hacía dos cuadras fue a dar de narices entre el clotch del camión y los guaraches apestosos de Fofo, la mamá gritó pende…o, no supe si le decía al chamaco o a nuestro héroe que con gran experiencia conducía el camión y por tanto nuestras vidas a destino seguro.

Ahí en el cruce del camino al Pitillal, ahí donde está Sams un fulano con una libreta recibió a nuestro flamante U 34X y apuntó. Yo creo que es el que homologa los tiempos record de las carreras de camiones.

Ahí en ese cruce abandoné mi flamante vehículo del transporte público, todavía traigo buenas memorias de la escena, cómo voy a olvidar los asientos rotos con chicles pegados, la suciedad acumulada y percudida, el calor infernal a pesar de las vidrieras rotas… pero ¿quién te lleva a tu destino por cuatro pesos y además te hace sentir que fuiste a la mejor montaña rusa de Flag Staff o a correr las 500 millas de Indianápolis, todo por cuatro pesos.

De regreso a mi balcón me pregunto: Ahora que no hay ninguna publicidad para el destino y la promoción abandonada. Por qué no anunciamos “Viaje a Vallarta, el único lugar del mundo que por cuarenta centavos de dólar lo transportan de un lugar a otro y además le hacen vivir la experiencia más intensa, más extasiante, más emocionante y peligrosa, solamente superada por ser funcionario de la ONU en Irak; o por la acción de una película de Arnold Schwarzenegger. GANGA, ganga, venga a Vallarta”.